Hechos y gestas de Ludovico Pío, poema, por Ermoldus Nigellus










Introducción



De Ermoldo el Negro sólo sabemos, prácticamente, lo que él nos cuenta en su poema  De gestis Ludovici Caesaris:

En el plano literario, Ermoldo pertenece al segundo período del renacimiento carolingio, que se caracteriza por la maduración de las técnicas y los conocimientos acumulados por los fundadores de este movimiento.

Su producción conocida se reduce a dos imitaciones de Ovidio, dedicadas a Pipino de Aquitania, y el poema titulado In honorem Hludovici imperatoris (o Carmen In Honorem Ludovici Christianissimi Caesaris Augusti o De gestis Ludovici Caesaris, pues de las tres formas es conocido).

Éste, escrito entre los años 826 y 827 en dísticos elegíacos, es un notable panegírico histórico, importante hoy, sobre todo, por narrar acontecimientos contemporáneos (en concreto, sucedidos entre el 781 y el 826).

Se divide en cinco partes:


En cuanto a los rasgos literarios más sobresalientes (con las reservas debidas por trabajar sobre una traducción), destacaría:


La traducción la he hecho a partir de la versión francesa realizada por M. Guizot (Faits et gestes de Louis-le-Pieux, poème, par Ermold le Noir, À Paris, Chez J.-L.-J. Brière, Libraire, 1824) porque, hasta el día de hoy, es la única edición disponible en Internet. Las notas que acompañan al texto son las del original galo.


Para facilitar la navegación y la búsqueda de los diferentes episodios, he dividido cada Canto en apartados y subapartados (entre paréntesis y con letra gris y cursiva).





Introducción de M. Guizot


Ermoldus Nigellus, o Ermoldo el Negro, nos sería absolutamente desconocido sin el poema que dedicó a cantar las alabanzas de Ludovico Pío, y su obra es el único monumento que da cuenta de algunas circunstancias de su vida. En el momento en que la escribe, es decir poco antes del 826, estaba exiliado en Estrasburgo por una falta sobre cuya naturaleza nada nos dice. Algunos estudiosos creen que participó en la conspiración de los hijos del rey; sin embargo, ésta no se produce hasta el 830 y, por lo tanto, la conjetura no está bien fundada.

En el 834 hay un abad Ermoldus enviado por el monarca a su hijo su hijo Pipino, rey de Aquitania, para que se devuelva a las iglesias los bienes de los que se les había despojado y nuestro poeta, al final del primer canto, hace el voto de ir a vivir en el reino de Pipino.

Tres diplomas de Ludovico Pío (en 835 y 837) recogen concesiones a Ermenaldus, abad del monasterio de Aniane, en el Languedoc, en la diócesis de Maguelonne. Los nombres Ermenaldus y Ermoldus son muy parecidos y en el siglo noveno tenemos numerosos ejemplos de este tipo de transformaciones. Además, nuestro poeta celebró con gusto el monasterio de Aniane y las virtudes de San Benito, su fundador.

A partir de estas circunstancias y de otras diseminadas en los versos del panegirista de Ludovico Pío, Muratori concluyó que Ermoldus debe a su poema el fin de su exilio, que recuperó el favor del emperador, se le encargaron diversas misiones y que murió siendo Abad de Aniane. Estas suposiciones, adoptadas generalmente por los eruditos, no carecen de probabilidades.

En cuanto a la obra del propio Ermoldus, permaneció perdida entre los manuscritos de la Biblioteca Imperial de Viena hasta el siglo XVIII. Marquard Freher había publicado algunos versos, pero sin darles ninguna importancia y sin noticia del autor. Pierre Lambeck la hizo más conocida en sus Comentarii de Agustissima bibliotheca Caesarea Vindobonensi (Viena, 1665-1679; 8 vols in-fol.): dio cuenta del comienzo y del desarrollo del poema, citó el principio y el final, intentó averiguar quién fue Ermoldus y, tras excitar la curiosidad de los eruditos, prometió satisfacerla editando la obra completa. La muerte le impidió realizar su proyecto. Gentilotti, su sucesor en Viena, renovó la promesa, pero no la cumplió. Parece que, por unos celos miserables, obstaculizó los esfuerzos de Muratori, quien intentó varias veces procurarse una copia del poema de Ermoldus e incluirlo en su colección de historiadores italianos. Gentilotti murió y Garelli, quien lo reemplazó, animado por las ciencias y por un celo más desinteresado, procuró a Muratori la copia tan deseada. El ilustre bibliotecario de Módena la publicó prontamente, añadiendo una disertación sobre el manuscrito y sobre el propio Ermoldus y unas notas con su erudución y exactitud habituales. La edición de Muratori y su comentario fueron reproducidos en la colección de historiadores franceses de Dom Bouquet.

No hay que buscar en este poema una historia completa de Ludovico Pío ni de los hechos omitidos por los cronistas que contaron el reinado de este príncipe. Nada nuevo que no haya aparecido en la mayoría los groseros ensayos poéticos de su época se encuentra aquí. Sin embargo, se nos da detalles más extensos y animados que los de los cronistas sobre las costumbres, la manera de vivir y actuar, el estado de la sociedad en el siglo IX. Aquéllos sólo se preocupan de los hechos materiales: enumeran las expediciones, las conquistas, las revueltas, sin hacernos penetrar -por así decir- en el interior de los acontecimientos; de suerte que conocemos lo que ocurrió sin saber jamás cómo era la vida de los hombres que participaron, asistiendo a escenas que sólo muestran los resultados. Tal sequedad es imposible en un poema, por muy simple e inhábil que sea el poeta. La poesía vive de las escenas y los detalles; quiere pintar lo que cuenta, necesita las descripciones, los discursos; busca las circunstancias que dan a la narración vida y verdad; por muy frío o grosero que sea el poeta, nos introduce antes que el cronista en los hechos o en la sociedad de la que habla. Éste es el mérito de la obra de Ermoldus y lo que la convierte en un monumento histórico de una cierta importancia. En ninguna parte se cuenta de forma tan precisa y animada las reuniones de los Champs de Mai y las discusiones que allí tuvieron lugar, sobre la marcha y las vicisitudes de las expediciones militares, sobre los trabajos que los emperadores carolingios encomendaron a sus missi dominici, sobre las fiestas de la corte, las cacerías reales, etc. Ermoldus cuenta pocos acontecimientos y, por tanto, no necesito decir que sus cuadros sobre el cerco de Barcelona, la campaña de Ludovico Pío contra el bretón Murman, la visita del Papa Esteban IV a Reims y la del normando Heroldo a Aix-la-Chapelle, contienen más detalles que las narraciones de los cronistas más minuciosos.

En cuanto al mérito literario del poema, es escaso aunque no tan despreciable como lo han reputado casi todos los eruditos, más lleno de una bárbara latinidad que de detalles verdaderos e inocentes. A través del énfasis laborioso y la ignorante rusticidad del estilo de Ermoldus, encontramos aquí y allá cuadros animados, algunos sentimientos naturales y, sobre todo, algunas comparaciones de una simplicidad tan poética como para atrapar vivamente la imaginación del lector.

El nombre de Ermoldus posiblemente permanecería ignorado si no fuera por el enorme trabajo que se tomó para que la primera y la última letra de cada verso que compone la oscura invocación que puso a la cabeza del poema formase el siguiente texto:

Ermoldus cecinit Hludoici Caesaris arma.

Acróstico que sin duda Ermoldus vio como un admirable tour de force y que le costaría verdaderos esfuerzos.




Texto


Invocación



Creador, Señor y Motor de este mundo que proteges y has redimido; Tú que brillas en la mansión etérea de Tu Padre; Tú que abres a quienes han combatido dignamente en Tu nombre el reino de los cielos, cerrado por la falta de aquella a la que se debe los dolores del parto. Tú, oh Cristo, que has reconquistado del infierno el trono de la luz eterna, derrama sobre mí, hombre simple y grosero, el don de los versos que en otro tiempo tuvo David, el salmista, cuya voz, instruída para predecir el futuro, desveló hace ya tantos siglos por sus acentos proféticos los sagrados dogmas de los tiempos futuros tan dignos de ser contados, a fin de que pueda en este poemilla celebrar los hechos del gran César con algo de armonía y el tono que exige tal asunto. No invocaré a las ninfas, como lo hacían en su locura los doctos de la Antigüedad; no suplicaré a las Musas; no pisaré, recorriendo un rudo sendero, la entrada del templo de Febo para conseguir su socorro o el del poderoso Apolo. Cuando los antiguos, juguetes de una vana habilidad, se dejaban arrastrar por tales ilusiones, el horrible y negro demonio se aposentaba en sus corazones. Yo me elevaré más alto, hasta las moradas de los luminosos astros, para que el verdadero sol de justicia se digne conceder sus dones a mi humilde ruego. No, no me vanaglorio de recorrer en mis versos, con mi débil arco, el vasto círculo de esos importantes acontecimientos, cuya narración podría fatigar a los más grandes maestros ni de ser lo bastante feliz como para atraer la mirada de César; pero intentaré ilustrar, aquí y allá, algunos con mis cantos. Oh Cristo, presta, por lo tanto, oídos favorables a mis súplicas; haz que mis versos obtengan de las caritativas bondades de este príncipe quien, desde lo alto de su trono, eleva a los humildes, perdona a los pecadores y, ocupando el lugar del brillante sol, esparce la luz por la inmensidad, el final de mi miserable exilio. Y tú, monarca que tienes en tus poderosas manos el cetro sublime de Cristo, piadoso rey Luis, César famoso por tus méritos y tu piedad, tú en quien la fe de Cristo cobra un tan vivaz brillo, recibe con benevolencia la ofrenda que te presenta el Negro, que tiene tanta audacia como para espigar tu historia en sus versos. Te lo pido por el amor que siempre ha llenado tu corazón hacia el Rey de la eternidad. César, quiera Cristo que truena desde lo alto del cielo, recompensarte por haber levantado a tu siervo de su caída y te asegure un lugar en lo más alto de la bóveda etérea.


Canto primero


(Envío)


Luis, Augusto César, sobrepasas a los más célebres emperadores por las riquezas y las glorias de tus armas, pero más aún por tu amor hacia Dios. Gran príncipe, en mi audacia aspiro a cantar tus alabanzas. Dígnate, Omnipotente, fuente de toda fuerza, a darme los medios. Los grandes hechos del valeroso César, que en su piadoso amor el mundo hace público con tanta razón, voy a intentar describir. Posiblemente fuera más sensato no intentar tamaña empresa y llorar por las funestas faltas de las que soy culpable. Hombre simple y sin cultura, ignoro los secretos de las musas y no sabría hacer unos cantos según las reglas del arte, pero la bondad de un rey que estima más la intención que el propio valor del presente que se le hace, anima mi dubitativa timidez. Además, lo confieso, mi exilio me impulsa a ello. Los dones a presentar me faltan, ofrezco el único bien que tengo. En absoluto contaré uno a uno los hechos de Luis: no tengo ni la pretensión ni el poder, y mi talento estaría muy por debajo de tan gran tarea. No. Cuando Marón, Nasón, Catón, Flaco, Lucano, Homero, Tulio y Macer, Cicerón o Platón, Sedulio, Prudencio, Juvencio o Fortunato y el propio Próspero vivían aún, apenas habrían podido encerrarlas todas en sus famosos escritos, habrían debido doblar sus célebres y melodiosas obras; y yo, miserable barquero, que no tengo más que un pobre esquife que hace aguas por todas partes, quiero lanzarme al vasto océano de este mar inmenso. Que la mano que, por salvar al fiel Pedro del furor de las olas prestas a engullirlo, elevó su barca y le prestó nuevas fuerzas, tenga piedad de mí, me preserve de perderme en el abismo undoso y me encamine, magnífico César, hacia el puerto de tu favor. Vamos, versos míos, recordad las gestas de Luis y, de entre su gran número, sepa escoger mi pluma algunas de ellas.

(Acceso al poder de Ludovico y etimología premonitoria del nombre)


En los tiempos en que el cetro de los francos florecía en las vigorosas manos de Carlos, a quien todo el universo honra con el nombre de padre, cuando Francia se extendía a lo lejos y a todas partes llegaba el brillo de su trueno y llenaba el mundo con la fama de su nombre, el sabio Carlos, por consejo de su asamblea, distribuyó entre sus hijos las insignias de la realeza (1). Francia habría obedecido a un príncipe del mismo nombre de Carlos, si el sucesor designado hubiera accedido a la herencia paterna. Este monarca dio el reino de Italia a su bienamado Pipino y a ti, Luis, te confirió la corona de Aquitania. El renombre de esta tan equitativa partición se extendió pronto por todo el universo y Luis entró triunfal en los territorios confiados a su tutela. Fue un milagro que sus padres dieran el nombre de Luis a este joven príncipe que debía ser tan famoso por las armas, tan poderoso y tan piadoso. El nombre de Luis, que proviene de la palabra Ludus, muestra -en efecto- que ejerciendo su influencia es como ha traído la paz a sus súbditos; que si se prefiere consultar la lengua de los francos para conocer la etimología de este nombre, se verá claramente que se compone de Hlut, que significa famoso, y de Wig, que es Marte. Aún niño, este noble retoño al que animaba el hálito divino, acrecentó su reino por el honor, el valor y la buena fe. Ante todo, se apresuró a enriquecer con sus donativos los templos de los servidores de Cristo y devolvió a las santas iglesias los bienes con los que en otras épocas se las había dotado. No reinando sobre los pueblos más que por la ley y la fuerza de la piedad, restableció el orden a los estados sometidos a su cetro y les dio una nueva vida. Por su sabia habilidad, este piadoso rey dominó el carácter levantisco de los gascones y convirtió en corderos a estos lobos feroces. Volviendo a continuación sus rápidas armas contra los españoles, él mismo los cazó lejos de sus propias fronteras. Cuántas altas montañas y poderosos castillos sometió a su imperio con el favor de Dios. ¿Quién combatía con él? Lo ignoro y cuando lo sepa, mi grosera pluma no podría dar cuenta de todos. Diré, sin embargo, aquéllos cuya fama ha llevado recientemente sus nombres hasta mis estúpidas orejas. Dejo a los sabios que hablen de los otros.

(Infructuosos antecedentes de conquistar Barcelona)


Era una ciudad inhóspita a los escuadrones francos y, además, asociada a los intereses de los moros. Los antiguos latinos la llamaron Barcelona y Roma la pulió al llevar sus costumbres. Siempre ofeció un abrigo seguro para el bandidaje árabe, siempre enemigos armados la atestaban, cualquiera que viniera de España o volviera en secreto, una vez en la villa, encontraba una total seguridad. Habituada a caer sobre pequeños grupos de nuestra infatería durante la retirada, triunfaba en el pillaje. Muchos de nuestros duques la asediaron largo tiempo y llevaron a cabo diferentes tentativas bélicas, pero siempre la realidad quebraba sus deseos. Aunque se desplegara contra ella la fuerza de las armas, el ingenio o cualquier tipo de máquina, siempre, fortificada como estaba con muros de un imenso grosor y construídos, desde antiguo, con el mármol más duro, rechazaba lejos de ella los esfuerzos de la guerra. Cada año, tan pronto como el mes de junio elevaba hacia el cielo las blanquecinas cosechas y que la madura espiga reclamaba el corte de la hoz, el franco amenaza las murallas de la ciudad, inunda los campos y las fincas, arranca los frutos de la tierra y la despoja de sus dones; o bien arrasa las viñas en la época en que el moro acostumbra prensar los dulces presentes de Baco, arte ignorado por los franceses. Como cuando en el otoño espesos ejércitos de tordos u otros pájaros habituados a alimentarse de las vides caen desde los altos aires sobre las viñas, arrasan y se llevan los racimos y las más hermosas uvas caen bajo los golpes de sus garras y de sus picos (en vano -entonces- desde la alta montaña el triste y desgraciado viticultor golpea los címbalos o da grandes gritos: no es una tarea fácil impedir que estos crueles enemigos avancen en formación cerrada y que asolen los frutos con los que se ceban), de igual forma los francos, tan pronto como llega el tiempo de recolectar los frutos de la tierra, se llevan de las aldeas todas sus riquezas; y, sin embargo, ni tan crueles devastaciones ni otros males ni los golpes de las armas de nuestros jefes pueden romper el duro corazón del moro. Apenas los ágiles francos les han destruído tantos bienes, cuando rápidos barcos les llevan por mar abundantes suministros. Durante mucho tiempo, el incierto éxito basculó a un lado y al otro y la guerra se inclinó hacia los dos bandos, se dice, con un igual empeño.

(Champs de Mai)


En primavera, cuando la tibia tierra comienza a reverdecer, el invierno es expulsado por el rocío de los astros, el año renovado lleva a las flores el perfume que habían perdido y la rejuvenecida hierba ondea repleta de savia nueva, nuestros reyes remueven los intereses del reino e invocan las antiguas leyes (2). Enseguida, cada uno se dirige a sus fronteras para ponerlas al abrigo de cualquier ataque. Entonces, el hijo de Carlos, siguiendo la vieja costumbre de los francos, convoca y reúne a su alrededor la distinguida muchedumbre de los hombres más eminentes de la nación, los grandes del reino, cuyos consejos deciden las medidas a tomar por el bien del Estado. Los grandes se presentan con rapidez y obedecen de buen grado. Las tropas les siguen, pero sin armas. Todos los poderosos toman asiento según el orden establecido (3), el rey sube al trono de sus antepasados y el resto de la muchedumbre deposita fuera los regalos habituales que llevan al príncipe. Se abre la asamblea. El hijo de Carlos toma la palabra y dice lo siguiente, que sale del fondo de su corazón:

- Magnánimos grandes, a los que Carlos confió la guarda de las fronteras de la patria y que, por vuestros servicios, sois dignos de esta noble recompensa, el Omnipotente se ha dignado elevarnos a estos honores para que preveamos las necesidades de nuestro pueblo, conforme a las antiguas leyes. El año vuelve después de haber completado su ciclo; he aquí el momento en que las naciones se lanzan contra las naciones y corren a las armas con una alternativa de éxitos compartidos. La guerra os es bien conocida, pero nos la ignoramos. Decid vuestro parecer y qué camino debemos seguir.

Así habló el rey. Contra esta idea se levanta Loup-Sancion (4). Sancion, príncipe de los gascones que gobernaba su propia nación, se sentía orgulloso de haber sido alimentado en la corte de Carlos y sobrepasaba a todos sus acendientes en espíritu y fidelidad.

- Majestad, dijo, de tu boca mana la inspiración de todo sabio consejo. A ti te corresponde mandar y a nosotros obedecer. Sin embargo, si este asunto es dejado a nuestra discusión, mi parecer es -lo juro- que se conserve una tranquila paz.

El duque Guillermo, de la ciudad de Toulouse, dobló la rodilla, besó los pies del monarca y se expresó en estos términos:

- Luz de los francos, rey, padre, honor y escudo de tu pueblo, tú que lo llevas sobe tus ancestros por tu mérito y tu ciencia, ilustre señor en cuya casa el sublime valor y la sabiduría corren, con igual abunancia, de la fuente paterna; monarca, presta -si lo merezco- un oído favorable a mis consejos y que tu bondad, gran príncipe, atienda mis súplicas. Hay una nación de una negra crueldad, que toma su nombre de Sara, y que tiene como costumbre atacar nuestras fronteras. Envalentonada, confía en la velocidad de sus caballos y la fuerza de sus armas. La conozco bien y ella a mí. Con frecuencia he observado sus murallas, sus campamentos, los lugares en que habita y lo que los rodea. Puedo, por lo tanto, conducir a los francos contra ella por un camino seguro. En el extremo de sus fronteras, hay una villa funesta cuya alianza es la causa de tantos males. Si, por la bondad de Dios y sucumbiendo a tus esfuerzos, cae, la paz y la tranquilidad serán aseguradas a tus pueblos. Gran rey, dirige tus pasos hacia esta ciudad, lleva los funerales a sus macizos muros y Guillermo te servirá de guía.

Sonriendo, el monarca abrazó a este devoto servidor, le devuelve el beso que recibiera y le dirige esta amistosa respuesta:

- Te lo agradecemos por nos, valiente duque, te lo agradecemos por nuestro padre Carlos. Siempre, tenlo por seguro, tus servicios recibirán las honorables recompensas que les son debidas. Lo que acabas de contarnos, desde hace tiempo los tengo grabado en lo más profundo de mi corazón, y ahora me ha gustado oírlo en voz alta. Como pides, me someto a tu conejo y suscribo tus deseos. Francos, confiad en la prontitud de la marcha. Sólo me resta, lo confieso, decirte una cosa, Guillermo, pero que tu alma recoja con avidez mis palabras. Si, como espero, Dios me permite vivir los suficiente y me protege en mi camino, cruel Barcelona, que en tu orgullosa alegría te jactas de tantas guerras hechas a los míos, veré tus murallas. Pongo por testigos estas dos cabezas (al decir esto se apoyó por azar en la espalda de Guillermo). Será preciso que la muchedumbre de los moros se levante contra mí y que, por salvar a su aliada y a ella misma, tiente la suerte del combate o tú, Barcelona, te verás obligada, de buen o de mal grado, a abrirme esas puertas que aún no nos ha sido dado traspasar y, reducida, a implorar mis órdenes.

Eso dijo. Los grandes profieren confusos murmullos de aprobación y la multitud besa los pies del poderoso monarca. Entonces, el príncipe interpela a Bigon (5), caro a su corazón, y le dice al oído estas palabras, muy dulces a su gran alma:

- Ve, rápido Bigon, transmite lo que te voy a decir a la muchedumbre de nuestros fieles y que tu boca les lleve nuestras propias palabras. Cuando el sol esté en el signo de la virgen y su hermana siga su curso en el círculo asignado, que nuestras triunfantes y bien armadas tropas acosen con sus batallones las murallas de la ciudad que hemos mencionado.

El docto Bigon ejecutó sin tardanza lo que le había ordenado su señor y corre a todas partes llevando sus augustas órdenes.

