Una idea mediocre.


Léon Bloy



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Eran cuatro y los conocí bien. Los llamaremos Théodore, Théodule, Théophile et Théophraste.

Aunque no eran hermanos, vivían juntos y no se separaban un minuto. No se podía ver a uno sin que aparecieran los otros tres.

El jefe de la cuadrilla era Théophraste, el último nombrado, el hombre de los Caracteres y pienso que era digno de encabezar el grupo porque sabía conducirse a sí mismo.

Una especie de puritano seco, cargado de certidumbres, meticuloso y auscultador. Exteriormente, parecía una mezcla de tejón y de tasador de una sucursal de monte de piedad en un barrio pobre.

Cuando se le daba los buenos días, tenía siempre el aspecto de recibir algo en prenda y su respuesta recordaba a la evaluación de un experto.

Interiormente, su alma era la cuadra de un mulo terco, de aquellos que crían con tanta solicitud en Inglaterra o en la ciudad de Calvino para el transporte de sepulcros blanqueados.

No quería, sin embargo, que se le creyera protestante, se decía católico hasta la punta de los cabellos, ostensiblemente ponía a secar su corazón en el rodrigón de la Viña de los elegidos.

Su natural era de ser casto y, sobre todo, de parecerlo. Casto como un clavo, como un secador, como un arenque ahumado. Sus acólitos lo proclamaban inmarcesible y perenne, no menos albo y lactescente que la nítida túnica de los ángeles.

¿Osaré decirlo? Miraba a las mujeres como a la caca y el colmo de la demencia habría sido incitarle a algún atrevimiento. En general, desaprobaba el acercamiento de los sexos y cualquier palabra que evocara el amor le parecía una agresión personal.

Era tan casto que hubiera condenado la falda de los suavos.

Tal era, a grandes trazos, la fisonomía del jefe.


***


Séame permitido esbozar a los otros.

Théodore era el león del grupo. Él era el orgullo, el juego y quien daba un paso al frente cuando se trataba de diplomacia y persuasión, pues a Théophraste le faltaba elocuencia.

Es verdad que en estas ocasiones, Théodore se emborrachaba para rugir mejor, pero lo hacía para satisfacción general.

Era un leoncillo de la Gascuña, desgraciadamente privado de melena, que se vanagloriaba de pertenecer a la célebre familia, hoy algo menos brillante, de los Théodore de Saint-Antonin y de Lexos, cuya gloria conocen las orillas del Aveyron.

No es oportuno ignorar que sus armas, las fieras y nobles armas de sus antepasados, estaban esculpidas en el pórtico o en otro lugar de la catedral de Albi o de Carcassonne. El viaje era demasiado caro como para que se realizara una verificación, inútil además, pues él daba su palabra de gentilhombre.

Esas armas calcadas con cuidado en papel vegetal, en la Biblioteca Nacional, no me fueron mostradas, pero su divisa (¡Hacia allí, por los clavos de Cristo!) siempre me ha parecido tan simple como magnífica.

En pocas palabras, este Théodore fascinaba, deslumbraba a sus amigos, cuyos ascendientes no eran más que labriegos. Sin embargo, no podía ser el jefe porque el brillo debe ceder ante la sabiduría. Era el apagado pero impecable Théophraste quien los había agavillado para que las tormentas de la vida no pudieran romperlos. Era él quien los mantenía así cada día, enseñándoles la virtud, a vivir y a pensar, y el ferviente Aquiles había noblemente aceptado obedecer al oracular Néstor.

Théodule y Théophile pueden ser despechados con pocas palabras. El primero sólo tenía remarcable su aparente robustez de buey dócil y completamente inconsciente, a quien se le puede hacer labrar un cementerio. Era feliz con machar bajo el aguijón y casi no necesitaba luz.

El segundo, al contrario, lo hacía por temor. No encontraba lo del haz ni espiritual ni divertido; pero habiéndose dejado liar por Théophraste, no se atrevía ni siquiera a pensar en una deserción y le aterrorizaba disgustar a este hombre temible.

Era un muchacho muy joven, casi un niño, que hubiera merecido, creo, mejor suerte pues me pareció dotado de inteligencia y de sensibilidad.


***


Ahora viene la idea miserable, el imbécil trasto de idea cuyos arreos formaron estos cuatro individuos. Si alguien puede descubrir una más mediocre, le agadeceré que me la haga saber.

Habían imaginado realizar con cuatro la misteriosa asociación de los Trece soñada por Balzac. Ensoñación pagana, como jamás hubo. Eadem velle, eadem nolle, decía Salustio, uno de los más atroces canallas de la antigüedad.

No tener más que una sola alma y un solo cerebro repartido bajo cuatro epidermis; es decir, a fin de cuentas, renunciar a su personalidad, convertirse en número, en cantidad, en bloque, en fracción de un ser colectivo. ¡Qué genial ocurrencia!

Pero el vino de Balzac, demasiado embriagador para estas pobres cabezas, los intoxicó y este estado les pareció divino y se coaligaron por juramento.

¿Han leído bien? Por juramento. ¿Sobre qué evangelio, sobre qué altar, sobre qué reliquias? Desgraciadamente, no me lo dijeron, pues me hubiera gustado saberlo. Todo lo que pude averiguar o conjeturar es que, por fórmulas execratorias y habiendo invocado como testigos a todos los abismos, se conjuraron para no tener otro pensamiento en esta absurda existencia que no fuera el del grupo ni amar o detestar nada que no fuera amado o detestado en común ni guardar el menor secreto, para leerse todas sus cartas y para vivir juntos perpetuamente, sin separase ni un solo día.

Naturalmente, Théophraste debió ser el instigador de este acto solemne. Los otros nunca hubieran ido tan lejos.