(El monasterio de Conques)


El joven rey, encendido en amor por Cristo, levantó piadosamente para sus servidores unos muros dignos de recibirlos. La fama publica que, en efecto, instituyó en sus estados numerosas congregaciones de monjes dedicados al Altísimo. Si alguien quiere conocer todos estos santos establecimientos, le conjuro a que recorra el reino de Aquitania. Por mi parte, aquí sólo cantaré uno. Es un lugar célebre por el culto religioso, que el primer rey del linaje de Carlos llamó Conques (6). En otro tiempo asilo de fieras bestias y de melodiosos pájaros, permaneció desconocido para el hombre, al que repelía su aspecto salvaje. Hoy allí se ve brillar un grupo de piadosos hermanos adoradores de Cristo, cuya celebridad llega hasta los cielos. El monasterio que los acoge, lo construyó el religioso monarca con sus donativos, puso sus cimientos, lo colmó de bienes y se ha convertido en un deber honrarlo especialmente. Está situado en un gran valle, bañado por un benefactor río y cubierto de viñas, manzanos y todo lo que sirve de alimento al hombre. Es Luis quien ha hecho tallar la roca a fuerza de trabajo y de brazos y abrir el camino que lo hace accesible.











(Biografía de Dato, fundador de Conques)

Se dice que el primero que lo habitó fue un monje llamado Dato. Mientras conservó a su madre y vivía con ella bajo el techo de sus padres, escapó a la rabia de los enemigos: de repente, los moros siembran un espantoso desorden y asolan la tierra de Rouergue. Dicen que la madre de Dato y todos sus muebles fueron parte del rico botín de los crueles enemigos. Cuando se retiraron, cada fugitivo corre para ver su casa y visitar los familiares penates. Dato, al tener la triste certeza de que su madre y su domicilio han sido presa de los moros, siente en su corazón el peso de mil pensamientos diversos. Equipa su caballo, se cubre de armas, reúne a los compañeros de desgracia y se prepara para perseguir a los secuestradores. El azar quiso que el campamento al que los moros se habían retirado con su botín estuviera fortificado con unas murallas de mármol. El rápido Dato, sus compañeros y la gente del pueblo vuelan a porfía y se disponen a romper las puertas. Como cuando un gavilán extiende sus alas sobre un yermo, atrapa un ave en sus garras y huye hacia el cielo, cuyo camino le es bien conocido, es inútil que los compañeros de la víctima griten, hieran los aires con sus voces lúgubres y persigan al captor porque éste, retirado en su nido, al abrigo de todo peligro, ahoga su presa entre sus garras, la mata y la vuelve sobre el lado que le place para devorarla; de igual manera, los moros, defendidos por los muros y señores de su botín, no temen el ataque de Dato, su lanza ni sus amenazas. Uno de ellos lo interpela desde lo alto del bastión y le dirige con voz burlona estas crueles palabras:

- Sabio Dato, dinos, te lo pido, ¿por qué venís tú y tus compañeros a nuestro campamento? Si quisieras darnos, a cambio del presente que te haremos, el caballo sobre el que vienes cubierto con tu armadura, tu madre se reunirá contigo sana y salva y te devolveremos el resto de los despojos que hemos robado. Si te niegas, tus ojos serán testigos de la muerte de tu progenitora.

Dato da esta respuesta, horrible de reproducir:

- Haz morir a mi madre, poco me importa, porque este caballo que me pides nunca consentiré dártelo: no ha sido criado, vil miserable, para recibir un freno de tu mano.

Sin retrasarlo más, el cruel moro hace subir a la muralla a la madre de Dato y la mata, ante los propios ojos del hijo, entre horribles suplicios. Se dice que este bárbaro primero le cortó los pechos con el hierro, después la decapitó y le dijo a Dato:

- Toma, ahí tienes a tu madre.

El infortunado, furioso por la muerte de quien lo parió, rechina los dientes, gime e, incierto, baraja mil proyectos diferentes; pero, para vengar su afrenta, ningún camino es viable y le faltan las fuerzas: triste y con el espíritu perturbado, se marchó lejos de aquel funesto lugar. Abandonándolo todo y revestido de armas más seguras para su salvación, pronto fue un piadoso habitante del desierto. ¡Oh Cristo! Por muy firme que se hubiera mostrado ante la muerte de su madre, más lo fue bajo tu yugo. Durante mucho tiempo, lleno de desprecio por la vida criminal del mundo, practicó sobre él mismo y en soledad rudas mortificaciones. Su renombre llegó a oídos del piadoso rey, quien llamó a su palacio al servidor de Dios. El príncipe y el hombre del Señor, iguales en piedad, pasaron todos los días en actividades en las que los dos se entendían igualmente bien. Fue entonces cuando el monarca y Dato pusieron los fundamentos de Conques y prepararon los futuros retiros para los santos monjes. Fue así como un lugar en el que manadas de animales salvajes encontaban amparo, ahora se elevan cosechas gratas a Dios.

(Asedio y conquista de Barcelona)


Los grandes del rey y las falanges del pueblo, advertidos, obedecen las ódenes de Luis. Batallones de francos llegan de todas partes, según la antigua costumbre, y un numeroso ejército rodea las murallas de Barcelona. Antes que los demás acude el hijo de Carlos al frente de una brillante tropa y él mismo conduce a los jefes que ha reunido para la destrucción de esta ciudad. A su lado el príncipe Guillermo plantó sus tiendas, igual hicieron Héribert, Liuthard, Bigon y Béron, Sancion, Libulf, Hildebert, Hisambart y muchos otros, cuya enumeración sería larga. El resto de la juventud guerrera, francos, gascones, godos o aquitanos se esparcen y acampa en los alrededores. El ruido de sus armas asciende hasta el cielo y sus gritos resuenan en el aire. En la ciudad, por el contrario, todo es terror, lágrimas y gemidos. Cuando la estrella Venus trae consigo las sombras de la noche, todo se dispone contra ti, Barcelona. Pronto tus riquezas serán presas del enemigo. En cuanto la brillante aurora vuelve a visitar a los mortales, todos los condes son convocados y se reúnen en la tienda del monarca. Sentados en la hierba, cada uno según su rango, y con atento oído solicitan las órdenes de su príncipe. Entonces, el hijo de Carlos hace manar, de sus sabios labios, estas palabras:

- Grandes, que vuestos espíritus retengan mi parecer. Si este pueblo honrara al verdadero Dios, fuera grato a Cristo y quisiera recibir el santo bautismo, deberíamos hacer con él una paz sólida y observarla fielmente, a fin de reunirla con el Señor por los lazos de la religión; pero es un objeto de execración para nosotros, rechaza la fe que nos asegura la salvación y sigue las leyes del demonio. La bondad misericordiosa del señor del trueno pone en nuestras manos esta raza impía y la destina a servirnos como esclavos. Adelante, francos, derruyamos sus murallas y fortalezas, y que vuestros corazones encuentren su antiguo valor.

Como bajo las órdenes de Eolo los rápidos vientos vuelan por los campos, los bosques y las ondas y derriban nuestros tejados domésticos, las cosechas y los árboles se agitan temblando, el pájaro del sol apenas puede sostenerse sobre sus garras curvadas y el feliz nauta, cesando de confiar en su remo y en su vela de lino, los recoge rápidamente y se abandona al incierto oleaje del mar; así, a la orden de Luis, todo el ejército franco corre en masa por aquí y por allá para preparar la ruina de Barcelona. Se precipitan a los bosques. El hacha activa hace que sus golpes se escuchen por todas partes. Caen los pinos. Los altos álamos son abatidos. Uno fabrica escalas, otro prepara estacas, aquél lleva a toda prisa artefactos para el ataque, el de más allá arrastra piedras. Las desnudas jabalinas y las saetas cubiertas de hierro llueven sobre la ciudad. El ariete golpea contra las puertas y la hoda lanza duros golpes.

Los prietos batallones de los moros, alinenados en las torres, se preparan a defender sus murallas. Uno llamado Zadun (7) era entonces el alcaide de la ciudad, a la cual su alma firme y valerosa dictaba las leyes. Corre hacia los muros, la multitud, golpeada por el terror, lo rodea y lo sigue.

- Amigos, grita, qué tienen de nuevo esos ruidos.

Uno de los suyos responde a su pregunta con unas palabras que sólo presagian crueles infortunios:

- Hoy no es ese valeroso príncipe godo, a quien -sin embargo- nuestra lanza tantas veces ha rechazado lejos de estos muros, quien viene a tentar la suerte del combate. Es Luis, el ilustre hijo de Carlos. Él mismo manda a sus duques y se ha revestido de su armadura. Si Córdoba no nos socorre con prontitud, nosotros, el pueblo de esta temida ciudad, pereceremos.

El jefe ve desde lo alto de una torre las armas enemigas al pie mismo de los muros y del fondo de su abatido corazón surgen estas tristes palabras:

- Ánimo, compañeros, salvemos nuestos muros de la furia enemiga. Quizás Córdoba nos envíe algún socorro. Sin embargo, una cruel verdad me aflige y me preocupa, oh pueblo, perturba mi espíritu. Os asombrará, pero debo revelárosla. Esta nación temible que, ya lo veis, cerca nuestas murallas, es valiente, está acostumbrada a manejar las armas, soporta las fatigas y es activa en el combate. Lo diga o lo calle, lo más horrible, os lo confieso, y no os parecerá menos funesto, es que todos aquellos a quienes esta célebre nación ha combatido acabaron de buen o de mal grado como esclavos. El imperio de Rómulo, que en otro tiempo fundó  esta ciudad, ha sido sometido a su yugo con todos sus vastos estados. Siempre tiene las armas en las manos, desde la infancia se familiariza con la guerra. Mirad, el joven lleva los pesados materiales para el combate y el viejo lo dirige con su experiencia. Tiemblo de terror con sólo pronunciar el nombre de los francos, pues es de su ferocidad que toman su nombre. Para qué, ciudadanos, deciros más. Conozco bien a los malvados que nos amenazan, pero sólo os podría anunciar penas. Debemos defender las murallas. Reforcemos su fuerza con una guardia constante y valerosa y que quienes vigilen las puertas se muestren inteligentes y dignos de confianza.

La juventud franca, a la que siguen prietos batallones, golpea las puertas con los arietes. Por todas partes Marte hace oír su trueno. Los muros, protegidos por un cuádruple revestimiento de mármol, reciben redoblados golpes. Sobre los infelices asediados cae una lluvia de saetas. Entonces, el moro Durzaz, desde lo alto de una elevada torre, grita a los francos con tono burlón y acento de orgulloso desprecio:

- Nación cruel, que extiende tus estragos por todo el universo, ¿por qué golpeas las piadosas murallas e inquietas a unos hombres justos? ¿Piensas que derribarás pronto unos muros, obra de los romanos, que cuentan con mil años de existencia? Bárbaro franco, aléjate de nuestros ojos, verte no tiene nada de agradable y tu yugo es odioso.

A estos ultrajes, Childeberto no respondió con palabras, sino que tomó su arco, se colocó frente al insolente charlatán y, teniendo entre sus manos su arma de cuerno, la tensó con esfuerzo. La flecha sale, vuela, se dirige a la negra cabeza del moro y entra en su insultante boca. Cae, abandona con pesar la altura de sus muros y, al morir, mancha a los francos con su negra sangre. Éstos, el corazón pleno de alegría, lanzan grandes gritos y los desgraciados moros, al contrario, sólo dejan oír plañideros gemidos. Entonces, otros guerreros envían a las ocuras orillas a otros moros: Habiridar cae bajo los golpes de Guillermo, Uriz bajo los de Liuthard, Zabirezun perece por la lanza y Uzacam por una jabalina, la honda golpea a Corizan y la rápida flecha se clava en Gozan. Los francos no podían combatir más de cerca, empleaban por turnos las flechas y las piedras, pues el hábil Zadun había prohibido a los suyos aventurarse a una batalla y abandonar las murallas.

La lucha se prolongó durante veinte días con diversos éxitos. Ninguna máquina era lo suficientemente fuerte como para abrir una brecha en el muro y el enemigo no se prestaba a emboscadas. Sin embargo, el franco no cesa en su empresa bélica y continúa haciendo gemir las puertas ante los golpes redoblados de los maderos. El ilustre hijo del poderoso Carlos, con su cetro en las manos y seguido de una numerosa multitud, recorre las filas, exhorta a los jefes, anima a los soldados y, como hiciera siempre su padre, los llama a las armas.

- Creedme, decía, valiente juventud y todos vosotros, grandes, creedme, y que mis palabras queden grabadas en vuestras almas. Si Dios lo permite, no quiero volver a ver el palacio paterno ni mi reino antes de que esta ciudad y sus habitantes, vencidos por las armas y el hambre, se avengan a reconocer humildemente mis leyes.

En ese mismo instante, un moro que estaba al abrigo de los muros alzó su voz hasta los cielos e hizo oír estas palabras irónicas:

- Francos, qué grande es vuestra locura. ¿Para qué fatigar nuestras murallas con vuestros golpes? No hay artimaña que os pueda hacer señores de esta ciudad. No nos faltan víveres. La carne y la miel es abundante y a vosotros os diezma el hambre.

Guillermo no dejó este discurso sin respuesta y gritó con un tono despreciativo:

- Moro orgulloso, recuerda -te lo ruego- mis palabras. No serán dulces ni te gustarán, pero las creo verdaderas. Mira este caballo tan destacable por sus manchas de diferentes colores y sobre el cual amenzo vuestras defensas, aún desde demasiado lejos. Caerá ante nuestros mordiscos y, triturado por nuestros dientes, nos servirá de alimento, antes de que nuestras cohortes abandonen vuestros muros, cuya entada nos ha sido negada desde hace tanto tiempo. Esta guerra, una vez comenzada, no terminará jamás.

El moro golpea con sus negros puños su negro pecho, el desgraciado desgarra su rostro con sus curvadas uñas, el corazón helado de terror, cae de bruces y emite unos alaridos lamentables que detiene el polo. Sus compañeros, asombrados, tiemblan por la perseverancia de los francos y sus terribles amenazas y abandonan las murallas. Zadun, furioso, corre a través de las ondas de un pueblo inmenso gritando:

- ¿Hacia dónde huís, ciudadanos? ¿Qué camino vais a tomar?

Zadun, entonces los tuyos te dan la respuesta del franco:

- Esto ha decidido el enemigo, dicen. Sobre todo, escúchalo. Con sus crueles dientes comerán sus caballos antes que abandonar los pies de tus murallas.

- Infortunados ciudadanos, repuso el alcaide, ya os lo dije hace tiempo. Tales son las guerras que hace esta temible nación. Ahora, decidme, ¿qué partido os parece más útil y cómo podría serviros aún?

- Ves, respondió el pueblo, la cantidad de francos que trabajan por todas partes para hendir la muralla y los tuyos caen abatidos por el hierro. Córdoba no te envía ninguno de los socorros prometidos. La guerra, el hambre, la sed, nos afligen con su triple aguijón. ¿Qué medio de salvación nos queda sino pedir la paz a los francos y enviarles unos negociadores rápidamente?

Zadun temblaba de rabia, rasgó sus vesiduras, se arrancó sus negros cabellos, se hirió sus ojos. Quiere hablar. El nombre de Córdoba se escapa repetidas veces de su profana boca y muchas veces sus palabras son entrecortadas por los sollozos.

- Oh moros, dice por fin, siempre prestos al combate. ¿De dónde proviene este funsto desánimo? Compañeros, mostrad vuestra acostumbrada firmeza. Si aún os queda algo de amor hacia mí, sólo os pido un favor; concededme esta única gracia y estaré satisfecho. He visto una parte en la que los espesos batallones de nuestros enemigos dejan un espacio vacío al pie de nuestras murallas; sólo hay algunas tiendas. Sin duda es una trampa, pero quizás pueda abrirme paso sin ser atacado y llegue a galope tendido, queridos compañeros, al lugar bien conocido del que esperamos la ayuda. Sin embargo, vosotros, hermanos míos, en oto tiempo inaccesiles a cualquier miedo, esforzaos al máximo en defender las puertas hasta mi vuelta. Os suplico que ningún acontecimiento os haga abandonar vuestros fuertes muros y salir al combate en la llanura.

Tras dar aún una gran cantidad de órdenes a los suyos, abandonó la ciudad, a hurtadillas se desliza y, lleno de alegría, traspasa un grupo de francos. Ya marcha más tranquilo con el favor del silencio nocturno, pero su infortunado caballo de pronto relincha. A este ruido, los guardias dan la alarma, las tropas salen del campamento, se dirigen al lugar de donde proviene el relincho y persiguen a Zadun. Confuso por el miedo, abandona su camino, hace girar el caballo y ciegamente se lanza en medio de nuestros nutridos batallones. El infeliz, la frente cargada de preocupaciones, no ve a su alrededor más que falanges enemigas y ningún medio para escapar de sus manos. Pronto es hecho prisionero. Cargado de hierros que hace tiempo merecía, es llevado, tembloroso, a la tienda de Luis.

La noticia, con su rápido vuelo, turba toda la ciudad con sus gritos y su boca les aununcia que su rey está prisionero. Padres, madres, jóvenes se entregan a la desesperación. El débil niño y la jovencita llevan por todas partes la triste nueva. En el campamento franco un ruido no menos estruendoso se eleva desde todas partes hasta el cielo y los soldados se entregan a los estremecimientos de la alegría, todos a una. Las negras sombras de la noche se disipan y la brillante aurora trae el día. Los francos corren hacia la tienda del rey. El hijo de Carlos les habla con tranquilo espíritu y dirige con bondad estas palabras a sus fieles:

- Zadun se daba prisa por encontrarse con las tropas españolas con la pretensión de solicitar socorro, armas y otros medios para prolongar la guerra. Hecho prisionero pese a su resistencia, se encuentra fuera de esta tienda encadenado y desarmado y aún no ha sido traído ante nuestros ojos. Vamos, Guillermo, llévalo donde pueda ver sus murallas y que ordene sin tardanza que se abra las puertas de la ciudad.

La orden se ejecuta al momento. Zadun, atado con unas correas, sigue la mano que tira de ellas, pero con un cortador ardid libera la suya. Él mismo, antes de separarse de los suyos, les había dicho:

- Ignoro si la fortuna me será funesta o favorable, pero si la suerte quiere que caiga en medio de las falanges francas, permaneced, os lo ruego, encerrados en vuestras murallas.

Ahora extiende la mano hacia esos muros queridos y grita:

- Apresuraos, compañeros, a abrir vuestras puertas, tanto tiempo cerradas.

Pero al mismo tiempo, curvaba sus dedos y apretaba las uñas contra la palma de la mano. Era un juego pérfido, pues por este signo les exhortaba a defender sus murllas mientras que, pese a él, su boca decía "Abrid las puertas." Guillermo se apercibió del engaño. Como un rayo, atrapa el puño del cautivo, y no es un juego. Temblando de rabia, esconde su cólera en su alma, admira al moro y más aún su ingenioso artificio y le dice:

- Créeme, Zadun, si el amor y el respeto por mi rey no me contuvieran, hoy sería el último día de tu vida.

Mientras Zadun es celosamente custodiado por los francos, sus compañeros se disponen a defender sus baluartes. Por segunda vez, la luna, en su marcha regular, acababa de completar su ciclo. Luis y sus francos marchan hacia esas defensas siempre cerradas para ellos. Con enormes máquinas las golpean, desde todas partes las baten, la guerra muestra un furor sin igual hasta entonces, lluvias de flechas caen sobre la ciudad, el bosque, talado con violencia, abruma al enemigo. El propio rey dirige el ataque y anima a los jefes. Los infortunados moros no se atreven ni a descender de sus altos muros ni a mirar desde lo alto de sus torres el campamento franco. Como una bandada de pájaros acuáticos, que, inquieta y temblorosa, se sumerge en un riachuelo y a la que de pronto el águila divisa desde lo alto y durante un rato los sobrevuela, y unos sumergen sus cabezas en el agua sin osar sacarlas, otros se esconden entre las cañas y unos cuantos se hunden en el lodo; pero el águila les amenaza con su vuelo, los hiela de miedo, los fatiga y se lleva a los que sacan las cabezas de entre las ondas; así la espada, el terror y la muerte persiguen a los temerosos moros que huyen por su villa. Entonces el piadoso rey blandió en su mano la jabalina, la arrojó contra la ciudad. La veloz saeta vuela, golpea los muros y se clava en el mármol gracias a la fuerza con que fuera lanzada. Los moros, el alma turbada por el miedo, miran con estupor el hierro y, sobre todo, el brazo del que saliera. Finalmente, más que vencidos por la guerra y el hambre, deciden unánimente rendir la ciudad. Se abren las puertas, los rincones más ocultos se muestran a la luz. Barcelona, tras un largo asedio, se somete a la ley de Luis (3). Sin perder un instante, los victoriosos francos ocupan la villa que tanto desearan conquistar y dan órdenes al enemigo. Fue un sabat cuando los francos obtuvieron tan glorioso éxito y cuando la ciudad les fue abierta. Al día siguiente, festivo, el rey Luis comienza a cumplir los votos hechos a Dios: entra triunfante en la villa, purifica los lugares en los que se adoraba al demonio y rinde a Cristo piadosas acciones de gracia. El victorioso monarca confía Barcelona a una guarnición segura y, con el favor de Dios, él y su gente retornan felizmente a sus moradas.

(Bigon da las albricias al emperador)


Un inmenso botín, compuesto por los despojos de los moros y las ofrendas de los jefes francos, es conducido ceremoniosamente hasta Carlos. Allí se podían ver armaduras, corazas, ricos ropajes, cascos adornados con flotantes crines, un caballo parto con su arnés y su freno de oro. Zadun, tembloroso, que no querría volver a ver a los francos y que marcha un poco más atrás, acompaña a disgusto estos regalos. El diestro Bigon se da prisa en adelantar a la escolta, vuela hasta la corte de Carlos y es el primero en anunciar las nuevas del feliz suceso. La noticia se extiende rápidamente por toda la corte y pronto llega también a oídos de César. Bigon es llamado, se presenta, besa los pies del poderoso emperador, recibe la orden de hablar y obedece en los siguientes términos:

- El rey Luis, tu hijo, envía presentes al augusto Carlos, su tierno padre. Este rey victorioso ha conquistado estos regalos a los moros por la espada, el escudo y el valor de su brazo. Te envía también al señor de la ciudad, cuyas armas ha sometido. César, Zadun está ante tus ojos y la ciudad que antaño destruyó tan gran número de francos, abatida, subyugada ahora por la guerra, solicita humildemente las leyes de nuestro monarca.

El emperador Carlos, levantando los ojos y las manos al cielo, dice con voz llena de dulzura:

- Quiera sobre todo la bondad del Altísimo acompañar constantemente a nuestro bienamado hijo. En cuanto a nuestro agradecimiento, que cuente con él por siempre. Vástago digno de mí, cómo podría realizar todas las acciones de gracia que debo a Dios por el regalo que me hizo contigo, muchacho justamente célebre y siempre de mí amado. Guardo en mi corazón la memoria de lo que en otro tiempo me predijo sobre ti el patriarca Paulino (8).

Se dice, en efecto, que este sabio patriarca recibió la orden del piadoso monarca de verlo en su palacio un día que estaba en la basílica ocupado, con un respetuoso recogimiento, en cantar las alabanzas de Cristo. Carlos, el ilustre hijo del emperador, entró por azar rodeado de una muchedumbre de grandes para rezar al Señor y avanzó a grandes pasos hacia el altar, donde el santo padre realizaba sus augustas funciones. Paulino pregunta quién es ese príncipe. Un servidor que le escucha se lo dice, pero el prelado viendo que es Carlos, el primogénito del rey, guarda silencio y aquél prosigue su camino. Poco después aparece el heroico Pipino, seguido de una multitud de valientes jóvenes. Paulino vuelve a interrogar al servidor, quien le contesta también verazmente. Cuando el prelado escucha el nombre, se percata de que es su rey, inclina la cabeza y Pipino sale seguidamente. Luis llega el último, abraza el altar, se echa a tierra suplicando, se deshace en lágrimas y reza durante mucho tiempo a Cristo, que reina en los cielos, para que le conceda su protección. El santo obispo, viendo esto, se levanta de su asiento llevado por un divino deseo de dirigir unas piadosas palabras a este príncipe, verdadero amigo del Señor. Antes, al contrario, cuando Pipino y Carlos se habían alejado, él permaneció sentado y nada dijo. El joven Luis se inclina con respeto a los pies del pontífice. Paulino levanta al piadoso rey, le recita algunos pasajes de los salmos llenos de diferentes alusiones proféticas y le dice:

- En recompensa por vuestra piedad, id a encontraros con el gran Carlos. Adiós.

Cuando el hombre de Dios pudo llegar hasta Carlos, le contó todas estas cosas como habían sucedido y añadió:

- Si Dios quiere que un príncipe de tu estirpe reine sobre los francos, es Luis quien será digno de sentarse en tu trono.

Estas palabras el prudente Carlos las repitió a un pequeño número de servidores íntimos que habían sabido complacerle y merecer toda su confianza.

El emperador ordena al mensajero que se acerque y le inquiere sobre todos los detalles de la victoria de Luis: cómo la famosa Barcelona fue sojuzgada, de qué feliz manera apresaron a Zadun, qué jefes murieron en esta cruel guerra. El bravo Bigon obedece y cuenta todos los hechos con una escrupulosa exactitud. El piadoso emperador recompensa honorablemente sus palabras y, lleno de alegría, le tiende la copa en la que, por azar, bebía. Bigon la toma y la vacía del vino que la llenaba de un solo trago. César, a continuación, recompensa el celo del servidor, lo colma de dones y honores y le da ricos presentes para su ilustre hijo. Feliz y cargado de alabanzas y parabienes, Bigon vuelve a toda prisa junto a su señor.

(Fin)


Permite igualmente, temible César que desde lo alto de tu trono lanzas el rayo, a un infeliz exiliado que regrese feliz al reino del poderoso Pipino. Y tú, mi primer canto, termina con la palabra alegría, a fin de acordarte en todo con tus otros tres hermanos.























Canto segundo


(Luis nombrado sucesor al trono)


Los francos, gracias a la bondad de Dios, disfrutan de paz en todas las partes del imperio. El Señor y la espada habían abatido a todos sus enemigos. Carlos, ese emperador tan respetado en todo el universo, agobiado por la vejez, convocó en su palacio una nueva asamblea (9). Sentado sobre un trono de oro, alrededor del cual han sido colocados los primeros de entre sus condes, se expresa de la siguiente forma:

- Grandes que hemos alimentado y enriquecido con nuestros presentes, escuchad: os diremos cosas verdaderas y suficientemente conocidas. Mientras que el vigor de las fuerzas juveniles ha secundado al coraje, las armas y las violentas fatigas han sido nuestros juegos. Entonces jamás nos gloriamos ni sufrimos, por una cobarde molicie o un vergonzoso temor, que ninguna nación enemiga insultara impunemente las fronteras de los francos. Pero ya nuestra sangre se enfría, la cruel vejez nos domina y la edad ha blanqueado nuestra cabellera, que flota sobre el cuello. Este belicoso brazo, tan respetado en otra época en todo el universo, por el que ya sólo corre una sangre helada, tiembla ahora y apenas puede sostenerse. Dos hijos nacidos de nos han sido sucesivamente llevados de esta tierra y reposan, ay, en la tumba. Pero, al menos, aún no resta aquel que, desde hace tiempo, siempre ha parecido más agradable al Señor. Cristo, oh francos, no os ha abandonado, pues os ha conservado este precioso vástago de nuestra estirpe. Siempre este ilustre hijo se ha plegado a nuestras órdenes y a proclamar en voz alta nuestro poder. Siempre, en su amor por Dios, ha sabido devolver a las iglesias sus derechos. Siempre ha regido sabiamente los estados que le hemos confiado. Lo habéis visto, acaba de enviarnos un rey prisionero, armas, cautivos y magníficos trofeos, todos conquistados por las victorias sobre los moros. ¿Qué debemos, pues, hacer? Francos, dad vuestro parecer con corazón sincero, que nos lo seguiremos.

Entonces, Eghinardo, hombre amado por Carlos, conocido por la sagacidad de su espíritu y la bondad de su corazón, cae a los pies del monarca, besa sus ilustres pasos y, conocedor del arte de provocar sabios consejos, toma el primero la palabra.

- César, dice, tú, cuya gloria colma la tierra y los mares y ha llegado hasta el cielo; tú, a quien los tuyos deben el disfrutar del título de emperador; no nos corresponde a nosotros añadir nada a la sabiduría de tus designios. Obedece, te lo suplico, los pensamientos que Dios en su misericordia ha inspirado en tu corazón y empéñate en realizarlos. Gran príncipe, te queda un hijo, un hijo que te es caro y cuyas virtudes lo hacen digno de sucederte en tus vastos estados. Todos, grandes y pequeños, pedimos que sea así. La Iglesia lo solicita también y el propio Cristo se muestra favorable al proyecto. Este hijo sabrá, tenlo por seguro, cuando tu muerte nos aflija, mantener por las armas y el talento los derechos de tu imperio.

César, lleno de alegría, aprueba esta discurso, reza humildemente a Cristo y envía a su hijo la orden de que regrese a toda prisa a su lado. Entonces, como ya dije, el clemente Luis reinaba sobre los aquitanos. ¿Por qué tardar más en contarlo? El joven rey llega sin perder un instante a la corte paterna y en Aix-la-Chapelle clérigos, pueblo, grandes y, sobre todo su padre, se entregan a la alegría. Entonces Carlos cuenta palabra por palabra a su bienamado hijo todo lo sucedido y le habla en estos términos:

- Ven, hijo tan querido por Dios como por tu padre y por el sumiso pueblo. Tú, a quien el Señor se ha dignado conservarme como consuelo de mi vida, ves cómo mi edad aumenta, la vejez va a derrotarme pronto y la muerte se aproxima a grandes pasos. Los destinos del imperio que Dios me ha confiado, por muy indigno que yo fuera, ocupan el primer lugar en mis pensamientos. Creo que no es la prevención ni la ligereza ordinaria al espíritu humano, sino el amor a la verdad lo que dicta las palabras que te dirijo. El país de los francos me ha visto nacer, Cristo me colmó de honores y me permitió poseer los estados de mi padre. Los he conservado y hecho más poderosos. He sido el pastor y el defensor del rebaño de Cristo, el primer franco que obtuvo el nombre de emperador y os he traído este título, propio de los hijos de Rómulo.

Dicho esto, colocó sobre la cabeza de su vástago la corona de oro y piedras preciosas, signo de la autoridad imperial.

- Hijo mío, prosiguió, recibe mi corona; es Cristo quien te la da. Recibe también las honorables insignias del imperio. Quiera Dios en su bondad permitirte realizar hechos de honor y no olvides complacerle.

Entonces, padre e hijo, igualmente satisfechos con este brillante don, recibieron con piedad el divino alimento del Señor.

Oh día feliz y por siempre célebre. Tierra de los francos, posees dos emperadores. Francia, aplaude. Y tú, magnífica Roma, aplaude también. Los otros reinos contemplan este imperio. El sabio Carlos recomienda mucho a su hijo que ame a Cristo y que honre a la Iglesia. Lo abraza, lo cubre de besos, le permite retornar a sus propios estados y le da su último adiós.

(Muerte y funerales de Carlomagno)


Poco después, vencido por la edad y la vejez, César es llevado a la tumba de sus mayores (10). Se le hicieron unos funerales dignos de su rango y sus restos fueron depositados en la capilla que él mismo hizo construir en Aix-la-Chapelle. Se envía un mensajero para comunicar al hijo la muerte del padre. Es el rápido Rampon quien parte con esta misión. Vuela noche y día, atraviesa inmensas regiones y llega, por fin, al castillo en el que habitaba el joven monarca.

Más allá del río Loira hay un lugar fértil y cómodo, por una parte rodeado de bosques, por otra, de llanuras. Está atavesado por las ondas apacibles del río que lo vivifica. Allí los peces están a gusto y abundan las fieras bestias. Allí el victorioso Luis ha construído un magnífico palacio. ¿Preguntas cuál es, querido lector? Su nombre es Thedwat (11). Allí César gobierna con piedad a los clérigos y al pueblo y dispensa sabias leyes a sus súbditos. De golpe Rampon penetra en este lugar y lleva el pesar a toda la corte por la noticia de la triste muerte del piadoso Carlos. Desde que la nueva llega hasta los oídos del buen rey, se aflige, llora y gime por su padre. Bigon está entre los oficiales que esperan las órdenes del monarca. Acostumbado a ver a su señor antes que los demás, le exhorta a que seque sus ojos y cese el llanto.

- Otros cuidados, dijo, deben ocuparte. Príncipe, sabes en el fondo de tu corazón que la suerte de tu padre es la que espera a todo el género humano: todos iremos a ese lugar del que no se puede volver. Levántate, démonos prisa en ir a la basílica. Es hora de dirigir nuestros rezos y nuestros cantos religiosos a Dios.

Tras las palabras de este fiel servidor, Luis se levanta e invita a todos los suyos a acompañarlo en sus oraciones al Señor. Esta noche se consagró por completo al canto de salmos y de himnos; el día siguiente, a la celebración de misas solemnes.

(Coronación de Luis)


Ya el brillante cielo ve surgir la tercera aurora y el sol llena el universo con la claridad de sus rayos. De todos los rincones del reino acude la prieta muchedumbre de los francos. El pueblo, ebrio de alegría, se precipita ante su rey. Los grandes de la corte de Carlos, los principales del estado, la amistosa cohorte de los clérigos llegan sin tardanza. Los caminos están atestados, los pórticos de los palacios rebosan, quien no puede estar protegido por un techo se sube en los tejados de las casas. Ni el río ni la temida sombra de los bosques ni los hielos del invierno ni las lluvias torrenciales, nada continiene ni siquiera a los más temerosos. Quien no ha podido encontrar nave se esfuerza, en su impaciencia, en ser el primero cruzando a nado el Loira. Se vio cómo una inmensa mulitud se lanzó desde una alta roca al río ante la falta de embarcaciones que los transportara. Los habitantes de Orleáns sonríen ante el esfuerzo de los nadadores y desde lo más alto de las torres, la muchedumbre dirige sus oraciones por la orilla deseada. Un mismo amor inflama todos los corazones y todos tienen un mismo deseo: ver el rostro de su príncipe. Por fin, todos llegan. El piadoso monarca los recibe con benevolencia y según su rango. César entra triunfalmente en Orleáns. Allí brilla el estandarte de la cruz, allí reposan vuestras reliquias: san Aignan, que brillas con una claridad sagrada; feliz Tiburcio, el primero en levantar la famosa catedral de esta ciudad; san Maximino y san Avito, tan remombrados por vuestra santidad. Después, Luis apresura su marcha hacia las murallas de París, donde el mártir Esteban ocupa el templo más alto; donde, santísimo Germain, se veneran tus preciosos restos; donde se honra a Genoveva, virgen consagrada a Dios. Aplaudid con alegría, Irmin (12), pues he aquí que se te ha concedido lo que tanto pidieras: ver la llegada de César, Aquel que truena en el cielo lo permita. Y tú, mártir Denis, este príncipe no ha pasado ante tu templo sin entrar a rogar tu intervención protectora. Por allí se toma un camino directo, se atraviesan los estados francos, y el rey, tras un feliz trayecto, entra en Aix-la-Chapelle.

(Primeras medidas)


Ánimo, Musa. Es aquí donde hay que pedir más a Dios para que nos otorgue el don de la elocuencia. ¿Por dónde comenzaré? Cada cosa hecha por este héroe merece el primer puesto y sus actos, llenos de bondad, arrojan todos un gran brillo. Después de haber previsto con sabias medidas la seguridad de las fronteras del reino y haber arreglado todo hasta los límites del imperio, el liberal emperador se da prisa en donar los tesoros acumulados por sus mayores para redimir las faltas de su padre y obtener el reposo de su alma. Todo lo que el valor de los ancestros y Carlos habían conseguido, él mismo se encarga de distribuirlo a los pobres y a las iglesias. Dona las copas de oro, las vestiduras y los numerosos abrigos, reparte profusamente incontables talentos de plata purísima, esparce riquezas de todo tipo, las armas, de número incalculable, y os prodiga, infortunados, los dones que os estaban reservados. Feliz Carlos que ha dejado en este mundo un hijo ansioso por allanar a su padre el camino al cielo. Su piedad ordena abrir los antros de las prisiones, romper los hierros de los desgraciados que allí fueron arrojados y llamar a los exiliados. Todo lo que hace es maravilloso, todo debería quedar consignado en cantos dignos de memoria. Su fama se eleva hoy por encima de los astros.

Luis, sin perder un instante, envía por todo el universo comisarios, todos hombres escogidos, de una vida proba, de una probada fidelidad, y que no flaqueen ante sus deberes ni sus parientes ni las pérfidas caricias ni el favor ni la ingeniosa y corruptora seducción del poderoso. Tienen orden de recorrer rápidamente los vastos estados francos, de hacer justicia a todos, de revisar los jucios inicuos y de liberar a quienes, bajo el reinado de su padre, la plata o el fraude habían abocado a una dura servidumbre. A cuántos hombres y a qué hombres, víctimas de crueles derechos, de leyes corruptas por el oro, del poder de las riquezas, este gran monarca, por amor hacia el autor de sus días, arrancó del infortunio y devolvió el honor de gozar de la libertad. Él mismo concede y confirma de su propia mano las cartas que aseguran a todos el apacible disfrute de su derechos. Cuando vuesto padre, alma de los combates, conquistó los reinos por la fuerza de sus armas y prestó sus asiduos afanes a la guerra, esta funesta opresión había ido creciendo sin cesar por todaspartes durante un gran número de años. Y vos, Luis, recién llegado al trono, habéis cortado de raíz este mal.

Cuántos criminales esfuerzos del diablo ha desbaratado este príncipe en toda la tierra. Cuántos donativos ha hecho a los adoradores de Cristo. Estas bondades el universo las celebra en cantos triunfales. En todas partes su gloria es conocida y el pueblo la hace pública mejor de lo que podría hacerlo el arte de los versos.

(Visita del Papa a Luis)


(Recibimiento y cena de bienvenida)

Este héroe, cuya ciencia llena el mundo con su siempre creciente brillo, ordena, arma y alimenta el imperio confiado a sus manos. Por aquella época (13), invitó a abandonar su palacio de Roma y a venir hasta él a ese padre de los cristianos al que nuestro feliz siglo ha dado el nombre de Esteban. El santo pontífice obedeció por amor, se pliega a las temibles órdenes con placer y se apresura a visitar el reino de los francos. Desde la villa de Reims, donde con antelación había determinado que los grandes se reunieran, el emperador, lleno de un santa alegría, ve acercarse al vicario de Jesucristo. Los representantes corren en masa desde todas partes ante él por orden de César y llevan sus más tiernos votos al ministro del Señor. Pronto un mensajero anunca que el pontífice romano ya llega y acelera su marcha. Entonces Luis dispone, arregla, prepara y él mismo coloca a los clérigos, al pueblo y a los grandes; él mismo regula qué personas estarán a su derecha o a su izquierda y quién debe precederlo o seguirlo. Una multitud de clérigos camina por la derecha en una larga fila y piadosamente contempla a su jefe mientras canta salmos; al otro lado avanza la elite de los grandes y los primeros del Estado; el pueblo sigue a la última fila y cierra el cortejo. En medio, César replandece con el oro y las piedras, destaca por su ropaje, aunque brilla más aún por su piedad. El monarca y el pontífice vienen en direcciones contrarias, el frente al otro. Éste es poderoso por su dignidad; aquél es fuerte por su bondad. Apenas se han mirado, cuando ambos se abrazan piadosamente. Sin embargo, el sabio rey dobla su rodilla y se inclina tres o cuatro veces a los pies del pontífice en honor de Dios y san Pedro. Esteban recibe al monarca con humildad y lo levanta con sus sagradas manos. Entonces, el emperador y el pontífice se besan recíprocamente en los ojos, la boca, la cabeza, el pecho y el cuello. También entonces Esteban y Luis se cogieron de la mano y, los dedos entrelazados, se dirigieron hacia los resplandecientes edificios de Reims. Entran primero en la basílica, dirigen sus oraciones al Señor de la tormenta y le expresan en los cantos religiosos sus acciones de gracia y sus homenajes. Poco después los dos se encaminan al palacio, donde les espera un magnífico festín. Toman asiento y los servidores derraman agua en sus manos. Los dos hacen honor a una comida digna de ellos, saborean los dones de Baco y sus bocas intercambian estos piadosos discursos:

- Santo Pontífice, dice César, pastor del romano rebaño, vos que, por sucesión apostólica, alimentáis con la divina palabra a las ovejas de san Pedro, qué motivo os ha podido determinar a venir al país de los francos? Responded, os lo suplico.

(Discurso del Papa)

El dulce obispo replica con toda la calma de su alma y acariciando siempre al rey con su mirada:

- La causa que en otra ocasión hizo a una reina del Mediodía afrontar, por el solo deseo de ver a un sabio, los peligros de un viaje a través de diferentes pueblos, las nieves y los mares, es la misma que me ha conducido, César, a los estados de un príncipe que me ofrece festines dignos de la magnificencia de Salomón. Desde hace tiempo, ilustre monarca, sé de los paternales socorros que prodigáis al pueblo de Dios, que el esplendor de vuestras doctrinas deslumbran al mundo y cuánto sobrepasáis a vuestros mayores por vuestras luces y vuestra fe. Desde entonces, ningún obstáculo ha sido lo bastante grande como para vencer mi firme voluntad de venir a admirar con mis propios ojos vuestros actos; ningún discurso ha podido decirme sobe vos todo lo que ven mis propios ojos, testimonios de vuestra bondad. No sabría repetir las palabras que aquella gran reina dijo a Salomón cuando vio al rey, sus sirvientes, la riqueza de sus vestidos, sus escanciadores y sus diferentes palacios. Felices los servidores y los esclavos que os rodean y pueden contemplar sin cesar vuestras ilustres acciones. Feliz mil veces el pueblo cuyo oído puede recibir vuestras instrucciones. Felices los reinos que están bajo vuestras leyes. Que todo vuestro amor honre constantemente al Altísimo, cuya paternal bondad os ha dispensado tanta sabiduría, y quien, dueño de decidir a quien le place como sucesor al trono de sus antecesores, ha querido tanto a su pueblo como para designaros a vos. Esto es lo que la reina de Saba dijera al poderoso Salomón, y es lo que yo, humilde mortal, oso deciros. Y, sin embargo, sois más grande y más poderoso. Salomón sólo conoció la sombra de la verdad, mientras que vos con vuestro culto honráis la verdad misma. Sin duda fue sapientísimo, pero se dio en exceso a las dulzuras del amor. Tan sabio como él, no vivís más que para el casto amor del Señor. Él sólo reinó sobre el pequeño pueblo de Israel y vos, piadoso monarca, extendéis vuestro imperio sobre todos los reinos de Europa. Elevemos todos a Dios nuestras fervientes plegarias para que os conserve muchos años.

Este discurso y muchos otros fueron los que el Santo Padre dirigió al ilustre rey, y que César, a su vez, dedicó al Pontífice. Las copas circularon en abundancia, Baco conmovió los corazones, dispuestos por completo a desahogarse, y el pueblo lanzó unánimes gritos de alegría. Terminada la comida, César y Esteban se levantan, abandonan la mesa y se retiran al interior del palacio. Esa noche los dos la pasaron con cuidados y meditaciones diversas. El sueño huyó de los ojos de los dos.