Empleados los cuatro en la misma oficina de un ministerio, les fue posible llevar a cabo la parte esencial del programa. Compartían madriguera, mesa, trajes, acreedores, paseos, lecturas, desonfianza u horror ante todo lo que no perteneciera a su cuadrilla y se equivocaban igual acerca de los hombres y de las cosas.

A fin de estar más unidos, dejaron indecentemente a sus antiguos amigos y a sus benefactores, entre los cuales había un gran artista al que habían tenido la increíble suerte de interesar un instante y quien intentó prevenirles contra la tendencia de caminar a cuatro patas como los cerdos...

Pasaron los años, los mejores años de sus vidas, pues Théophraste, el mayor, apenas tenía treinta cuando comenzó la asociación. Fueron casi célebres. El ridículo sugía de tal manera a su paso, que debieron cambiar muchas veces de barrio.

Las buenas gentes se paraban a ver pasar estos cuatro hombres tristes, estos esclavos encadenados a la Estupidez, vestidos igual y marchando al mismo paso, que parecían arrastar sus almas por el suelo y que vigilaban con atención las miradas llenas de sospechas.


***


Naturalmente, esto debía acabar en drama. Un día, el inflamable Théodore se enamoró.

Tenían tan pocas relaciones como fueran posibles, pero alguna había. Una joven, a la que Dios no maba, creyó obrar bien casándose con un gentilhombre cuyas armas ciertamente embellecían la catedral de Albi o la de Carcassone.

Entiéndase bien que no he de contar la historia infinitamente complicada de este matimonio que modificó de la manera más completa y profunda la mecánica existencia de nuestros héroes.

Desde las primeras tentaciones del mal, Théodore, fiel al progama, abrió su corazón a sus tres amigos, cuyo estupor llegó al colmo. Primero, Théophraste dio rienda suelta a su indignación sin límites y derramó, en términos atroces, el más negro veneno sobre todas las mujeres sin excepción.

Estuvieron a punto de batirse y la Santa Alianza a dos dedos de disolverse.

Théodule se licuó de dolor, mientras que Théophile, hambriento secretamente de independencia y rezando para que estallara una revolución, no se atrevió a pronunciarse y guardó un silencio taciturno.

No obstante, todo se calmó, se restableció el equilibrio artificial; cada bloque, removido un instante, volvió pesadamente a su hueco, y el terrible rector Théophastre, considerando que su tropa, en suma, había reafirmado su unidad, terminó sintiéndose satisfecho ante la esperanza de un domio más amplio.

Los inseparables fueron en grupo a pedir, para Théodore, la mano de la infortunada, que no vio el abismo al que la precipitaba su ciego deseo de desposar a un muchacho de prez.

El infierno comenzó desde el primer día. Se había convenido que continuara la vida en común. Los nuevos esposos obtuvieron, es verdad, que los dejaran solos durante la noche, pero se mantuvo, como antes, que todos estuvieran levantados a una cierta hora y que nadie rechistara ante la observancia del reglamento más monástico.

Théodore debió dar cuenta exactamente, cada mañana, de lo sucedido en la oscuridad de la habitación conyugal, y la pobre chica pronto descubrió con espanto que se había casado con cuatro hombres.

El futuro más horroroso se desarrolló ante sus ojos al día siguiente de sus tristes nupcias. Vio claramente la estupidez innoble de quien ahora era su marido y el envilecedor estado de esclavitud que resultaba de esta agrupación de imbéciles.

Sus cartas fueron abiertas por el odioso Théophrastre y leídas en voz alta ante los otros tres, en su presencia. El bisonte esparció sus excrementos y su baba impura sobre las confidencias de mujeres, de madres, de chicas.

Con el consentimiento de su marido, la tiranía de este figurón abominable se ejerció en su aseo, en su vestimenta, en su alimentación, en sus palabras, en sus miradas y en sus menores gestos.

Sofocada, pisoteada, ajada, desesperada, cayó en un profundo silencio y comenzó a envidiar con toda su alma a los dichosos que viajan en coche fúnebre y sin cortejo alguno.


***


Al prinipio, el grupo la encerraba bajo siete llaves cuando iba a la oficina, donde la administración no le permitía que estuviera.

Gravísimos inconvenientes obligaron a relajar este rigor. Entonces ella fue libre o debió creerse libre de ir y venir unas ocho horas diarias.

Lo que ignoraba era que la portera, generosamente pagada, tomaba nota de sus entradas y salidas y que espías apostados en las calles vecinas observaban minuciosamente su día a día.

La prisionera aprovechó este simulacro de riendas sueltas para embriagarse con un aire diferente al del claustro infame en el que ni siquiera osaba respirar.

Visitó a sus padres, a antiguas amigas, se paseó por el bulevar y a lo largo de los muelles. Castigada con unas escenas de violencia diabólica, fue aún más infeliz, pues Théodore, además de sus otras encantadoras cualidades, era celoso como un Barba Azul de Kabylie.

Aquello fue la gota que colmó el vaso y ocurrió lo que natural e infaliblemente debía ocurrir bajo tal régimen.

La señora Théodore escuchó sin disgusto las proposiciones de un extraño, a quien creyó un genio en comparación con tales idiotas. También lo vio tan hermoso como un Dios porque no se les parecía, lo supuso infinitamente generoso porque le hablaba con dulzura y se convirtió en su amante con indecible alegría.

Lo que siguió ha sido contado estos últimos días.

Pero me han dicho que, la misma tarde de la caída, estando los cuatro hombres reunidos, se les apareció el Demonio.


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Esta traducción, realizada por José Luis Gamboa, está bajo una licencia de Creative Commons.