(Segundo día: discurso de Luis)

Apenas nacido el día, el emperador llama a su lado a Esteban, los grandes y quienes forman su consejo. Todos se apresuran para ponerse a las órdenes del rey. Luis, cubierto con sus ropajes imperiales, se sienta en un trono elevado, dando vueltas en su espíritu una multitud de pensamientos que se dispone a desarrollar. A su lado, sobre un trono de oro, recibe al pontífice y parece asociarlo a un monarca que le quiere. Los grandes se sientan según su rango. Entonces, el piadoso César toma la palabra el primero y dirige al Papa y a sus fieles servidores este admirable discurso:

- Escuchad grandes y vos, Santísimo Jefe de los sacerdotes. Dios Todopoderoso se ha dignado a permitir en su misericordia que yo heredase los estados y el alto rango de mi padre. No ha sido, lo sé, por mis méritos, sino por los del autor de mis días, que Cristo, lleno de bondad, me haya permitido disfrutar de tantos honores. Os suplico, por lo tanto, a vosotros mis fieles y a vos, ilustre pontífice, que me prestéis, como es justo, el socorro de vuestros consejos. Que este socorro, servidores que veláis conmigo por la conservación de este imperio y vos, feliz prelado, sea tal que el clérigo y el hombre de más ínfima condición, tanto el pobre como el más rico, puedan, a la sombra de mi cetro, disfrutar de los derechos tansmitidos por sus padres; que la santa regla dada por los Padres de la Iglesia fuerce al clérigo a no apartarse del buen camino; que las venerables leyes de nuestras Escrituras mantengan al pueblo en una dulce unión y que el orden de los monjes, fiel a los preceptos de Benito, florezca cada día más y se haga digno, por sus costumbres y la puereza de su vida, de participar en los festines de los santos; que el rico cumpla la ley, que el pobre le sea sumiso y que no sea hecha según qué persona; que las malas obras dejen de prevalecer y de ser redimidas por el oro y que los corruptores sean enviados lejos. Si tú y yo, bienamado pastor, gobernamos con justicia el rico rebaño que el Señor ha confiado a nuestros cuidados, si castigamos a los malvados, premiamos a los buenos y hacemos que los pueblos sigan las leyes de nuestos padres, entonces la misericordia del Altísimo nos concederá, tanto a nosotros como al pueblo, que nos imitará, disfrutar del felicísimo reino de los cielos y, en esta tierra, nos conservará los honores y dispersará a nuestros crueles enemigos. Seamos el ejemplo de los clérigos y los guías de los hombres, incluso de los de más baja condición, y que cada uno de los dos poderes supremos enseñe a los suyos la justicia. Israel, el pueblo elegido por Dios en su amor, a quien el Señor abrió un camino seco entre las olas del mar, para quien durante tantos años hizo llover en el desierto el alimenticio maná y brotar agua de la ablandada roca y del que Él mismo fue la armadura, la espada, el escudo y el guía y que le hizo entrar triunfante en la tierra prometida, este pueblo, que conservó los preceptos que Dios le había dado, que respetó la justicia, mostró sabiduría, querido por el piadoso amor del mismo Dios, siguió sus sagradas órdenes y rechazó a los dioses extranjeros, que, vive el Señor, por su divino poder abatió ante él a las naciones enemigas, le concedió prosperidad y mantenerse lejos de la advesidad. Su felicidad habría sido eterna si hubiera permanecido fiel a los mandamientos de Dios. Habría reinado triunfante durante toda la eternidad. Pero desde que una vez se dejó arrastrar por la imprudente sed de riquezas, abandonó los caminos de la justicia y de la honestidad, desertó del verdadero Dios y pronto adoró vanos ídolos. Entonces sufrió justamente tantos males como le afligieron. Pero el Padre del mundo que habita en los cielos, viendo sobre su pueblo plagas y diversas calamidades, lo corrigió, lo instruyó y le devolvió sus antiguos derechos. Tan pronto como Israel, castigado por las desgrcias, manifestó la volunta de acordarse del Señor, el compasivo distribuidor de todos los bienes, recibió en gracia a su pueblo. Esta única nación conoció al verdadero Dios, lo adoró y obedeció con más frecuencia las órdenes del Altísimo. El resto de la muchedumbre de los hombres seguía los mandatos de Satán, ignoraba a su creador y no prestaba oídos más que a las inspiraciones del demonio. ¡Oh dolor! El espíritu de las tinieblas reinaba sobre tres cuartas partes del universo y tenía al género humano bajo su cetro. Sacerdotes, reyes, todos desatendían las solemnes leyes del Señor y sus santos sacrificios. Entonces nuestro misericordioso creador se afligió por nosotros y envió a la tierra el Verbo de salvación, cuya piadosa bondad debía alejarnos del abismo. Conmovido por nuestras desgracias, el hijo de Dios lavó con su propia sangre los pecados del mundo, le dio admirables preceptos, rompió por su omnipotente divinidad las puertas del infierno, salvó a sus elegidos y combatió a los demonios. Enseguida, elevándose a las regiones superiores del aire, subió victorioso hasta lo más alto de los cielos y nos confirma en la felicidad de llevar el título de adoradores de Cristo. Quienquiera gozar con el nombre de cristiano debe, pues, esforzarse en seguir el camino por el cual su maestro subió al cielo. Lo sé: gracias a la bondad de Dios, los cristianos llenan hoy el mundo y por todas partes reina la fe de la Iglesia. Ahora el nombre de Cristo resuena en todo el universo, y no hace mucho que los servidores de Dios corrían a la muerte para dar testimonio de su nombre. La turba de los infieles que rechazó los preceptos del Señor fue dispersada por la lanza cristiana. Los padres de la Iglesia y nuestros ancestros, víctimas entonces de una muerte cruel, brillan ahora en la corte del Altísimo. Pero si ya no tenemos que imitarlos en la muerte, esforcémonos al menos en merecer, por la pureza del corazón, la justicia y la fe, compatir su triunfo; que, siguiendo el precepto de Juan, cada uno ame al hermano que está bajo sus ojos y sea, así, digno de ver en espíritu a Cristo, quien dijo a Pedro: "Simón, ¿me quieres?" Pedro le respondió tres veces: "Señor, tú sabes cuánto te amo." "Sí, respondió Cristo, en efecto me amas, Pedro. Te lo ordeno: conduce mi rebaño con amor." Pontífice, somos nosotros los que debemos velar por este pueblo sumiso, cuya guía nos ha encomendado el Señor. Somos nosotros, tú, el Santo Padre, y yo, el rey de los servidores de Cristo. Trabajemos por su salvación con el socorro de la ley, la fe y las santas instrucciones.

A continuación, César añadió estas pocas palabras, que fueron recogidas por el oído del Santo Pontífice:

- Vos que regís el dominio de Pedro y habéis sido elegido para guiar su rebaño, decid si gozáis plenamente de todos vuestros derechos. Si no fuera así, os suplico que habléis libremente sobre cualquier aspecto. Lo que demandéis lo haré gustosamente. Los míos han sido siempre los apoyos de la dignidad de Pedro y, en mi amor por Dios, ilustre prelado, sabré también protegerla.

Entonces el monarca llama a Hélisachar, su sirviente bienamado, y le da estas piadosas órdenes:

- Escucha y haz dos cartas en las que escribirás lo que te voy a decir para que perviva, porque es mi voluntad firme y fija para siempre. Queremos que en todos los reinos que, por la gracia de Dios, están bajo nuestro cetro y en toda la extensión del imperio, los derechos de la Iglesia de Pedro y de su sede, que nunca debe perecer, conserven toda su fuerza y que nadie se atreva a atentar contra ellos. Esta Iglesia, tan grande gracias al celo de sus pastores, ha tenido, desde sus comienzos, el rango más alto en la cristiandad y deseamos que siga ocupándolo. Los honores de Pedro fueron acrecentados durante el reinado de nuestro padre Carlos, que aumenten aún más en el nuestro. Pero, Pontífice, que así sea, lo repetimos, a condición de que quien se siente en el trono de Pedro se mantenga fiel a la ley de la justicia. Éste es el motivo, santo prelado, por el que os pedimos que vinierais junto a nos. Ahora os corresponde a vos, feliz obispo, asistirnos poderosamente en esta tarea.

(Discurso del Papa)

Entonces el pontífice elevó los ojos y las manos al cielo rezó y dirigió a Dios estas emoconantes palabras:

- Dios que truenas en lo alto de los cielos y has creado todos los imperios, Jesucristo, su hijo, y tú, Espíritu Santo, tú, Pedro, ilustre depositario de las llaves del cielo, que envuelves en tus redes a los fieles y los conduces a los cielos y vosotros, sus habitantes, cuyas santas reliquias conserva Roma y a los que rinde, con un celo continuo, piadosos deberes, os lo suplico: conservad durante muchos años a este monarca por la felicidad de su pueblo, la gloria de sus estados y la Iglesia. Sobrepuja a sus ancestros en sabiduría, valor y fe; vela al mismo tiempo por las necesidades de la Iglesia y de su imperio; colma de honores la sede de San Pedro y se muestra como padre y pontífice y alimentador y defensor de los suyos.

Apenas acabado, feliz por los honores y los dones hechos a San Pedro, se precipita en los brazos del emperador y le prodiga tiernos abrazos.









(Coronación de Luis con la diadema de Constantino)

Con un signo, el piadoso pontífice ordena silencio a todos, retoma la palabra y de su sagrada boca hace oír estas palabras llenas de bondad:

- César, Roma te envía los presentes de San Pedro. Son dignos de ti como tú lo eres de ellos. Es un honor que te es debido.

Ordena entonces taer la corona de oro y de piedras preciosas que en otro tiempo ciñó la frente del emperador Constantino. La tomó en sus manos, pronunció sobre ella las palabras de bendición y rezó elevando hacia el cielo sus ojos y la diadema:

- Oh tú que tienes el cetro de la tierra y gobiernas este mundo, tú que has querido que Roma fuera la reina del Universo. Cristo, te lo suplico: escucha mi voz y presta un oído favorable a mis plegarias. Santo rey de reyes, oye mis súplicas. Que Andrés, Pedro, Pablo, Juan y María, la ilustre madre de un Dios de bondad, las secunden. Conserva muchos años a Luis, este sabio emperador. Que todas las miserias de la vida huyan lejos de él, que todo le sea próspero. Aparta el infortunio de sus pasos, que sea feliz y poderosos durante mucho tiempo.

Esto dijo. Se volvió hacia el emperador, le impuso sus sagradas manos sobre la cabeza y añadió:

- Que el Altísimo, que fecundó la estirpe de Abrahán, te conceda ver niños que te llamen con el dulce nombre de abuelo, que te dé una larga sucesión de descendientes, que te doble y triplique el número para que de tu sangre surjan ilustres vástagos que reinen sobre los francos y sobre la poderosa Roma tanto tiempo como subsista el nombre de cristiano en el universo.

Entonces el pontífice extendió sobre César el santo óleo, cantó himnos adaptados a la circunstancia y colocó sobre la cabeza de Luis la brillante diadema, mientras decía:

- Pedro se gloria, príncipe caritativo, de hacerte este presente porque tú le aseguras el disfrute de sus justos derechos.

El santo obispo ve entonces a la emperatriz  Ermengarda, esposa y compañera de Luis. La levanta, la toma de la mano, la mira un buen rato, pone también la corona sobre su augusta cabeza y la bendice en estos términos:

- Mujer amada por Dios. Que el Señor te conceda vida y salud próspera durante muchos años y puedas ser siempre el honor de un esposo que te quiere.

Enseguida, el jefe de la Iglesia distribuyó con profusión numerosos regalos en oro y ropajes que trajo de la munificiencia de Roma. Los ofreció al emperador, a la emperatriz, a sus hijos, brillantes de belleza, y cada fiel servidor del monarca recibió uno a su turno y según su rango.

El sabio César pagó a Esteban un amplio tributo de reconocimiento y da la orden de colmarlo de los más ricos presentes. Entre ellos destacan dos brillantes copas de oro y piedras con las que el Santo Padre disfrute de los dones de Baco, vienen a continuación numerosos y magníficos caballos, habituales en el país de los francos. Allí hay miles de objetos de oro macizo; más allá se amontonan los vasos de plata, las telas del rojo más bello, los tejidos de blancura deslumbrante. ¿Qué más podría decir? El romano recibe dones que sobrepasan en cien veces los que él mismo trajo de su ciudad; sin embargo, todos son sólo para el pontífice. En cuanto a sus servidores, la piadosa generosidad de César les dispensa larguezas según su rango: abrigos de colores, ropas de la talla de cada uno y cortados según el perfecto modo franco, caballos de diversos pelajes que, elevando orgullosamente la cabeza, no se dejan montar más que con dificultad.

(Partida del Papa)

El prelado y los suyos, cargados con los presentes que se les han prodigado, se preparan seguidamente, con el permiso de César, a tomar el camino de Roma. Entonces los representantes, todos personajes distinguidos, reciben la orden de acompañar al Santo Padre para hacerle los honores y llevaro hasta sus estados.

El piadoso emperador, no menos satisfecho, vuelve con su esposa y sus hijos al palacio de Compiègne. Entonces la muerte se llevó al fiel Bigon. El monarca acepta con pena la marcha de un servidor que no se ha separado de su querido señor sino con gran tristeza. Por amor al padre, César reparte entre los hijos los bienes y los honores que poseía Bigon.





















(Reformas que Luis desea realizar)


Sin embargo, pronto se extiende por todo el universo la noticia de que el religioso monarca quiere reformar todos los abusos bajo los que sus estados gimen afligidos. Luis ordena, en efecto, que la elite de los clérigos y de los probados fieles, cuyas vidas le son bien conocidas y merecen su augusto apoyo, vayan a las villas, a los monasterios y a los castillos a cumplir todas las bienhechoras voluntades que les dictó este buen señor.
















(Instrucciones para realizar un memorádum sobre la vida del clero)

- Devotos servidores, les dice, que podéis gloriaros de haber sido elevados por nos y que habéis asimilado las excelentes enseñanzas de Carlos, nuestro padre, mostraos atentos a nuestras órdenes y grabaos religiosamente nuestras palabras en los corazones. Debéis cumplir una tarea difícil, es verdad, pero que creo útil y digna de celosos sevidores de Cristo. Gracias a la bondad del Todopoderoso y a los felices trabajos de nuestros mayores, las fronteras de nuestro imperio no tienen ahora ninguna afrenta que temer, la fama del valor de los francos ha rechazado lejos de nosotros a nuestros feroces enemigos y disfrutamos con alegría los placeres de una dulce paz. Porque no tenemos que sostener guerras, creemos que es el momento favorable para dar a nuestros súbditos leyes dictadas por una sabia equidad. Queremos, ante todo, devolver a la Iglesia el lustre y la riqueza que elevaron hasta el cielo el nombre de nuestros augustos ancestros y (es un deseo arraigado en nuestro espíritu) pronto enviaremos por todo el universo delegados que gobernarán los pueblos según las reglas de la piedad. En cuanto a vosotros, partid sin perder un instante, redactad sobre todo exactos informes y recorred escrupolosamente todas las regiones de nuestro imperio. Escrutad con severidad las costumbres de nuestros canónigos, las de los religiosos y de las religiosas que llenan los santos monasterios; investigad qué vida llevan, su respeto por la decencia, sus doctrinas, sus conductas, su piedad y su celo hacia los deberes de la religión. Informaos si en todas partes reina la armonía entre el rebaño y el pastor, si los corderos lo aman y si él quiere a sus ovejas. Sabed si los prelados cumplen su función exactamente y en lugares apropiados, los emplazamientos, las habitaciones, la bebida, la vestimenta y la alimentación de los curas, quiénes no pueden desempeñar como deben las funciones de su santo ministerio si estos socorros no están asegurados con un religioso cuidado por sus obispos. Pero, al mismo tiempo, examinad cuáles son los recursos de cada iglesia, si sus tierras son buenas o poco fértiles. Todo lo que descubráis confiadlo fielmente en vuestra memoria, instruidnos sobre todo y decidnos qué ministros del Señor viven en la abundancia, la mediocridad o en la pobreza y a cuáles les falta de todo, lo que no deseamos que ocurra. Mirad también quiénes se muestran fieles a las antiguas reglas trazadas por los Santos Padres. Os indicamos sumariamente de qué debéis ocuparos. Os corresponde a vosotros completar y ampliar vuestras informaciones.

César ordenó a continuación hacer venir ante él, para recibir sus instrucciones, los delegados escogidos de entre los monjes. Los envía a visitar los santos monasterios y les invita a que se aseguren si en todos se lleva una vida piadosa (14).

(San Benito)

En aquel tiempo vivía un hombre santo llamado Benito (15), muy digno de tal nombre, y que, por su ejemplo, había encaminado a un gran número de personas hacia el cielo. Fue conocido por el rey en los campos de Gotia y hay poco que decir de la vida que levaba entonces. Cuando fue propuesto como pastor y abad del rebaño de Aniane, se mostró con sus ovejas como un dulce guía. El corazón del piadoso monarca ardía en un feviente deseo de ver el orden monástico y su forma de vida extenderse cada vez más. Benito secundaba este afán y él mismo fue la regla, el ejemplo y el maestro al cual los monasterios deben hoy ser agradables al Señor. En las piadosas costumbres de Benito reinaba una admirable benevolencia; y era verdaderamente santo en la medida en que se puede juzgar así a un simple mortal. Dulce, amado por todos, afectuoso, tanquilo, modesto, siempre llevaba la regla religiosa grabada en su corazón sagrado. Era útil no sólo a los monjes, sino a todos y, en todos los asuntos, se mostraba como un padre. Tantas virtudes lo habían hecho querido por el piadoso emperador. También con él este príncipe intentó mejorar el reino de los francos: distribuyó los discípulos de este santo varón por todos los monasterios para servir de modelos y guías a los religiosos, reformar lo que pudiera corregirse y transmitirle por escrito en fieles informes los vicios que no pudieran desarraigar.

Sin embargo, el piadoso rey y el santo padre Benito tenían en sus espíritus proyectos agradables a Dios. Pronto el emperador, llevado por su celo religioso, tomando la iniciativa, dirigió a Benito estas palabras, llenas de su habitual bondad:

- Sabes, no lo dudo, querido Benito, cuál es mi benevolencia hacia tu orden desde el primer momento que la conocí. También desearía, en mi sincero amor hacia Dios, fundar no lejos de mi palacio un templo servido por tres religiosos y que verdaderamente sea mío. Tres motivos han hecho nacer este deseo en mi corazón y te los voy a mostrar. Ves con qué pesado fardo la vastedad del imperio sobrecarga mi espíritu; la imensidad de los asuntos hace que la tarea sea realmente dura. En este monasterio podría disfrutar al menos de algún reposo y ofrecer al Señor en este secreto asilo plegarias que nada turbarían y que le serían más agradables. La segunda razón es que consideras que tu estancia en mi palacio va contra tus votos y piensas que no es conveniente a un religioso intervenir en los asuntos civiles ni desempeñar tareas cortesanas. Una vez fundado este monasterio, podrías supervisar los trabajos de tus hermanos y consagrar tus piadosos cuidados a los huéspedes que visitaran el santo lugar; después, repuesto por el retiro, volver a mi palacio y ser, como siempre, el protector de los religiosos.  El gran provecho que para mis súbditos y para mí será un establecimiento como éste cerca de Aix-la-Chapelle, es el tercer motivo. Si la muerte viniera pronto a destruir la parte terrestre de mi ser, mis restos podrían ser confiados a la tumba en este monasterio. Allí también, quienes renunciaran a la vida del siglo, tomarían la de servidores de Cristo y cualquiera que lo desara, allí encontraría salvadoras instrucciones.

Apenas el santo religioso escuchó estas palabras, se arrojó a los pies del monarca que lo honraba con su amistad, alabó al Señor, celebró la piadosa fe de César y le respondió:

- Siempre, magnánimo emperador, sospeché este deseo de tu alma. Quiera Dios, dispensador de todo bien, confirmarte en este sabio proyecto.

Este monasterio, construído por Luis y Benito, fue llamado Inde y toma su nombre del río que fluye ante sus puertas. Tres millas lo separan del palacio imperial construído en la villa de Aix-la-Chapelle, cuya fama ha llevado su nombre muy lejos. El enclave en el que se levanta este monasterio fue en otro tiempo un asilo de ciervos de largos cuernos, búfalos y corzos. Pero el activo Luis cazó pronto los animales salvajes, construyó, con el socorro del arte, un monumento agradable al Señor, cuyos fundamentos puso él mismo con rapidez, colmó de inmensas riquezas y donde hoy, san Benito, se ve florecer tu piadosa regla. Benito es, en efecto, el superior de esta casa, pero Luis es, al mismo tiempo, el emperador y el verdadero abad. Con frecuencia la visita, inspecciona el santo rebaño, regula los gastos y le prodiga sus larguezas.

Musa, que tu voz se contenga. Este segundo canto arde por reunirse con su mayor, y tú misma debes alegrarte por la narración que termina.


Canto tercero


(Intoducción)


Ayudada por la protección del Omnipotente, la gloria de las armas de César crece constantemente. Todas las naciones gozan de los dulzores de una paz garantizada por la fe, y los cuidados del gran Luis llevan el nombre de los francos más allá de los mares y lo elevan hasta los cielos. Sin embargo César, fiel a las antiguas costumbres, ordena a los principales gobernadores de las fronteras de sus estados y a la elite de los jefes que se reúnan en torno a él (16). Todos, obligados por la obediencia, acuden y hacen oír sus discursos, convenientes a su alta dignidad.
















(Historia de la llegada de los bretones Francia)


Entre ellos destaca el noble Lamberto (17), descendiente de la estirpe de los francos. Llevado por su celo, llega rápidamente desde la provincia que gobierna. A él le ha sido confiada la guarda de aquellas fronteras que, en otro tiempo, una nación enemiga, hendiendo la mar en frágiles esquifes, invadía  por la astucia. Este pueblo, venido de los extremos del universo, era los britones, que nosotros llamamos bretones en lengua franca. No teniendo tierras, batido por los vientos y la tempestad, usurpa los campos, pero ofrece pagar tributos a los galos, señores de aquella predios cuando apareció esta horda vomitada por las enemigas olas. Los bretones habían recibido los santos óleos del bautismo. Esto fue suficiente para permitirles que se extendieran por el país y que cultivaran en paz las tierras en las que se habían establecido. Apenas han obtenido el disfrute de los dulzores del reposo, cuando encienden horribles guerras, se disponen a llenar los campos de nuevos soldados, muestran a sus huéspedes la lanza ensangrentada por todo tributo, les ofrecen el combate como don de reconocimiento y les pagan su bondad con una insultante altivez.

El Franco entonces hace volver sus armas triunfantes contra los reinos cuya sumisión le parecía entrañar una lucha más penosa: la conquista de este terrtorio fue aplazada durante tan gran número de años, que los bretones, multiplicándose cada día más, pronto cubrieron todo el país. Más aún, llenos de orgullo no se contentaron con el suelo que mendigaron como asilo, sino que llevaron la devastación hasta los estados francos. Desgraciada y vieja nación, porque estás acostumbrada a miserables combates, te vanaglorias de vencer al impetuoso franco.

(Costumbre de los bretones)


César, sin embargo, atento a imitar los ejemplos de sus mayores, interroga a Lamberto, le invita a hacerle un exacto informe de todo:

- ¿Qué culto rinde esta nación al Señor? ¿Qué fe profesa? ¿Qué honores disfrutan en ella las iglesias del verdadero Dios? ¿Qué pasiones animan a este pueblo? ¿Ama la justicia y la paz? ¿Respeta la monarquía? ¿Merece nuestra bondad? ¿Han sufrido nuestras fronteras algún menoscabo por su parte? Ilustre franco, dijo Luis, te ruego que satisfagas por completo todas estas cuestiones.

Lamberto se inclinó, abrazó las rodillas del emperador y respondió en los siguientes términos, según le dictaba su fiel corazón:

- Esta nación engañosa y soberbia se ha mostado hasta ahora rebelde y sin bondad. En su perfidia, el bretón no conserva de cristiano más que el nombre. Las obras, el culto, la fe no existen para ellos. Los huéfanos, las viudas, las iglesias nada esperan de su caridad. En este pueblo, el hermano y la hermana viven en una infame unión, el hermano se lleva la mujer de su hermano, todos practican el incesto y ninguno retrocede ante ningún crimen. Habitan en los bosques, no conocen más retiro que las cavernas y ponen su felicidad en vivir de la rapiña, como las feroces bestias. La justicia no es entre ellos objeto de culto y han rechazado cualquier idea de lo justo y lo injusto. Murman es su rey, si se puede llamar rey a quien cuya voluntad nada decide. Frecuentemente han osado llegar hasta nuestras fronteras, pero nunca han vuelto a las suyas sin ser castigados por esta temeridad.

Así habló Lamberto.

(Embajada de Witchaire ante Murman, rey de los bretones)


El pacífico y piadoso César, célebre por todo tipo de méritos le respondió:

- La narración, Lamberto, con la que acabas de herir nuestros oídos nos ha sido penosa de escuchar y nos parece increíble. ¡Cómo! ¡Que una nación nómada disfrute de las tierras de nuestro imperio sin pagar ningún tributo y sea tan orgullosa como para fatigar a nuestros pueblos con guerras injustas! A menos que el mar que trajo a esos hombres les ofrezca un refugio, es necesario castigar su crimen por las armas. El honor y la justicia lo ordenan. Pero ante todo, que un emisario vaya en nuestro nombre ante su rey y le lleve nuestras propias palabras. Ese rey ha recibido las santas aguas del bautismo y eso es suficiente para que nos creamos en el deber de advertirle por ese trámite de la suerte que le amenaza.

El emperador llama entonces a Witchaire, hombre probo, hábil y de una probada sabiduría, que el azar había llevado hasta la asamblea.

- Corre, Witchaire, dijo Luis, lleva al tirano de ese pueblo nuestras órdenes soberanas. Respétalas en los términos en que te las decimos y confiamos. Hazle ver que el efecto seguirá a la amenaza. Él y los suyos cultivan en nuestro imperio de vastas tierras, donde las aguas los arrojó como a miserables exiliados condenados a una vida errante. Sin embargo, nos niegan un tributo justo, quieren combatir, insultan a los francos y mueven contra ellos sus armas. Desde que, por la bondad de Dios y por la demanda de toda la nación, subimos al trono de nuestro padre y ceñimos la corona imperial, hemos soportado la conducta de este rey, esperando siempre que se mostrara fiel y viniera él mismo a solicitarnos nuestras leyes. Pero tras tanto tiempo, ese espíritu pérfido duda en cumplir con su deber y, para colmo, he aquí que toma las armas y provoca guerras criminales. Ya es hora, ya es más que hora, de que ese desgraciado cese de abusar. Él y los suyos. Que se dé prisa en venir humildemente a pedir la paz a los francos. Si se negara, vuela y vuelve para hacernos un informe fiel y detallado.

Así habló el piadoso César.

Witchaire se lanzó sobre su caballo y corrió a ejecutar las sapientísimas órdenes de su señor. Ni ese rey de los bretones ni el lugar donde ha fijado su residencia les son desconocidos: cerca de sus fronteras el propio Witchaire posee una abadía y unas riquezas verdaderamente reales obtenidas por la generosidad del emperador. No lejos hay un sitio rodeado por un lado de bosques, por otro con un río tranquilo, y que defienden unos setos, un barranco y un gran pantano. En medio hay una vivienda. De todas partes los bretones acudían armados y quizás entonces estuviera lleno de soldados. Murman prefiere ese enclave a cualquier otro, y allí encontraba todo lo que pudiera garantizarle un reposo tranquilo. Secundado por la fortuna, el ágil Witchaire llegó allí rápidamente y pidió ser admitido para hablar con el rey.

Murman, nada más oír que un mensajero del poderoso Luis ha llegado, abandona su audacia; sin embargo, quiere conocer la causa de algo tan extraordinario. Todos sus gestos fingen esperanza, disimula su terror, afecta alegría, ordena a los que le acompañan que se muestren alegres y, por fin, permite que pase Witchaire.

- Salud, Murman, dijo. Te traigo también el saludo del piadoso y pacífico, pero valiente, César.

Murman lo recibe bien, lo abraza según la costumbre y le responde en el mismo tono:

- Salud también a ti, Witchaire. Ojalá que el pacífico Augusto pueda disfrutar constantemente de salud y de vida y gobernar su imperio durante muchos años.

Los dos se sientan y elogian lo que les rodea. Comienza entonces entre ellos un importante encuentro. Witchaire toma la palabra el primero para manifestar el objeto de su misión y Murman lo escucha, pero la sinceridad no dirige ni su oído ni su corazón.

- El emperador Luis, dice Witchaire, que al universo proclama la gloria de los francos, el honor del nombre cristiano, sin igual en el amor a la paz y en la fe a su palabra, sin rival tampoco en la guerra, el primero de los príncipes por su ciencia y su piedad, me envía a ti, Murman. Tú y los tuyos cultiváis en su imperio de vastas tierras donde la mar os arrojó como a miserable exiliados condenados a una vida errante. Sin embargo, le niegas un tributo, quieres combatir, insultas a los francos y mueves contra ellos tus armas. Ya es hora, ya es más que hora, infeliz, de que ceses de abusar, tú y los tuyos. Por lo tanto, apresúrate a demandar la paz. Te he repetido las propias palabras de César. Añadiré algunas, Murman, pero que proceden de mí solo y que son dictadas por mi apego por ti. Si ejecutas sin tardanza y sin que nada contraríe las órdenes de mi príncipe, como él mismo te invita en su bondad, si deseas conservar con los francos una paz eterna, como lo reclaman y lo mandan tu propio interés y el de los tuyos, parte ahora mismo, corre a recibir las leyes del piadoso monarca y llévale los tributos que tú debes a él sólo y sobre los cuales no tienes ningún derecho. Piensa, te lo pido, en tu patria, en todo tu pueblo, piensa en tus hijos y en la mujer que comparte tu cama, piensa sobe todo que tu nación y tú cometéis el error de adorar vanos ídolos, de violar los santos mandamientos, de seguir los caminos del demonio. Puede que el piadoso rey te reintegre a tus campos, que entonces serán de tu propiedad, puede que te colme de dones más considrables aún. Supongo que serás más poderoso de lo que eres, que tu imperio se extenderá sobre tierras más vastas, que tendrás un mayor número de soldados y un ejército mejor equipado. También quiero que todas las naciones y todos los pueblos acudan en tu socorro, como en otro tiempo hicieron por Turno los rútulos, el ágil Camilo, las cohortes de la antigua Italia y todos los latinos, aunque no pudieran vencer a Eneas. Quiero que seas para ti el Pirro de la Odisea o el temible Aquiles o Pompeyo a la cabeza del ejército con el cual combatió contra su suegro. Sin embargo, de niguna manera te será permitido combatir contra los fancos, quienes te han recibido en sus campos y te lo consienten por bondad. Por otra parte, quien una vez los ha atacado, degracia para él y para toda su raza. El franco no tiene igual en coraje; es su amor por el Señor el que le hace vencer, es su fe la que le asegura el triunfo. Ama la paz y sólo toma las armas a su pesar. Por el contrario, quien busca la fiel amistad del franco y la protección de sus armas, vive feliz en la tranquilidad y la alegría. Vamos, pues. Basta de inútiles retrasos. No permitas que consejos enemigos te engañen y te precipiten en mil diferentes desgracias.

Murman, atento, tenía su frente y sus ojos fijos en la tierra, que golpeaba con su pie. Ya Witchaire con su hábil discurso y sus amenazas insinuadas con arte, había ablandado al bretón que dudaba aún en sus proyectos. De golpe, la mujer de Murman, pérfida y de corazón emponzoñado, sale de la alcoba nupcial y viene con aire soberbio a solicitar los acostumbrados saludos de su esposo. Le besa la rodilla, la barba, el cuello y presiona con sus labios el rostro y sus manos. Va, viene, revolotea en torno a él, le prodiga -mujer hábil- las más irritantes caricias, se esfuerza con una insidiosa solicitud en proporcionarle mil pequeños y tiernos mimos. Por fin, el infortunado la acoge en su regazo, la aprieta entre sus brazos, cede a sus deseos y se abandona a sus dulces caricias. Entonces la malvada se engancha a su oreja, le habla en voz baja durante un rato y pronto lleva la turbación a los sentidos y al espíritu de su esposo. Como cuando en mitad de los bosques y en la estación de la escarcha un grupo de pastores procuran encender un fuego con la madera cortada por el hacha, que uno lleva los trozos más apropiados para prender, otro arroja paja en medio del combustible más seco, el tercero anima el fuego con su soplo y pronto chisporrotea, se enciende, suben las llamas hasta los astros; los miembros helados del pastor se calientan; pero de repente ruge la tormenta, el granizo, la lluvia, la nieve caen con estrépito y todo el bosque resuena con los estampidos del rayo: el fuego sucumbe bajo los torrentes de agua y la hoguera sólo proporciona, en lugar de calor, una espesa humareda. Así, esta mujer, que lleva la desgracia con ella, ahoga en el corazón de su esposo el efecto de las palabras de Witchaire.

Mirando con una cólera despectiva al mensajero y con ativez, dirigió a Murman esta pérfida pegunta:

- Rey y honor de la poderosa nación de los bretones, tú cuyo brazo ha elevado hasta los cielos el nombre de tus antepasados, ¿de dónde viene este huéped? ¿cómo ha llegado hasta tu palacio? ¿trae palabras de paz o de guerra?

Murman, sonriendo, le respondió en estos términos ambiguos:

- Este emisario viene de parte de los francos. Que traiga la paz o la guerra es asunto de hombres. En cuanto a ti, mujer, no pienses más que en cumplir, como debes, con los cuidados que pertenecen a tu sexo.

Witchaire, nada más escuchar este diálogo, tomó a su vez la palabra:

- Murman, dijo, dame la respuesta que quieres que lleve a mi rey. Ya es hora de que vuelva para rendirle cuentas de la ejecución de sus órdenes.

- Deja, repuso Murman, por cuyo corazón rodaban mil tristes e inquietantes pensamientos, deja que me tome la noche para consultarlo conmigo mismo.

Tendidos sobre la tierra, los agricultores ya habían disfrutado los dulzores del sueño, ya los caballos del Sol llevaban la Aurora a la cima de la bóveda cerúlea. El abad Witchaire corre, desde el despuntar del día, se presenta ante la puerta de Murman y pide su respuesta. El desgraciado aparece. Está repleto de vino y sueño. Sus ojos apenas pueden abrirse. Sus labios, entorpecidos por la ebriedad, se abren con dificultad para dejar escapar estas palabras entrecortadas por los humores de su estómago y por las que no podrá felicitarse jamás:

- Date prisa en llevar esta respuesta a tu rey: los campos que cultivo no son suyos y no espero recibir sus leyes. Que él gobierne a los francos. Murman manda legalmente a los bretones y rechaza cualquier tributo. Que los francos se atrevan a declarar la guerra, y sobre el campo, yo también lanzaré el grito de combate y les mostraré que mi brazo no es aún tan débil.

- Nuestros antepasados, replicó Witchaire, siempre han dicho, la fama lo publica, y yo tengo hoy la certidumbre, que el espíritu de tu nación se deja llevar por movimientos inconstantes y que su corazón abraza sin cesar las opciones más opuestas. Es suficiente una mujer para moldear el ánimo de un hombre como blanda cera y para sustituir por vanos propósitos  los consejos de la prudencia. El rey Salomón nos dice en sus sabios preceptos, que lee frecuentemente la Iglesia y que reverencia: "Apartad la madera del fuego y el fuego cesará; de la misma manera, apartad los necios discursos y las querellas desaparecerán". Pero puesto que rechazas atender mis consejos, no soy para ti más que un profeta de desgacias y te voy a anunciar duras verdades. Tan pronto como Francia oiga tu criminal respuesta, arderá con una justa cólera y se precipitará sobre tus estados. Miles de soldados te acosarán con sus armas, las jabalinas de los francos te cubrirán de heridas, prietas hordas de combatientes llenarán tus campos y te harán prisionero a ti y a tu pueblo en las tierras que habitáis; tendrás una muerte miserable; te echarán a una tierra húmeda y el triunfante vencedor se apoderará de tus armas. No te engañes: ni tus bosques ni el incierto suelo de tus pantanos ni esta residencia defendida por la foresta y las empalizadas te salvarán.

Murman, el corazón pleno de rabia, se levantó furioso del trono de los bretones y le respondió con altivez:

- Contra las desgracias con las que me amenazas, tengo miles de carros, y a su cabeza me lanzaré yo, hirviendo de furor, ante vuestros golpes. Vuestros escudos son blancos, pero yo les podré oponer otros muchos recubiertos de un sombrío color: la guerra no me inspira ningún temor.

Así se hablaron estos dos guerreros, animados por sentimientos diferentes.

(Los francos se reúnen para combatir a los bretones)


Witchaire parte con esta respuesta y corre a dar cuenta al pío monarca del culpable discurso de Murman. Rápidamente César recorre los estados de los francos y ordena tener preparadas las armas. A orillas de la mar, donde el Loira descarga con violencia sus aguas y se extiende a lo lejos sobre la líquida llanura, hay una villa que los antiguos galos llamaron Vannes. El pescado abunda y el suelo es para ella una fuente de riquezas. El cruel bretón la ataca frecuentemente en sus correrías y le lleva, según su costumbre, todas las plagas de la guerra. César manda a los francos y a todas las naciones sumisas a su imperio que se reúnan en esta ciudad para una asamblea general y, por su parte, él mismo acude.

Pronto están allí todos los pueblos conocidos bajo el antiguo nombre de francos: familiarizados con la guerra, tienen preparadas las armas y las llevan con ellos. Miles de suevos de rubia cabellera, agupados en centurias, vienen de más allá del Rin. Allí están las falanges sajonas, de grandes aljabas, y con ellas marchan las tropas de Turingia. Borgoña envía una juventud diversamente armada, que se mezcla con los guerreros francos y aumenta, así, su número. Decir los pueblos y las innumerables naciones de Europa que acudieron a aquel lugar es una labor que abandono: nombrarlos sería imposible.











(Recorrido de Luis hasta llegar a Vannes, punto de encuentro del ejército franco)

César atraviesa apaciblemente sus propios estados. Pronto este tan gran monarca llega hasta las murallas de París. En su marcha triunfante, santo mártir Denis, ha vuelto a ver tu monasterio, donde le esperan los dones que has preparado para él, poderoso abad Hilduino. Germain, este príncipe ha visitado seguidamente tu templo y el de Esteban. El tuyo también, Genoveva, lo ha recibido en su recinto. El piadoso emperador atraviesa a continuación los campos de Orleáns y llega al castillo de Vitry. Allí está Matfried (18), que has dispuesto para tu señor unas soberbias estancias y le ofreces unos presentes magníficos y dignos de que les complazca. Pronto, abandonando este lugar, llegan a la ciudad de Orleáns, donde solicita para sus armas la gracia y el socorro de la divina cruz. Entonces, santo obispo Jonás (19), acudes ante él celoso por rendirle los homenajes debidos a su rango. Ya, monasterio de Aignan, vuelve a ver tus muros, pero no se detiene más que para pedir algunas provisiones y tú, Durand (20), vienes y pones a los pies de César todo lo que tienes gracias a su generosidad. Luis marcha enseguida hacia Tours: quiere visitar los templos del ilustre Martín y del piadoso mártir Mauricio. Entonces, sin perder un momento, sabio Friedgies (21), el tiempo corre: feliz abad vas a gozar de la llegada de César. Ofrécele ricos presentes. El poderoso Martín suplica insistentemente al Señor que le conceda a este monarca un feliz viaje. El glorioso emperador llega a la ciudad de Angers y va, san Albino, a honrar tus preciosas reliquias. Allí Helisachar, su querido servidor, va a su encuentro con el corazón lleno de alegría y se muestra solícito de añadir sus dones a las inmensas riquezas de su señor. Seguidamente César llega a la ciudad de Nantes, visita todos sus templos y en todos ofrce a Dios sus humildes plegarias. Allí, Lamberto, vuelves a ver a este rey, cerca del cual suspirabas los deseos de tu corazón. Le colmas de magníficos presentes, le solicitas el honor de marchar contra los odiosos bretones y ruegas a César que descanse sobre el socorro de tu brazo.

Mi musa no sabría decir los nombres de la multitud de condes y grandes del reino de los que ni el número ni las riquezas podrían contarse. Finalmente, el ilustre emperador llega a Vannes. Fiel a la costumbre de sus mayores, dispone todo para marchar al combate y asigna a cada uno de sus caudillos el lugar que debe ocupar.

Murman, el soberbio rey de los bretones, trabja sin descanso en reunir, para sostener la guerra, la fuerza de las armas y los recursos de la astucia. César, movido de nuevo por esa religiosa piedad que en él es habitual, manda a un mensajero que vaya a toda prisa para poner otra vez ante los ojos de los bretones los males que los amenazan.

(Segunda embajada a Murman)


- Corre, le dijo, pregunta a ese infeliz qué insensata rabia lo devora, qué hace, por qué nos obliga a combatirlo, si no se acuerda de la fe que ha jurado, de la mano que con frecuencia dio a los francos, de los deberes que adquirió con respecto a Carlos, hacia qué abismo corre a precipitase. ¡Insensato! por qué quiere ser traidor a él mismo, a sus hijos y a sus compañeros de exilio, sobre todo cuando una misma fe nos une a su pueblo. Si Dios nos ayuda, el infortunado perecerá y, oh dolor, perecerá sin volver a la fe. Tal será su fin si persiste en la revuelta. Que ese infeliz cumpla lo que nuestras órdenes dicen, que se apesure a recibir nuestras leyes, que se una a los adoradores de Cristo por los lazos de la paz y de la fe y abandone por el amor del Señor las armas del demonio. Si se niega, le declararemos, bien que a nuestro pesar, una guerra sin descanso y sólo tendrá razones para temer.

El mensajero corre, como se le ha ordenado, para llevar a Murman las augustas palabras del rey, y mezcla la plegaria con los reproches. Pero el infortunado, justamente abocado a una cruel desgracia, no sabe guardar su fe y rechaza los piadosos mandatos de César. Reafirmado en sus funestas ideas por las solicitaciones de su orgullosa mujer, responde en términos duros y muestra un corazón cautivo del odio. Desea la guerra, covoca a todos los bretones, dispone emboscadas y prepara pérfidas artimañas.











(Guerra contra los bretones)


Apenas ha oído César la respuesta del orgulloso bretón, ordena hacerla pública entre los francos. Sus cohortes se inflaman de una noble cólera: todo está listo para el combate, se levanta el campamento y la corneta golpea el aire con sus terribles sones. el piadoso emperador coloca por todas partes fuertes avanzadillas y les da estas órdenes dictadas por su amor al Señor:

- Soldados, velad por la salvación de las iglesias, guardaos de poner la mano sobre los sagrados muros y que, por respeto a Dios, la paz sea conservada en sus santos templos.

Ya los campamentos oyen los sonidos de los clarines, todo el bosque se conmueve y la hueca trompeta extiende sus gemidos a través de los campos. Por todas partes se ponen en marcha: los bosques ofrecen a estos diferentes pueblos mil apartados caminos y la tierra se cubre de guerreros francos. Por todas partes buscan los aprovisionamientos econdidos en las forestas y los pantanos o confiados a la tierra. Hombres, bueyes, ovejas, todo es la infortunada presa del vencedor. Ningún pantano puede ofrecer un asilo a los bretones, ningún bosque posee un escondrijo lo bastante seguro para salvarlos. Por todas partes los francos se hacen con un rico botín. Como César lo ha mandado, las iglesias son respetadas, pero los demás edificios son entregados a las devoradoras llamas.

Orgulloso bretón, no te atreves a presentarte ante los francos a campo abierto y huyes del combate. Apenas algunos de los tuyos se dejan ver a lo lejos y escondidos entre los matorrales y los espesos montes bajos que cubren las rocas, casi no dejan oír el grito de guerra. Como se ve caer la hoja del roble con la primera helada, las lluvias de otoño o incluso la rociada en los días de hirviente canícula, así los infortunados bretones llenan con sus cadáveres masacrados los bosques, asilos de fieras feroces, o las vastas llanuras de los pantanos. Sólo oponen una vana resistencia en los desfiladeros más estrechos e, incluso, protegidos por las paredes de sus casas, no libran ningún combate. Ya, Murman, el vencedor recorre en todas las direcciones las arenosas costas de tus estados; ya se abren ante él tus bosques inaccesibles y tu orgulloso palacio.

(Murman acude al combate)


Sin embargo, en el fondo de los valles, umbrosos por el tupido monte bajo, aquel fiero bretón excita sus caballos, toma sus armas habituales, exhorta a los suyos con un aire triunfal, les reprocha su lentitud y hace oír estas palabras escapadas de su soberbio corazón:

- Vosotros, mi mujer, mis hijos, mis servidores, permaneced sin miedo en vuestras residencias sombreadas por los bosques. Yo, secundado por un pequeño número de guerreros, voy a ir donde con más seguridad pueda pasar revista a mis batallones y, pronto, espero, mi veloz caballo me traerá de nuevo a mi techo doméstico, cubierto de trofeos y cargado de despojos.

Tras esto, equipa su caballo, viste su armadura, ordena a sus compañeros que tomen las suyas y carga sus manos de jabalinas. Salta ligeramente sobre su montura, le pica los costados con la acerada espuela, pero al mismo tiempo la contiene. El fogoso animal se agita y piafa bajo su amo. En el momento de franquear las puertas ordena, siguiendo la antigua costumbre, que les lleven inmensas copas llenas de vino. Toma una y la vacía de un solo trago. Entonces, pleno de una alegre confianza, solicita, según es habitual, delante de todos sus servidores que lo rodean, los abrazos de su mujer y sus hijos y les dedica unas prolongadas caricias. A continuación, blandiendo con violencia las jabalinas con las que sus manos están armadas, excalama:

- Mujer de Murman, recuerda lo que te voy a decir: ves, mi bienamada, las saetas que tiene en las manos tu esposo, animado por la alegría y ya sobre su caballo. Si mis presentimientos no me engañan, los verás hoy a mi vuelta teñidas con la sangre de los francos. Te lo juro, objeto de mi ternura: el brazo de Murman no lanzará ninguna jabalina que no haga blanco. Adiós, esposa querida, adiós. Pórtate bien.

Esto dijo y se hundió a galope tendido en los bosques, expuestos a todos los fuegos del sol. El insensato, Luis, te busca para su desgracia. Con corazón firme anima a los suyos a correr a las armas y todos, inflamados por el demonio de la guerra, se precipitan al abismo.

- Ya lo veis, exclama, jóvenes betones. El ejército franco devasta los campos, se lleva y arrastra todo tras él, los hombres y los rebaños. Oh amor de la justicia, memoria de nuestros antepasados en otro tiempo tan gloriosa. Enrojeceríais viendo que vuestro recuerdo no produce ningún efecto. Sois testigos de ello: los infortunados ciudadanos corren a mendigar un asilo en los bosques y no se atreven a combatir al enemigo en campo abierto. No, no se puede contar con su fidelidad. ¿Dónde etán los brazos que me prometieron su socorro durante todo un año? Nadie tiene el valor de enfrentarse a los francos: en todas partes son los dueños, por todas partes saquean y se llevan triunfantes las riquezas que los bretones amasaron a fuerza de tiempo y trabajo. Que la fortuna no permita que me encuentre frente a su rey. Quizás pudiera arrojarle esta saeta, quizás, en nombre de la tribu, pudiera hacerle don de este hierro. Ciertamente, olvidando todo peligro, me precipitaría sobre él y estaría feliz de entregarme yo mismo a la muerte por la gloria de mi país y la salvación del mundo.

Uno de los que se habían asociado a la fortuna de sus armas le respondió con estas verdaderas palabras, pero que no podían gustarle:

- Oh rey, son vanos estos discursos que nacen de un corazón triste; hay ahora más cosas que callar que publicar. Ya ves, miles de fancos ocupan la llanura; innumerables son los que ocupan nuestas forestas y nuestros escarpados bosques. En cuanto a su poderoso monarca, rodeado de una multitud de soldados de diversas naciones, sigue los caminos abiertos y atraviesa plácidamente tus campos. Esta etirpe ha extendido sus conquistas a las cuatro esquinas del mundo y todo ser humano está sometido a su imperio. Murman, si me crees, conténtate con perseguir a los francos que veas marchar aislados; atacar a su rey no es seguro.

Murman sacude durante un rato su cabeza y por fin dice:

- Todo lo que me has dicho es cierto, sin duda, pero no puede complacerme.

Entonces las lágrimas inundaron sus mejillas, la tristeza oprimió su alma y su turbado espíritu se precipita en mil proyectos contrarios. Se lanza, rápido como el rayo, sobre los enemigos que encuentra, los ataca por la espalda y hunde su espada en sus pechos; lleva la furia de sus armas tanto a una parte como a otra y, fiel a la manera de combatir de sus ancestros, huye un instante para volver al campo de batalla. En su furia, Murman derriba bajo sus golpes a la muchedumbre de los porqueros y a los infelices pastores que siguen al ejército y cubre la tierra con sus cadáveres. Como una osa devoradora a la que le acaban de quitar sus oseznos, corre aullando de rabia por los campos y los bosques.

(Muerte de Murman)


Allí estaba un tal Coslus. Una familia de francos lo había parido, pero su estirpe no es noble; no es más que un franco de clase ordinaria, y hasta ahora la fama no había dicho nada de él; pero a partir de ahora el vigor de su brazo hizo célebre su nombre. Murman, en medio de la carnicería, lo ve de lejos; lleno de confianza en la velocidad de su caballo, se lanza hirviendo de cólera sobre este enemigo. El franco, que no confía menos en la bondad de sus armas, corre a su encuentro. La furia anima a ambos. Murman insulta desde la lejanía a su adversario con estas duras palabras:

- Franco, eres tú el primero que va a disfrutar de mis dones; te pertenecen justamente y te están reservados desde hace tiempo; pero, al recibirlos, recuerda que vienen de mi mano.

Esto dijo. Blandió un rato su jabalina, armada con un agudo hierro, y la lanzó con fuerza. El hábil Coslus se cubre con su escudo y rechaza lejos de sí la mortífera saeta. Superior por la fuerza de sus armas y su coraje, el franco responde entonces con tono triunfal a las amenazas de su enemigo:

- Orgulloso bretón, no he rechazado los presentes que me destinó tu mano. Te toca ahora recibir los que te ofrece un franco.

Tras estas palabras, presionó a su caballo con sus talones armados de hierro y carga con ímpetu sobre Murman. No es el momento de combatir con miserables jabalinas. La lanza del franco se hunde en las sienes del bretón. Una armadura de hierro cubría su cabeza y todas las partes de su cuerpo, pero el diestro franco le ha dado un golpe certero. Murman, a quien la lanza ha herido, cae en tierra y el infortunado hace gemir al suelo por el peso de su cuerpo. Coslus, entonces, salta de su caballo, saca su espada y corta la cabeza del vencido. El bretón lanza un profundo suspiro, la vida huye lejos de él para siempre; pero antes de que le abandone del todo, uno de los compañeros de Murman hiere a Coslus con un golpe mortal. Imprudente Coslus, así pereces en medio de tu victoria. Inflamado de amor por su señor, el servidor de Coslus hinca su espada en el costado del cruel enemigo y éste, aunque moribundo, hace a su contrincante una herida también fatal. Ambos sucumben bajo el hierro del uno y del otro. Así, en el mismo campo en que estos cuatro guerreros habían combatido con un soberbio valor, una suerte igual reúne al vencedor y al vencido.

Sin embargo, la fama, hendiendo el aire con su vuelo ligero, se difunde poco a poco por todo el campamento franco y hace pasar de boca a boca la noticia de que el cruel y orgulloso Murman ha sucumbido a su destino. Corre el rumor de que ya llevan su cabeza al campamento. Deseosos de contemplarla, las cohortes de los francos se precipitan en masa desde todas partes y lanzan gritos de alegría. Se les muestra esa cabeza que la espada acaba de separar del cuerpo. Está manchada de sangre y en un horrible desorden. Se llama a Witchaire, quieren que venga al campamento, se le pide que diga si la noticia hecha pública es verdadera o falsa. Al instante lava la cabeza en agua pura, con ayuda de un peine arregla la cabellera, al momento reconoce la veracidad del hecho sobre el que debe pronunciarse y exclama:

- Esta cabeza es la de Murman, creedme todos; estos rasgos me son muy bien conocidos como para que no los conserve en mi recuerdo.

El religioso César manda, en su bondad, que se confíe a la tierra, siguiendo el uso, el cadáver del vencido. Los restos de los francos son también encerrados en la tumba con todas las ceremonias de la religión y los cantos sagrados prescritos por la Iglesia.

(Rendición de los bretones)


Por otro lado, la fama recorre los bosques de los bretones, extiende el terror por ellos y grita con voz tonante:

- Una cruel muerte se ha llevado a vuestro rey. Infortunados ciudadanos, corred, daos prisa en ir a implorar las órdenes de César y suplicad que al menos la vida os sea concedida. Nuestro Murman ha caído bajo la lanza de un franco y ha sido castigado por la ciega confianza en los consejos de su mujer.

Los bretones se ven en la necesidad de ir a pedir ellos mismos el yugo del rey franco, y con ellos comparecen los hijos de Murman y toda su estirpe. El tiufante Luis recibe en el mismo campo el juramento de los bretones, les dicta sus leyes, les confirma su fe y les devuelve así la paz y la tranquilidad. Este príncipe victorioso rinde inmdiatamente profundas acciones de gracias al Señor, agrega a su corona un reino desde hace tantos años perdido para el imperio, no deja en la región más que un pequeño número de los suyos y, con la ayuda de la bondad divina, retoma, lleno de alegría, el camino de sus poderosos estados.
















(Resultados de las pesquisas sobre la situación de las iglesias francas)


Los enviados a los que César hacía tiempo ordenó que recorrieran la vasta extensión del imperio para añadir riquezas y honores a la Iglesia, han cumplido las ódenes de su piadoso soberano, han puesto todas las cosas en perfecta regla y regresan desde todos los puntos preparados a hacerle fieles informes. Vuelven después de haber inspeccionado cuidadosamente, como les había dicho el gran emperador, las villas sin nombre, visitado todos los monasterios, las conregaciones de canónigos y tus religiosos, oh Benito.

- Hemos visto, dicen, muchos santos lugares ricamente provistos, gracias al favor de Dios y a vuestros fieles esfuerzos, y, piadosamente dirigidos, administrar sabiamente sus bienes, dar buenos ejemplos, cumplir regularmente con todas las ceremonias del culto y, por la protección divina, seguir el camino recto. En muchos, pero en menor número, nos hemos encontrado con los bienes abandonados, la conducta relajada y el servicio divino celebrado con muy poca pompa. Hemos prescrito con todo el peso que nos dan vuestras palabras que cada uno se atenga a los deberes que le han sido impuestos, les hemos ordenado, según vuestras propias instrucciones, unas reglas que les pudieran ayudar a caminar con paso firme por la buena vía y recomendado incluso el estudio del libro en el que vuestra omnipotencia ha reunido las doctrinas de los obispos y que hizo redactar por sus cuidados (22). Este libro, tan necesario a uno como a otro sexo, lo hemos repartido en las villas y en los castillos y les hemos dicho a todas las personas reunidas para escucharnos:

- Releed sin cesar esta obra. El pastor se ata a ella con ternura, el rebaño la quiere con ardor, la masa del pueblo se muestra siempre deseosa de reverenciarla. En este libro, en fin, los jóvenes e incluso los viejos encargados de instruir a los otros encuentran, aquéllos lo que deben aprender; éstos lo que deben enseñar y todos lo que deben amar y venerar. Añadimos con confianza, César, que desde los tiempos de Cristo, desde que la santa Iglesia comenzó a florecer en el universo, jamás, y sólo decimos la verdad, bajo ningún rey, nunca ha llegado la fe tan lejos como hoy, bajo vuestro reinado, gracias a la miseriordia del señor del trueno, el amor del Señor y el respeto debido a su nombre. Vuestro brazo caza al criminal, vuestro brazo protege a los piadosos servidores de Dios. Vuestras doctrinas recuerdan todo lo que nos enseñaron nuestros ancestros y obligáis a conformarse a ellas religiosamente. Terrible con los malvados, os mostráis bondadoso y dulce con los buenos y el mundo prospera por vuestros méritos.

César les testimonia desde el fondo de su corazón su satisfacción y les recompensa con magníficos presentes.

(Duelo de Béro y Sanilon)


Los francos tienen una costumbre que se remonta a la más remota antigüedad, permanece aún y será, en tanto que subsista, el honor y la gloria de la nación. Si alguien, cediendo a la fuerza, a los presentes o al engaño, rechaza guardar hacia el rey una eterna fidelidad o atenta por un acto criminal contra el príncipe, su familia o su corona, cualquier acto que descubra la traición y si uno de sus iguales se presenta como acusador, ambos deben por el honor combatirse con el hierro en la mano en presencia de los reyes, de los francos y de todos quienes componga el consejo de la nación, tan grande es el horror que Francia siente por tal crimen.

Un gande, llamado Béro (23), célebre por sus inmensas riquezas y un excesivo poder, gobernaba por la generosidad del emperador Carlos el condado de Barcelona y ejercía desde hacía tiempo los derechos vinculados al título (24). Otro grande, al cual su propio país daba el nombre de Sanilon (25), practicó varias razias en sus tierras. Los dos eran godos de nacimiento. Este último se presenta ante el rey y lleva, en presencia del pueblo y los grandes de la asamblea, una terrible acusación contra su rival. Béro lo niega todo. Entonces los dos se retan, se prosternan a los pies ilustres del monarca y piden que se les pongan en las manos las armas del combate. Béro habla primero:

- César, te suplico en nombre de tu propia piedad que me sea permitido rechazar esta acusación, pero que me sea permitido también, siguiendo las viejas usanzas de nuestra nación, combatir a caballo y de servirme sólo de mis armas.

Esta súplica la repite Béro con insistencia.

- Es a los francos, responde César, a quien corresponde pronunciarse. Es su derecho, conviene que sea así y yo lo ordeno.

Los francos dan su sentencia con las formalidades consagradas por las viejas costumbres. Entonces los dos campeones preparan sus armas, hierven por lanzarse a la arena del combate. César, movido por su amor hacia Dios, les dirige, sin embargo, estas breves palabras, expresión verdadera de su bondad:

- A cualquiera de vosotros que se reconozca voluntariamente ante mí culpable del crimen que se le imputa, lleno de indulgencia y encadenado por mi devoción al Señor, le perdonaré su falta y le condonaré las penas debidas a su delito. Creedlo os es más ventajoso seguir mis consejos que recurrir a los crueles extremos de un horrible combate.

Pero los dos enemigos renuevan su demanda con insistencia y dicen:

- Es el combate lo que nos satisface, que todo se disponga para el combate.

El sabio emperador, cediendo a sus deseos, les permite luchar según la costumbre de los godos y los dos rivales no tardan un instante en obedecerle.

Muy cerca del palacio imperial, llamado el palacio de Aix, hay un lugar destacable, cuya fama se ha extendido muy lejos. Rodeado de murallas de mármol, defendido por terrazas de césped y plantado de árboles, está cubierto por una hierba espesa y siempre verde. El río, fluyendo dulcemente por un lecho profundo, riega el lugar, poblado por una multitud de pájaros y de feroces bestias de todas clases. Allí va el monarca con frecuencia, cuando le place cazar, con una compañía poco numerosa. Allí, o bien persigue con sus flechas ciervos de una enorme estatura, y cuya cabeza está armada de elevados cuernos, o bien abate gamos u otros animales salvajes. Allí tamibén, en el invierno, cuando el hielo endurece la tierra, lanza contra las aves sus halcones de fuertes garras. Allí acuden Béro y Sanilon temblando de cólera. Estos guerreros de una alta estatura están montados sobre unos soberbios caballos, tienen sus escudos sujetos a las espaldas y unas jabalinas arman sus manos. Los dos esperan la señal que el rey debe dar desde lo alto de su palacio; los dos van secundados por una tropa de soldados de la guardia del monarca, armados con escudos, conforme a las órdenes del príncipe, para, si uno de los rivales hiere con su espada al otro, arrancar a éste, siguiendo una costumbre dictada por la humanidad, de las manos del vencedor y sustraerlo de la muerte. En la arena está aún Gundold quien, como es habitual en estas situaciones, se hace seguir por un ataúd. Por fin, se da la señal desde lo alto del trono. Un combate de un tipo diferente para los francos y que les era desconocido hasta ahora se inicia entre los dos rivales. Primero lanzan sus jabalinas, enseguida se sirven de sus espadas y comienzan una lucha furiosa, común en su nación. Ya Béro ha herido el caballo de su enemigo. Entonces, el animal, furioso, se encabrita y huye a galope tendido a través de la vasta pradera. Sanilon finge dejarse llevar, deja de presionar los costados y con la espada golpea a su adversario que entonces se declara culpable. La valiente juventud corre y, fiel a las órdenes de César, arranca de la muerte al desgraciado Béro, agotado por la fatiga. Gundold se extraña y envía el ataúd a la dependencia de la que lo había cogido, pero lo devuelve vacío del cuerpo que debía llevar. César confirma la vida del vencido, le permite retirarse sano y salvo y lleva su clemencia incluso hasta permitir que pueda disfrutar de los frutos de sus tierras.

Oh bondad realmente grande que perdona a los criminales sus faltas, les deja sus riquezas y sufre que sigan viviendo. Que esta misma bondad, lo pido con constantes súplicas, yo, que siempre he sido fiel, se extienda hasta devolverme al piadoso Pipino.

Ya, Benito, has completado el curso que te marcó el cielo y, como dice la tonante voz del apóstol Pablo, has guardado la fe debida al Señor: ahora vas a seguir en la corte celestial al santo cuyo nombre llevas y que tan bien imitaste en la tierra. Que tu nombre ponga fin a este tercer canto para que, ilustre muerto, te dignes acordarte de tu Ermoldo.


Canto cuarto



(Conversión y sometimiento de los daneses)


(El pueblo normando)

Los cuidados del religioso monarca se habían extendido a todos los puntos del imperio y la fe de los francos llevaba su brillo hasta los límites del mundo. De todas partes, los pueblos y las naciones enteras acuden en masa a admirar la piedad de César hacia Cristo. Sin embargo, existe aún una nación a la cual la pérfida serpiente había dejado en el antiguo error y alejada del conocimiento del verdadero Dios. Pagana, conservaba desde hacía tiempo un réprobo culto y adoraba no a su creador, sino a vanos ídolos. Neptuno era uno de sus dioses, los oráculos de Júpiter reemplazaba a los de Cristo y era a Júpiter a quien se le ofrecía sacrificios. Se la designaba en otro tiempo con el antiguo nombre de daneses, que aún se utiliza, aunque en la lengua de los francos a estos hombres rápidos, ágiles y demasiado apasionados por las armas se les denomina Nort-Mans. Viven en las aguas, van en sus barcos para robar los productos de la tierra y se han hecho conocer lejos. Esta raza tiene una tez hermosa, los rasgos y la estatura distinguida, la fama la remonta al origen de los francos.












(Elección de Ebbon como misionero)

Cediendo a su amor hacia Dios y tocado por la compasión ante esta nación extraviada, César quiso intentar ganarla para Dios. Desde hace tiempo sufría con la idea de que tantos hombres de este pueblo y tantos corderos del Señor habían perecido sin que nadie los hubiera iluminado. Una vez tomada su decisión, el rey busca a quién enviar a los normandos para conquistar para Dios un bien perdido hace tanto tiempo. Fue a Ebbon, obispo de Reims, a quien encargó la gran tarea de ir a instruir a este pueblo en las doctrinas del Señor (26). Este prelado fue criado desde niño por Luis en su corte y tuvo a bien que a prendiera las artes liberales.












(Disertación de Luis en la que expone sus deseos)

Dirigiéndose a este fiel servidor, Luis le da sus órdenes, dictadas por la piedad, en este largo y brillante discurso:

- Ve, santo padre. Emplea primeramente con ese pueblo feroz las palabras y las maneras acariciadoras. Hay en el cielo un Dios creador del mundo y de lo que habita en los campos, el mar y los polos. Él creó al primer hombre, puso, oh paraíso, a nuestro primer padre en tu dulce valle y quiso que le sirviera por siempre y permaneció, con la ayuda de su bondad, en la ignorancia de todo mal; pero, porque el hombre pecara, cayó y, en consecuencia, toda la estirpe de sus sucesores fue declarada también víctima de la envidia del demonio. Sin embargo, sus descendiente se multiplicaron, poblaron los bosques y los campos y adoraron no al Señor, sino a vanas imágenes, obra de sus manos. Poco después, las olas del diluvio los engulleron a todos, excepto un pequeño número de ellos que se salvaron en la santa arca. De esta débil semilla brotó con rapidez una numerosa generación, una parte de la cual honró al verdadero Dios. El resto, turba infectada por diversos venenos, siguió los caminos del mal y dirigió su culto a nuevos ídolos. Tocado por la compasión de nuevo, Dios envió a la tierra a su hijo, quien comparte su trono y reina con Él en lo más alto de los cielos. Este hijo, uniendo a su gloria lo que hay de mortal en el hombre, lo libró de la mancha del pecado original. Él, capaz por su omnipotencia y con el socorro de su Padre, de salvar el mundo, quiso por bondad morir en la tierra y, clavado en una cruz, se ofreció él mismo y por su propia voluntad al sacrificio a fin de asegurar su feliz reino a quienes combatieran en su nombre. Sentado a la derecha de su Padre, y asociado a su poder, llama a sus servidores diciéndoles: "Acudid y os daré el reino de los cielos." Igualmente, quiere que sus elegidos lleven hasta él todas las ovejas extraviadas y les hagan participar de los santos dones y de las ceremonias del bautismo. Nadie irá a la celeste corte si no actúa así, si no ejecuta fielmente las órdenes del hijo de Dios, no rechaza el culto del negro demonio y no recibe sin tardanza el presente sagrado del bautismo. Por lo tanto, Ebbon, aplícate a atraer a este pueblo a esta fe, que es la nuesta, la que profesa la Iglesia. Es necesario que esta nación abandone los vanos ídolos: obedecer a un vil metal esculpido es un crimen muy grande para el hombre, dotado del don de la razón. ¿Qué socorro obtiene esta nación de su Júpiter, de su Neptuno, de no sé qué dioses a los que incensan y de esas estatuas de metal construídas con sus manos? Los infortunados adoran vanas imágenes, rezan a dioses sordos y mudos y ofrecen a los demonios sacrificios sólo a Dios debidos. Este Dios, que es el nuestro, no es en absoluto con la sangre de las manadas con lo que está permitido apaciguarlo. Los humildes votos del hombre son más apreciados por su bondad. Hace ya demasiado tiempo que esos infelices se abandonaron a un error profano. Ha llegado el momento de que se sometan a un culto glorioso. La última hora del día que acaba les llama y en la viña del Señor una parte queda para ellos. Para esos infortunados es el momento de romper con los dulzores del reposo cuando, la luz en lo alto, permite aún al hombre buscar a su Dios; de temer que, cayendo sobre ellos, las crueles tinieblas de la muerte les sorprenda aletargados por la pereza y los entreguen a los fuegos devoradores. Ve, por lo tanto, santo padre Ebbon. Lleva contigo los tan leídos libros de la Biblia que reafirman los sagrados preceptos del Antiguo y del Nuevo Testamento. Lleva a esta nación el dulce brevaje de esta fuente sagrada y que estos hombres aprendan a grandes trazos las doctrinas del verdadero Dios. Hazles entender, cuando las circunstancias lo exijan, el lenguaje severo de la verdad y, en fin, que conozcan a qué errores han prestado oídos hasta hoy. Date prisa en ir a ver de nuestra parte al rey Heroldo y repítele fielmente nuestras palabras. Movido igualmente por nuestra piedad hacia Dios y por los preceptos de nuestra santa fe, he aquí lo que le mandamos decir y pueda él, guiado por nuestros sabios consejos, recibir nuestras palabras con un corazón bondadoso. ¿Qué le pedimos? Que se apresure a abandonar sin demora la funesta vía del error, que dirija -lleno de bondad- piadosos homenajes a Cristo, que se ofezca a ese Dios del cual él es obra y que lo ha creado, que aleje de sí los monstruos odiosos, que abandone al horrible Júpiter, que renuncie a Neptuno y que reverencie a la Iglesia. Deseamos de él que obtenga de la fuente sagrada del bautismo los dones de la salvación y que lleve sobre su frente la cruz de Cristo. No es para que sus estados se sometan a nuestra ley, sino sólo para ganar para la fe unas criaturas de Dios, por lo que nos proponemos esto que nos ocupa. Si Heroldo fuera convencido y lo deseara, que venga prontamente a nuestro palacio y que aquí reciba el agua del Señor de su verdadera fuente. Lavado de todo pecado y colmado de presentes en armas y objetos, que vuelva enseguida a su reino y que viva allí en el amor del Señor. Tales son los mandamientos del divino Señor del trueno, que nuestra fe nos prescribe dar a conocer a este príncipe y que nosotros queremos cumplir.

El emperador ordena dar a Ebbon un magnífico presente y añade:

- Ve y que Dios esté contigo.

(Segunda guerra contra los bretones)


Del país de los rebeldes bretones llega a toda prisa un mensajero que trae la funesta noticia de que han roto el tratado de amistad que César había firmado con ellos y que han violado la fe jurada (27). El triunfante monarca convoca a sus numerosos pueblos, ordena que se tengan preparadas las armas y se dispone a marchar rápidamente a Bretaña. A su voz, Francia entera se precipita, las naciones sujetas acuden y tú mismo, Pipino, te preparas a abandonar tu reino. César divide este inmenso ejército en tres cuerpos, nombra cada uno de los jefes e indica a cada grande su lugar. Uno de estos cuerpos lo confía al hijo que tiene su mismo nombre y le asocia a Matfried y muchos miles de soldados; en el otro, los poderosos se reúnen en torno al rey Pipino y a Hélisachar, pero la tropa que le sigue no es numerosa; en cuanto al tercero, el del centro, el gran y belicoso emperador se ha reservado su mando, y el sabio monarca dirige por sus órdenes todos los movimientos de la guerra. Unos siguen a Lamberto, Matfried dirige otros batallones y vos, Luis (28), aunque aún niño, hacéis la guerra bajo vuestro padre. Con Pipino, las cohortes, compuestas por hombres suyos y francos, llevan a todas partes sus armas y el estrago, mostrándose como el honor de la nación. César lleva a sus francos por caminos amplios y abiertos, y el reino de los bretones, atravesado en todas las direcciones, permanece expedito para nosotros. Yo mismo, el escudo a la espalda y la cintura ceñida con una espada, combatí en este país; pero nadie sufrió los golpes que yo guardaba y Pipino, que se percibió de ello, riendo me dijo asombrado: "Deja las armas, hermano, y dedícate mejor a las letras." Los nuestros inundan los campos, los bosques y los pantanos en los que el sol tiembla bajo sus pasos. El pueblo, arruinado por la guerra, ve cómo se llevan todos sus rebaños, los desgraciados bretones o son prendidos o caen muertos por el hierro. Los pocos que escapan a este cruel destino se someten a las armas de César y César les da como señores duques poderosos que les impidan ceder otra vez al deseo de suscitar nuevas guerras. Tomadas estas medidas, el piadoso y victorioso monarca retoma el camino de sus estados y pronto los francos retornan victoriosos a sus tejados domésticos.

(Se sigue el relato de la conversión y sometimiento de los daneses)


Hacía ya tiempo que el obispo Ebbon había llegado a los reinos normandos; ya su celo extendía allí los dones preciosos y dignos del santo nombre de Dios; ya el prelado ha llegado  hasta el palacio de Heroldo y ha derramado en su corazón la doctrina de Cristo; ya, tocado por los consejos de Dios, este príncipe comenzaba a confiar en las palabras de César y él mismo exhortaba a su pueblo para que abrazara la fe.
















(Respuesta de Heroldo a Ebbon)

- Que los hechos respondan a las promesas, santo padre, y creeré. Vuelve a tu rey y llévale mi respuesta. Sí, deseo ver con mis propios ojos los reinos francos, la piedad de César, las armas, los manjares, la gloria de los servidores de Cristo y el culto a ese Dios ante el cual, como has dicho, el poder supremo se humilla y a quien guarda una fe viva y constante. Si entonces tu Cristo, cuyos preceptos celebras, cumple mis expectativas, lo adoraré y lo probaré con mis acciones. Que los dioses a los que hemos consagrado altares continúen siendo respetados hasta que yo pueda ver los templos de tu Dios. Si este Dios, que es el tuyo, sobrepasa en gloria a los nuestos y prodiga más que ellos los dones a quien lo invoca, la razón entonces nos ordenará abandonar nuestros dioses; obedeceremos con placer a Cristo y arrojaremos a las llamas devoradoras los metales esculpidos con nuestras manos.

Ordena entonces traer presentes y colma al prelado con los dones que la tierra de los daneses puede producir.











(Ebbon regresa de Dinamarca)

Ebbon regresa lleno de alegría. Las futuras conquistas que presagia para la fe le producen un santo transporte. Trae a César una respuesta hecha para que le guste y le anuncia con qué condiciones Heroldo pide recibir las santas aguas del Señor. El religioso emperador rinde solemnes acciones de gracias a Dios, padre de todas las cosas y fuente de todo bien. Al mismo tiempo ordena que todos los pueblos sometidos a las leyes de su imperio dirijan las más ardientes súplicas a Dios para que Cristo, que por su sangre salvó al mundo, se digne arrancar a los normandos del cruel enemigo del género humano.
















(Descripción de la iglesia de Ingelheim)

El piadoso monarca fue entoces a Ingelheim con su esposa y sus hijos por un camino fácil. Este lugar está en una de las riberas que el Rin baña con  sus rápidas ondas. Una multitud de cultivos y de productos diversos lo ornan. Allí se eleva sobre cien columnas un palacio soberbio: allí pueden admirarse innumerables habitaciones, tejados de formas variadas, miles de huecos, rincones y puertas, obra de las manos de hábiles maestros en su arte. El templo del Señor, construído con el mármol más precioso, tiene grandes puertas de bronce y otras más pequeñas enriquecidas con oro; magníficas pinturas muestran a los ojos las obras de la omnipotencia de Dios y los actos memorables de los hombres. A la izquierda están representados, en primer lugar, el hombre y la mujer recién creados, cuando habitaban el paraíso terrestre donde Dios los colocó. Más alla, la péfida serpiente seduce a Eva, cuyo corazón hasta entonces ignoraba el mal; ella misma, a su vez, tienta a su esposo, quien prueba el fruto pohibido; y los dos, ante la llegada del Señor, esconden su desnudez con la hoja de la higuera. Se ve a continuación a nuestros primeros padres trabajando penosamente la tierra como castigo por su pecado; y al hermano envidioso golpear a su hermano, no con la espada, sino con su mano cruel, y dar a conocer al mundo los primeros funerales. Una continuación innumerable de cuadros muestran en su orden todos los acontecimientos del Antiguo Testamento: las aguas inundando toda la superficie del universo, elevándose sin cesar y engullendo finalmente toda la especie humana; el arca, por efecto de la misericordia divina, salvando del cataclismo a un pequeño número de criaturas; el cuervo y la paloma actuando diversamente. Se pinta también la historia de Abrahán y de sus hijos, la de José y sus hermanos y la conducta del faraón; Moisés librando al pueblo de Dios del yugo de Egipto; el egipcio pereciendo entre las olas mientras Israel las atraviesa por un camino seco; la ley dada por Dios, escrita en la doble tabla; el agua manando de la roca; las codornices cayendo del cielo para alimentar a los hebreos, y la tierra prometida desde hace tanto recibiendo a este puebo cuando tuvo por jefe al valiente Josué. En esos cuadros se recrea la multitud numerosa de los profetas y de los reyes judíos y brillan con resplandor sus acciones más célebres: las hazañas de David, las obras del poderoso Salomón y el templo, obra de un trabajo verdaderamente divino. El lado contrario muestra todos los detalles de la vida mortal que realizó Cristo sobre la tierra cuando aquí fue enviado por su padre. El ángel que, descendiendo de los cielos, se aproxima a María y la saluda con estas palabras: "He aquí la Virgen de Dios". Cristo, conocido desde antiguo por los santos profetas, nace y el hijo de Dios es envuelto en una mantilla. Unos simples pastores reciben las órdenes llena de bondad del señor del trueno, y los magos merecen también ver al Dios del mundo. Herodes furioso, temiendo que Cristo lo destronara, hace matar a las criaturas inocentes, a las que sólo su infancia las condena a muerte. José huyó entonces a Egipto; se ve cómo creció el divino niño, se le muestra sumiso a la ley y quiere ser bautizado, él que ha venido para rescatar con su sangre a todos los hombres, condenados desde antiguo a la muerte eterna. Más lejos, después de haber llevado, a la manera de los mortales, una larga juventud, Cristo triunfa por su fortaleza sobre su tentador, enseña al mundo las santas y bienhechoras doctrinas de su padre, da a los enfermos el disfrute de sus antiguas facultades, incluso devuelve a la vida los cadáveres de los muertos, quita al demonio sus armas y lo arroja lejos de la tierra. Finalmente, se ve a este Dios, traicionado por un pérfido discípulo y torturado por un pueblo cruel, querer morir como un vil mortal. Después, saliendo de la muerte, aparecerse en medio de sus discípulos, subir al cielo a la vista de todos  y gobernar el mundo. Tales son las pinturas que, ejecutadas por las manos de hábiles artistas, adornan el entorno del templo de Dios.

(Descripción del palacio de Ingelheim)

El palacio del monarca, enriquecido con esculturas, brilla con no menos resplandor y el arte ha reproducido allí los hechos más célebres de los grandes hombres. Se ven los diversos combates librados en tiempos de Nino, una multitud de actos de crueldad indignante; las conquistas de Ciro, rey que descargó su furia contra un río para vengar la muerte de su querido caballo y la cabeza de este infortunado triunfador, que acababa de invadir los estados de una mujer, ignominiosamente hundida en otra llena de sangre. Más allá se muestran los impíos crímenes del detestable Falaris que hizo morir con un arte atroz a unos desgraciados que dan pena mirar. Pirillo, obrero famoso en el arte de trabajar el bronce y el oro, está tras él: el infeliz pone su cruel gloria en fabricar para Falaris un toro de bronce en el cual el monstruo pudiera encerrar el cuerpo entero de un hombre digno de piedad, pero el tirano introduce en las entrañas del toro al propio artesano y esta obra del arte mata así a quien la creó. Al otro lado, Rómulo y Remo ponen los fundamentos de Roma y el primero inmola a su hermano por su impía ambición. Aníbal, aunque privado de uno de sus ojos, prosigue el curso de sus funestas guerras. Alejandro somete por la fuerza de las armas a su imperio el universo. El pueblo romano, muy débil en sus comienzos, crece pronto, extiende su yugo hasta los extremos del mundo. En otra parte del palacio se admira los grandes hechos de nuestros padres y las brillantes obras de una fiel piedad en los tiempos cercanos a nosotros. Se ve a Constantino, despojado de todo amor por Roma, construir por él mismo y para él Constantinopla. También está allí representado Teodosio y su vida ilustre por tantas hermosas acciones. Allí se muestra al primer Carlos a quien la guerra convirtió en señor de los frisones y todo lo que su valor hizo de grande. Más lejos, brillas tú, Pipino, sometiendo a los aquitanos a tus leyes y uniéndolos a tu imperio tras una feliz guerra. Allí el sabio emperador Carlos muestra sus facciones majestuosas y su cabeza augusta ceñida por la diadema. Las hordas sajonas osan levantarse contra él y tentar la suerte del combate, pero las masacra, las domina y les hace inclinar la cabeza bajo su yugo. Estos hechos memorables y otros más decoran este palacio y encantan los ojos de quien quiera contemplarlos.

Es en este lugar donde el piadoso César da sus leyes a los pueblos sometidos a su cetro y dirige con la sabiduría que le es habitual la inmensa máquina de su imperio.

(Llegada de Heroldo y su séquito)

Cien navíos vuelan sobre las ondas de Rin. Están ornados de blancas velas artísticamente arregladas y cargados con los presentes ofrecidos por la nación de los daneses. El primero lleva al rey Heroldo (29). Es a ti, Luis, a quien buscan y ciertamente tal homenaje te es debido, pues llevas tan alto los honores sobre los cuales la Iglesia tiene tan justos derechos. Ya estos barcos se aproximan a la orilla y entran en el puerto. César los ve desde lo alto de su palacio. En su bondad, ordena a Matfried que se presente con una tropa de jóvenes ante estos nuevos huéspedes, y él mismo les envía muchos caballos cubiertos con vestiduras púrpuras para que los transporten hasta su castillo. Heroldo llega montado sobre un caballo franco; su mujer y toda su casa lo siguen. César, lleno de alegría, lo recibe a la entrada del palacio, ordena traer los presentes y hace repartir manjares de todo tipo. Heroldo se inclina ante el augusto monarca, toma la palabra el primero y le expresa sus votos en estos términos:











(Discurso de Heroldo)

- César, si tu omnipotencia lo ordena, estoy preparado para decirte con todo detalle qué razones me han determinado a mí, a mi casa y a mi familia a venir a tu encuentro en tu morada. Siguiendo desde hace muchos años las leyes de mis ancestros, he conservado hasta hoy sus costumbres, he dirigido mis más humildes oraciones y he ofrecido, suplicando, mis sacrificios a los dioses y diosas que ellos adoraban. A estas divinidades les he rogado hasta hoy que, por su protección, conserven el reino que me transmitieron mis mayores, mi pueblo, nuestras riquezas y los tejados domésticos; que nos alejen el hambre; que por su poder nos libren de todos los males y que concedieran a sus adoradores felices finales en todas las cosas. Ebbon, uno de tus clérigos, vino a tierras normandas, nos predicó y nos habló de otro Dios. Nos dijo que no había más que un solo Dios verdadero, creador del cielo, de la tierra y del mar, a quien sólo todo culto era debido. Este Dios, añadió, hizo de lodo calentado al hombre y a la mujer, de los que provienen todos los hombres que pueblan el universo. Este Dios omnipotente envió a la tierra a su hijo, de cuyo costado manó un chorro de agua y de sangre. Es por esta sangre que el hijo, en su misericordia, rescató al mundo de todo tipo de pecado y le ha asegurado, tras la resurrección, el reino de los cielos. Este hijo de Dios se llama Jesucristo. Su santo óleo vuelve feliz a quienes lo adoran con piedad. Quien no confiese que es él el señor del trueno y no reciba su sagrado bautismo, será arrojado, pese a él, a las profundas simas del infierno, donde permanecerá en la compañía cruel de lo demonios. Quien desee ascender hasta las moradas celestes, que reconozca que Cristo es verdaderamente Dios y hombre al mismo tiempo, que purifique su cuerpo con el agua sagrada del bautismo, que borre todas sus culpas introduciéndose tres veces en estas aguas salvíficas en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Estas tres personas forman un único Dios; aunque sus tres nombres sean diferentes, su poder y su gloria son iguales; y este Dios ha sido, es y será eternamente. En cuanto a todos esos dioses de metal, obras de la mano de los hombres, tu obispo los llama vanos ídolos y declara que no son nada. Ésta es, bondadoso César, la fe que el venerable prelado Ebbon nos ha dicho con su propia boca, que es la tuya. Conmovido por tu ejemplo y sus honorables discursos, creo que tu Dios es el único verdadero y reniego para siempre de los diososes esculpidos por la mano de los hombres. Para unirme a tu fe es por lo que, confiándome a las olas, he venido a tus estados.

(Discurso de Luis)

- Heroldo, respondió el emperador, lo que me pides con ese lenguaje amistoso te lo concedo como debo y doy gracias a Dios. Es por su misericordia que, después de haber obedecido durante tanto tiempo las órdenes del demonio, solicites por fin ser admitido en la fe de los servidores de Cristo. Vamos, dice César a los suyos, corred todos, daos prisa en disponerlo todo para derramar sobre Heroldo, como conviene, con todas las habituales solemnidades, los dones preciosos del bautismo. Que se prepare las vestiduras blancas, como las que deben llevar los cristianos, las pilas bautismales, el crisma y las santas aguas.
















(Bautismo de Heroldo y su séquito)

Todo se hace como lo ha prescrito y, cuando todo está listo para la sagrada ceremonia, Luis y Heroldo entran en el santo templo. César, por respeto al Señor, recibe a Heroldo cuando sale del agua regeneradora y lo cubre con sus propias manos con las blancas vestiduras. La emperatriz Judith, radiante de belleza, saca del agua sagrada a la reina, mujer de Heroldo, y la viste con los ropajes de cristiana. Lotario, ya César, hijo del augusto Luis, ayuda a su vez al hijo de Heroldo a salir de las aguas bautismales. A ejemplo suyo, los grandes del imperio hacen otro tanto con los hombres más distinguidos del cortejo del rey danés y ellos mismos los visten. La multitud saca del agua santa a otros muchos de menor rango. ¡Oh gran Luis, qué inmensa muchedumbre de adoradores ganas para el Señor! ¡Qué santo olor mana de esta acción y se eleva hasta Cristo! Estas conquistas, príncipe, que arrancas de las fauces del devorador lobo para darlas a Dios, serán consideradas para la eternidad.
















(Regalos bautismales)

Heroldo, recubierto de blanco vestido y el corazón regenerado, vuelve bajo el brillante techo de su ilustre padrino. El omnipotente emperador lo colma con los más magníficos presentes que puede producir la tierra de los francos. Por orden suya, Heroldo lleva una clámide tejida con escarlata púrupura y piedras preciosas, circundada por un bordado en oro; ciñe la famosa espada que el propio César llevó en su costado y que está rodeada por unos círculos de oro dispuestos simétricamente. A cada uno de sus brazos se anudan cadenas de oro; correas enriquecidas con piedras preciosas ciñen sus muslos. Una soberbia corona, ornamento debido a su rango, cubre su cabeza. Unos zapatos de oro guardan sus pies. En su espalda resplandecen las telas de oro y unos guantes blancos adornan sus manos. La esposa de este príncipe recibe de la reina Judith unos presentes no menos dignos de su rango y agradables atuendos. Lleva una túnica completamente bordada con oro y pedrería, tan rica que sólo han podido fabricarla con todos los esfuerzos del arte de Minerva; una cinta cuajada de piedras preciosas ciñe su cabeza; un largo collar cae sobre el nacimiento de su seno; un círculo de oro flexible y trenzado rodea su cuello; sus brazos están ceñidos por brazaletes como los que suelen usar las mujeres, aritos planos de oro y piedras preciosas cubren sus orejas y una capa de oro cae sobre su espalda. Lotario muestra una buena voluntad no menos piadosa en adornar al hijo de Heroldo con vestiduras de oro. El resto de la masa de los daneses es igualmente revestida con trajes francos, que les distribuye la religiosa munificencia de César.






(Misa)

Todo está listo para la santa ceremonia de la misa; ya la señal acostumbrada llama al pueblo tras la protección de los muros sagrados. En el coro brilla una clerecía numerosa y cubierta de ricos ornamentos. En el magnífico santuario todo respira un orden admirable. La masa de los prelados se distingue por su fidelidad a las doctrinas de Clemente (30) y los piadosos levitas por su ropaje regular. Es Theuton quien dirige con su habilidad ordinaria el coro de los cantores; es Adhalwit quien lleva en su mano el bastón y golpea a la muchedumbre de los asistentes y abre así un pasillo honorable a Céar, sus grandes, su esposa y sus hijos. El glorioso emperador, siempre deseso de asistir con frecuencia a los santos oficios, se dirige a la entrada de la basílica atravesando las amplias salas de su palacio, que resplandecen por el oro y las deslumbrantes piedras. Avanza, la frente alegre, apoyado en los brazos de sus fieles servidores. Hilduino está a su derecha; Hélisachar lo sostiene a la izquierda y delante va Gerung, quien lleva el bastón propio de su cargo (31) y protege los pasos del monarca, cuya cabeza está adornada por una corona de oro. Detrás vienen el piadoso Lotario y Heroldo, cubiertos por una toga y ornados con los brillantes presentes que han recibido. Carlos, aún niño, completamente resplandeciente de oro y de belleza, precede, lleno de alegría, lo pasos de su padre y con sus pies pisa orgullosamente el mármol. Judith, revestida con sus ornamentos reales, camina en el resplandor de unos atavíos magníficos. Dos de los grandes gozan del supremo honor de escoltarla. Son Matfried y Hugues. Ambos, la corona sobre la cabeza y vestidos con indumentarias cegadoras por el oro, acompañan con respeto los pasos de su augusta señora. Por detrás, y a poca distancia, viene la esposa de Heroldo, mostrando con placer los presentes de la piadosa emperatriz. A continuación se ve a Friedgies (32), al que sigue una multitud de discípulos, todos vestidos de blanco, y distinguidos por su sabiduría y su fe. Cierra la comitiva el resto de la juventud danesa, vestida con los trajes que obtuvo de la generosidad de César.

Tan pronto como el emperador, tras esta solemne marcha, llega a la iglesia, dirige, siguiendo su costumbre, sus plegarias al Señor. El clarín de Theuton hace oír su claro sonido que sirve de señal y al instante los clérigos y todo el coro responde entonando el cántico. Heroldo, su esposa, sus hijos, sus acompañantes, contemplan con estupor la inmensa cúpula de la casa de Dios y no admiran menos la clerecía, el interior del templo, los sacerdotes y la pompa del servicio religioso. Lo que más les llama la atención son las inmensas riquezas de nuestro rey, en torno a quien parece reunirse todo lo más precioso que produce la tierra. Y bien, ilustre Heroldo, dime, te lo suplico, ¿qué prefieres ahora la fe de nuestro monarca o la de tus miserables ídolos? Arroja, por lo tanto, a las llamas todos esos dioses hechos de oro y de plata y así asegurarás para ti y los tuyos una gloria eterna. Si en esas estatuas hay hierro que pueda servir para cultivar los campos, ordena que se fabriquen arados y, removiendo el seno de la tierra, te serán más útiles que como divinidades con todo su poder. El verdadero Dios es aquel a quien los francos y el propio César dirigen sus solemnes oraciones. Adóralo y abandona el culto de Júpiter. Haz de ese Júpiter vasos y calderos de oscuro bronce. El fuego le conviene como al dios del que los has fabricado. Convierte tu Neptuno en fuentes apropiadas para contener agua y así no perderá el honor de señorear las ondas.

(Banquete para celebrar el feliz acontecimiento)

Se preparaba con atención inmensas provisiones, manjares diversos y vinos de todas las clases para el dueño del mundo. Por un lado, Pierre, el jefe de los panaderos; por otro, Gunton, que dirige las cocinas, no pierden un instante en disponer las mesas con el orden y el lujo acostumbrados. Sobre unos vellones, cuya bancura disputa con la de la nieve, se disponen unos manteles blancos y las viandas son servidas en platos de mármol. Pierre distribuye, como lo dispone su cargo, los dones de Ceres y Guton sirve la comida. Entre cada plato se colocan vasos de oro; el joven y activo Othon dirige a los escanciadores y prepara los dulces presentes de Baco.

Cuando las ceremonias del respetuoso culto dirigido al Altísimo han terminado, César, brillante de oro, se dispone a tomar el camino que siguió para ir al templo. Su esposa, sus hijos, todo su cortejo, cubiertos de atavíos de resplandeciente oro, y los clérigos, vestidos de blanco, siguen su ejemplo. El piadoso monarca, con paso grave, vuelve a su palacio, donde le espera un festín, preparado con esmero, digno de la cabeza de un imperio. Radiante, se reclina en un lecho. Por orden suya, la bella Judith se coloca a su vera tras abrazar sus augustas rodillas. El César Lotario y Heroldo, el huésped real, se tienden a su lado en un mismo triclinio, como lo ha querido Luis. Los daneses admiran la prodigalidad de los manjares y todo lo que compone el servicio de la mesa, el número de los oficiales y la belleza de los niños que sirven a César. Este día, tan justamente feliz para los francos y lo daneses regenerados por el bautismo, será para ellos en el futuro objeto de fiestas conmemorativas.






(Cacería)

Al día siguiente, con el nacimiento de la aurora, cuando los astros abandonan el cielo y el sol comienza a calentar la tierra, César se apresta para salir de caza con sus francos, para quienes este ejercicio es un placer habitual, y ordena que Heroldo lo acompañe. No lejos de palacio hay una isla que el Rin rodea con sus aguas poco profundas, donde crece una hierba siempre verde y que cubre un umbrío bosque. Las bestias salvajes, numerosas y diversas, la llenan y las manadas, a las que nadie perturba su reposo, encuentran en estos vastos bosques un asilo apacible. Los grupos de cazadores y las innumerables jaurías de perros se reparten por la isla. Luis monta un corcel que recorre la llanura con paso rápido, y Witon, la aljaba en la espalda, lo acompaña a caballo. De todas partes fluye un torrente de jóvenes y niños, en medio de los cuales se destaca Lotario llevado por una ágil montura. Heroldo, el huésped del emperador, y sus daneses acuden llenos de alegría por contemplar este hermoso espectáculo. La soberbia Judith, la piadosa mujer de César, vestida y peinada magníficamente, monta un noble palafrén. Los principales del estado y la masa de los grandes preceden o siguen a su señora, por respeto hacia su religioso monarca. Todo el bosque se hace eco de los redoblados ladridos de los perros. Aquí los gritos de los hombres, allí los repetidos sones de las trompas golpean los aires. Las bestias salvajes salen de sus escondrijos y los ciervos huyen hacia los rincones más apartados, pero ni la carrera los puede salvar ni los montes bajos les ofrecen asilos seguros. El cervato cae en medio de los ciervos, armados con una cornamenta majestuosa, y el jabalí de grandes defensas rueda por tierra, herido por la jabalina. César, animado por la alegría, da muerte él mismo a un gran número de animales que hiere con sus propias manos. El ardiente Lotario, en la flor de la fuerza y de la juventud, derriba muchas osos con sus golpes. El resto de los cazadores abate, aquí y allá, a lo largo de la pradera, una multitud de toda clase de animales salvajes. De repente, una cervatilla que la jauría de perros perseguía con ardor, atraviesa en su huida lo más espeso del bosque y se precipita en medio de una salceda. Allí habían acamapado los granes, Juith, la esposa de César, y el joven Carlos, aún niño. El animal pasa con la rapidez del viento, toda su esperanza está en la velocidad de sus patas: si no encuentra su salvación en la huida, perecerá. El joven Carlos la ve, quiere perseguirla a ejemplo de sus mayores, pide con insistentes ruegos un caballo, suplica vivamente que le den armas, una aljaba y unas ligeras flechas, desea volar tras las huellas de la cierva, como su padre tiene por costumbre hacer. En vano redobla sus ardientes ruegos, su encantadora madre le prohibe abandonarla y le niega el permiso para alejarse. Se irrita y, como ha llegado a cierta edad, si la dama a cuyos cuidados ha sido confiado y su madre no lo retuvieran, el infante real no hubiera dudado en seguir a la pieza a pie. Sin embargo, otros jóvenes vuelan, alcanzan a la cierva en su huida y la llevan hasta el joven príncipe sin que haya recibido ninguna herida. Él, entonces, toma unas armas proporcionadas a la debilidad de su edad y golpea en la temblorosa grupa del animal. Todas las gracias de la infancia se reúnen y brillan en el joven Carlos, y su resplandor toma un nuevo lustre por la virtud de su padre y por el nombre de su abuelo. Igual, en otro tiempo, Apolo, cuando subía a la cima de las montañas de Delos, llenaba de una orgullosa alegría el corazón de su madre Latona.

(Nuevo banquete)

Ya César, su agusto padre, y los jóvenes cazadores cargados con las presas se disponen a regresar al palacio. Sin embargo, la previsora Judith ha hecho construir y cubrir en medio del bosque un salón con follajes. Las ramas de mimbre y de boj, despojadas de sus hojas, forman el recinto y unas telas lo recubren. La propia emperatriz prepara sobre el verde césped un asiento para el religioso monarca y hace llevar todo lo que puede saciar el hambre. César, tras lavarse las manos en agua, y su hermosa compañera se tienden juntos en un lecho de oro y, por orden de este excelente rey, el bello Lotario y su huésped, el querido Heroldo, se acomodan en torno a la misma mesa. El resto de la juventud se sienta sobre la hierba que cubre la tierra y reposa sus fatigados miembros bajo la sombra del bosque. Se lleva, después de haberlas asado, las grasientas entrañas de los animales matados durante la cacería y las presas se mezclan con los manjares llevados por César. Satisfecha, el hambre desaparece pronto, se vacian las copas, y la sed, a su vez, es ahuyentada por un agradable licor. Un vino generoso extiende la alegría en todas esas valientes almas y regresan con un paso más osado al techo imperial. Apenas han llegado cuando extraen de nuevo de los dones de Baco un calor vivificante, y todos se dirigen a los santos oficios de la tade. Cantados con el respeto y la dignidad acostumbradas, Luis y su séquito retornan al palacio. Pronto se extienden por él oleadas de jóvenes que llevan y desean mostrar al monarca los trofeos de la cacería. Allí hay miles de cornamentas de ciervos, cabezas y pieles de osos, los cuerpos enteros de muchos jabalíes de largas cerdas, los gamos y la cervatilla derribada por los honorables golpes del joven Carlos. El rey, siempre lleno de bondad, distribuye este rico botín entre todos sus fieles servidores, sin olvidar asignar una parte considerable a sus clérigos.






(Heroldo somete su reino al imperio de Luis)

A la vista de todas estas maravillas, el huésped de César, Heroldo, da vueltas en su corazón a mil pensamientos diversos. Cuando ve caminar juntos, y respetados como deben serlo, los derechos del trono y los deberes hacia Dios, se emociona con el poder de Luis y la sinceridad de su fe. Finalmente, alejando de él todos los inciertos sentimientos que agitan su espíritu, abraza el partido que el mismo Dios le inspira. Por sí mismo, se prosterna a los pies del emperador y le dirige estas palabras que respiran una fidelidad sin reservas:

- Ilustre y poderoso César, tú, adorador del verdadero Dios y árbitro de los pueblos que este Dios omnipotente ha confiado a tus cuidados, reconozco cuán justamente eres célebre, gracias a la bondad del Señor, paciente, fuerte, religioso, temible por las armas y clemente al mismo tiempo. Veo que, colmado sin medida con los bienes de este mundo, no te muestras ni menos liberal con los pobres ni menos fácil y dulce hacia tus súbditos. Todas las virtudes, lo confieso, César, brotan de ti como de una fuente y tu corazón está constantemente regado por el rocío celestial. La dulce persuasión que mana de tus labios ha sometido mi cabeza al yugo de Cristo, me arrancó con sus consejos de las llamas eternas, me ha apartado a mí y a mi casa de los funestos caminos del error, en los que estábamos perdidos, y abreva nuestros corazones con las aguas de la verdad. Y no sólo esto: me devuelves el alma llena del Señor, el cuerpo cargado de riquezas, colmado de presentes en armas y objetos de todo tipo. ¿Quién podría hacer estas cosas si no estuviera unido al amor de ese Cristo que prodigó tantos bienes preciosos a un pueblo ingrato? Estoy convencido: tú sólo eres en la tierra el jefe de todos los hombres de bien, y es por este justo título que tienes el cetro del imperio de los cristianos. De la misma forma que a mis ojos todos los ídolos desaparecieron ante el nombre de Cristo, así todos los poderes de la tierra deben humillarse ante tu nombre. La formidable gloria de los siglos antiguos se eclipsará mientras que el señor del trueno conserve con todo su vigor tu imperio. Es posible que se encuentre otro príncipe que pudiera igualarte en la generosidad y en el valor guerrero, pero lo sobrepasarás en amor a Dios. Por lo demás, ¿qué hago? ¿por qué cuando hay que actuar me entretengo en vanos discursos? De poco me sirven las palabras para mostrarte toda mi admiración.

Esto dijo y, uniendo sus manos, puso su propia persona y el reino que tenía por derecho de nacimiento bajo el poder del rey de los francos.

- Recibe, César, añadió, el presente de mi perona y de los países sometidos a mis leyes. Es por mi propia voluntad que me someto a tu obediencia.

Entonces, el emperador toma en sus augustas manos las manos de Heroldo y fue así como el reino de los daneses se unió al imperio de los francos, tan conocidos por su piedad. Inmediatamente, el victorioso César regala a Heroldo las armas y un caballo, como lo requiere la vieja costumbre de los francos. Y ese brillante día ve renovarse las fiestas en la que los francos y los daneses forman una alegre comunidad.

(Nuevos presentes a Heroldo)

Luis, queriendo recompensar la piedad del fiel Heroldo, le prodiga los más ricos presentes; aumenta las fronteras de sus estados y les añade unas tierras fértiles en toda clase de productos, abundosas en caza, con lo que podría mantenerse en caso de guerra. A estos dones, el poderoso César suma todo lo que puede servir para realzar el brillo de las ceremonias del culto divino: vasos sagrados, ornamentos para los clérigos adscritos a las santas órdenes y para los sacerdotes, y los libros reconocidos como católicos. Su piedad no se detiene aquí y envía a los daneses unos monjes que ellos mismos se han ofrecido para conducir a este pueblo por el camino del reino de los cielos. Decir cuáles fueron estos presentes, su número y su riqueza, está por encima de las fuerzas de mi espíritu y mis cantos no sabrían dar cuenta de ellos.
















(Partida de Heroldo)

Los nautas, versados en el conocimiento de los signos que la onda muestra a los navegantes, cargan las naves de tesoros y víveres, regalos de una munificencia verdaderamente real. Ya los céfiros invitan a la vela a que se despliegue. El viento anima a la botadura y no permite ningún retraso, pues la llegada del invierno se anuncia con temibles presagios. Una vez cargados los barcos y renovadas las velas, Heroldo, colmado de honores, sube a su navío con el permiso de César; pero su hijo y su sobrino permanecen en el palacio del rey para cumplir con el servico de las armas y con los deberes impuestos a los francos, mientras que él, en su nave repleta de armas y de todo tipo de provisiones, retorna a través de las inciertas olas del mar al reino que heredó de sus mayores.

Así, Luis, aseguraste al Dios omnipotente unas conquistas preciosas y agregaste vastos estados a tu imperio. Los países a los que las armas de tus antepasados no pudieron someter por medio de ningún combate, se te han entregado voluntariamente; aquello que ni la poderosa Roma ni el valor de los francos sujetaron, tú lo posees y lo gobiernas como padre en el nombre de Cristo.

Más aún, esos órganos nunca tenidos por los franceses, de los que el imperio griego se enorgullecía con altivez y de cuya sola posesión se vanagloriaba Constantinopla, César, de sobrepasarte, ahora los tienes en tu palacio de Aix-la-Chapelle. Verse así despojados de su principal gloria, posiblemente anuncie a los griegos que un día deberán inclinar sus cabezas bajo el yugo de los francos. Aplaude, Francia, debes hacerlo, y rinde piadosas acciones de gracias a Luis, cuyas virtudes te garantizan tan grandes ventajas y que Dios Todopoderoso, creador del cielo y de la tierra, permita que el nombre de César sea celebrado por todo el universo durante muchos siglos.

(Milagros en la catedral de Notre-Dame, en Estrasburgo)


Mientras cantaba estos versos, atormentado por los remordimientos de la falta de la que me he declarado culpable, languidecía en las prisiones de Estrasburgo, esta ciudad dedicada a ti, Virgen María, de magníficos templos y donde la gloria que has esparcido sobre la tierra es, más que en ningún lugar, objeto de respetuoso culto. Con frecuencia, se dice, los poderes celestiales han visitado estos santuarios; con frecuencia se ha visto a los coros de los ángeles homenajear allí a la madre de Cristo y una gran cantidad de milagros se han producido allí; muchos se cuentan, pero conténtate, musa, con narrar algunos, si la piadosa Virgen se digna a inspirarte.

La guarda de la iglesia consagrada a María fue en otro tiempo confiada a Theutram, muy digno de este glorioso nombre, quien velaba noche y día ante el altar dedicado a la madre de Dios y dedicaba la mayor parte de sus horas a rezar al Señor. Por ello este sacerdote mereció, con el socorro de la bondad divina, ver frecuentemente a los ángeles, santos habitantes de los cielos. Una noche, tras haber recitado los salmos y los sagrados himnos, se echó sobre una cama para dar algún reposo a sus miembros rendidos por la fatiga. De repente, ve el templo brillar con una luz parecida a la del sol y como la que este astro esparce el día más sereno. Se levanta y busca saber de dónde pueden provenir las ondas luminosas que inundan el santo edificio. Un ave tan grande como un águila cubría el altar con sus alas extendidas, pero este pájaro no fue en absoluto engendrado en la tierra. Su pico es de oro; sus garras, de una materia más rica que las piedras preciosas; por sus alas se extendía el color azulado del éter y de sus ojos salía una luz cegadora. El santo padre, asombrado, no osa fijar su mirada en la de este ave, cuyo cuerpo y alas contempla con admiración y, sobre todo, sus deslumbrantes ojos. El pájaro permanece sobre el altar hasta el momento en el que los tres cantos del gallo se escuchan y llaman a los religiosos al oficio. Entonces, levanta el vuelo y, acto milagroso, la ventana frontal al altar se abre por sí misma para dejarle la libertad de salir del templo. Apenas se ha elevado hacia los cielos y toda la luz desaparece, lo que prueba, al eclipsarse, que este ave era un habitante del reino de Dios.

En otra época este sabio sacerdote tuvo una visión parecida, y esto que me han contado muchos religiosos despierta la admiración. Recitaba con su ordinario los salmos al pie del altar de esta misma iglesia  y empleaba en buscar a Dios en el fondo de su corazón en las horas en las que las tinieblas ya cubrían la tierra. Algunos de sus discípulos, a quienes la guarda del templo había sido confiada, velaban con él y cumplían con los deberes a los que la campana los llamaba. He aquí que de repente el estrépito del trueno y un viento espantoso agitan con sus golpes los altos techos del santo edificio. Los discípulos caen aturdidos en el polvo; temblando, y con el espíritu demudado por el miedo, se prosternan de cara al suelo; pero el intrépido sacerdote eleva sus manos hacia el cielo y quiere esclarecer la causa de este extraordinario ruido. Ve abrirse la bóveda del sagrado templo y permitir la entrada a tres hombres que irradiaban luz, cubiertos de cándidos vestidos y cuyos miembros eran más blancos que la nieve y que disputaban a la leche su color. El que entró el último, mayor que los otros dos, avanza piadosamente apoyado en ellos como en sus servidores. Nada más tocar el suelo, marchan religiosamente hacia el altar de la santa Virgen y entonan en voz alta unos cantos a la manera de simples humanos. Seguidamente visitan los otros altares. A la derecha de la iglesia, hay uno bajo la advocación de Pablo; a la izquierda, otro lleva el nombre de Pedro; a un lado está el ilustre doctor; enfrente, el depositario de las llaves del cielo; entre ambos brilla en todo su esplendor la augusta madre de Dios. El arcángel Miguel y la santa cruz ocupan el centro de la nave y en el extremo se ve en toda su gloria a Juan bautizando al ungido del Señor. Los habitantes de los cielos dirigen sus oraciones a estos santos, cuyas almas verán con frecuencia en presencia de Dios. ¿Quién puede, en efecto, ser tan ignorante e inensato como para creer que no se debe ningún culto a los cuerpos de los santos fundadores de la Iglesia? ¿No es a Dios a quien se adora en estos servidores, objetos de su amor, cuya intercesión nos ayuda a alcanzar lo reinos de los cielos? Sin duda, Pedro no es Dios, pero, y lo creo firmemente, las plegarias de Pedro pueden conseguir que la pena por mis pecados me sea perdonada. Mientras estos tres hombres recorrieron el templo dedicado a María, la cúpula de la iglesia permaneció abierta; pero, apenas habían cumplido sus santas tareas y ascendieron hacia el  cielo, cuando esta misma bóveda, cerrándose sobre ella misma, tomó su antigua forma. El santo padre, tras este milagro, va a ver a sus compañeros, a quienes el estupor de sus almas mantuvo todo el tiempo pegados al suelo.

- Levantaos, hermanos, dijo, ¿qué infortunio os ha forzado a dormir cuando debías velar?

Apenas pueden dejar escapar algunas palabras a través de los sollozos que los sofocan y todos declaran ignorar cómo les ha sorprendido ese sueño.

- Valor, prosigue su maestro, recordad este día y esta hora porque lo que ha ocurrido puede anunciar nuevos acontecimientos. Por lo que puedo creer, sin duda este milagro indica que un santo pontífice, revestido con una de las más honorables dignidades de la Iglesia, ha sido transportado por un coro de ángeles a los reinos de los cielos.

Y, en efecto, cosa verdaderamente milagrosa, en el tiempo durante el cual el santo padre tuvo esta visión, falleció el célebre Bonifacio mientras intentaba someter al yugo de la doctrina de Cristo los férreos corazones de los frisones y encaminar a este pueblo hacia el cielo. Esta nación, profundamente gangrenada, inmoló a este santo hombre capaz de sanar el mal que lo devoraba y por esta muerte le fueron abiertas las puertas del reino de lo alto. Mientras Ascendía al cielo con sus dos compañeros de martirio quiso, Virgen santa, visitar tu templo.

(Súplicas finales)


Oh tú a quien los cielos admiran por tu tan gran virtud, cuyo poder es tan grande sobre la tierra y quien has sido juzgada digna de parir al Salvador del mundo; tú cuyo altar ha escuchado frecuentemente mi respetuosa plegaria, acude en mi ayuda y, por muy pequeños que sean mis méritos, pon fin a mi exilio; y si las glorias de este mundo me siguen huyendo y siéndome crueles, permite que, bajo tu guía, pueda elevarme hasta las esferas celestes.

Ermoldo, exiliado, indigente e infeliz, te ofrece, César, esta muestra de su grosera y discordante lira; a falta de otros presentes que pueda hacerte, pone estos miserables versos a los pies de tu omnipotencia, pues en su pobreza sólo puede presentarte estos cantos. Quiera Cristo, que tiene en su mano los corazones de los reyes, los llena con su gracia y cambia como quiere sus pensamientos, que ha hecho florecer particularmente en el tuyo todas las virtudes y lo ha colmado de la más eminente piedad, inspirarte, ilustre monarca, para que dirijas una mirada favorable sobre mi miseria y prestes un benevolente oído a mis súplicas. Quizás la verdad de mis palabras pueda convencerte de que soy menos culpable de lo que crees del crimen que se me imputa. No creas, sin embargo, que pretendo excusarme de la falta que me arrojó a un cruel exilio; me contento con pedir que esa clemencia sin límites, que perdona a tantos criminales los castigos que merecen, se digne acordarse del destierro en el cual languidezco. Y tú, bella Judith, digna esposa de tal príncipe, tú que te sientas con justo título junto a él en la cima del imerio, concede tu protección a mi desgracia, consuela a un infeliz retorcido de dolor; levántame de mi caida, rompe los hierros de este culpable y quiera Dios, quien truena desde los altos de los cielos, guardaros a ambos y colmaros de grandezas, riquezas, honores y amor durante muchos años.



FIN DEL POEMA DE ERMOLDO EL NEGRO



Notas


(1) En el 781.
(2) En los Champs de Mai.
(3) En el 801.
(4) Sancio; es decir, Sanche. Este Loup-Sanche probablemente fue el nieto de aquel otro Loup, también duque de la Gascuña, que en el 769 entregó a Carlomagno a Hunold el aquitano, refugidado en sus tierras.
(5) Quizás el mismo Bigon que después sería nombrado conde de París.
(6) El monasterio de Conques, en el obispado de Rhodez.
(7) Zaddon, Zade, Zate.
(8) Patriarca de Aquilea.
(9) En el 813.
(10) En el 814.
(11) El castillo de Doué.
(12) Abad de Saint-Germain-des-Prés, uno de los signatarios del testamento de Carlomagno.
(13) En el 816.
(14) Esto se refiere a los años 816 y 817.
(15) San Benito, abad de Aniane o Saint-Aignan en Languedoc, en la diócesis de Maguelonne, hacia el el 780; despué de Inde o Saint-Corneille, cerca de Aix-la-Chapelle, hacia el 816. Muerto el 11 de febrero de 821.
(16) En el 818.
(17) Conde de Nantes.
(18) Conde de Angers.
(19) Obispo de Orleáns.
(20) Abad del monasterio de Saint-Aignan de Orleáns.
(21) Abad de Saint-Martin de Tours.
(22) Este libro titulado De vita clericorum et sanctimonialium fue redactado, a instancias de Luis, por los Padres del Concilio de Aix-la-Chapelle, celebrado en el 816.
(23) Béra.
(24) En el 820.
(25) Sanila.
(26) En el 822.
(27) En el 824.
(28) Luis el Germánico, rey de Baviera desde el año 817.
(29) En el 826.
(30) Dom Bouquet piensa que se trata de San Clemente I, papa desde el año 91 al 100 y al que se atribuye diferentes obras que contienen preceptos sobre los deberes de los sacerdotes.
(31) El que lleva el portero jefe de palacio (summus ostiarius).
(32) Canciller de Ludovico Pío y abad de Saint-Martin de Tours.

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Esta edición, realizada por José Luis Gamboa, está bajo una licencia de Creative Commons.