Dos fantasmas


Léon Bloy



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Pocas cosas fueron tan tristes como la ruptura de aquella amistad.

La señorita Cléopâtre du Tesson des Mirabelles de Saint-Pothin-sur-le-Gland y miss Pénélope Elfrida Magpie se amaban desde hacía treinta inviernos. Incluso habían terminado por parecerse.

La primera pertenecía a la raza equina de esos resabiados invendibles y sin perdón a los que ningún holocausto apacigua.

Había escrito una veintena de volúmenes de sociología o de historia y reventado bajo ella un igual número de editores. No había suficientes cajas en los muelles para recoger sus tomos, que periódicos agonizantes regalaban a sus abonados y cuyo acartonado poco precioso los hacía aptos para recompensar la apliacación de los jóvenes alumnos en las entregas de premios.

Hija de un correoso traductor de Homero, cuya muerte sólo ella sentía, y de una espantosa mujer agitada por los solsticios que se creía una antigua espía, esta Corinne de los sacórfagos siempre lamentó no haber podido desposarse con un hombre célebre por el que se creyera adorada.

Habiendo sido hermosa in illo tempore según algunos paleógrafos, se había resignado, temblando, a plantar el árbol de la libertad filosófica en medio de sus propias ruinas.

Siempre vestida de negro, hasta la punta de las uñas, y los cabellos recogidos en nido de cigüeña, los raros pedazos de ella que una urbanidad completamente británica le permitía mostrar estaban pegajosos bajo una capa espesa de mugre cuyos primeros aluviones se remontaban sin duda a la Revolución de Julio (1).

Su rostro recordaba a una patata frita rebozada en raspaduras de queso. Sus manos hacían pensar que había "desentarrado a su bisabuela", como dice un proverbio escandinavo.

Toda su persona exhalaba el olor del rellano de un atestado hotel de vigésima categoría, en el sexto piso.

Sin embargo, era muy admirada por un grupo de jóvenes inglesas cuya independencia estaba asegurada por la cría de animales o el tráfico internacional de esos preciosos negros que blanquean al envejecer.

Venían desde diversos puntos de Reino Unido a casa de la señorita Tesson para aprender literatura y las elegantes maneras del gran siglo, de las que ella era la última y más ilustre profesora.

Esperaba que esas graciosas discípulas fueran más sus amigas que sus alumnas. Posiblemente persuadida por su experiencia personal de que el corazón de de una jovencita es un pozo sin fondo de infamias y maldades, las incitaba a la confianza, les atizaba con preguntas extrañas, con peticiones sugestivas y corruptoras; se convertía en la acomodadora de sus almas.

A cambio de las confesiones, de las que estaba sedienta, ofrecía su protección. Como tenía fama de mujer muy superior, los pajarillos ordinariamente se dejaban sonsacar no sólo su propia historia, sino las más o menos escabrosas de sus padres o de sus próximos.

La señorita deu Tesson se decía católica, pero no aprobaba la misa y hablaba con vivo entusiasmo del protentastismo.

***

Miss Pénélope vivía exclusivamente para asegurar la felicidad de los otros. Esta escocesa, informada de la inexistencia de Dios, adoraba un con un mismo fervor a todos los habitantes del planeta.

Se la veía sin cesar por las calles llevando el consuelo a unos y otros. No podía oír hablar de una catástrofe, de una enfermedad o de una aflicción sin que rápidamente se lanzara a fin de repartir sobre los dolientes o los caídos sus consejos y su compasión.

Habría querido estar en todas partes a la vez y a veces a fuerza de diligencia, llegó a dar la impresión de ubicuidad.

A la misma hora, se la encontraba en la cabecera de un agonizante, en la recepción de un inmortal, en la escalera de un editor o de un periodista, en el salón de algún judío, en la apertura de un testamento o detrás del ataúd de un muerto.

Así se colaba, penetraba en la vida de una multitud, que terminaba por suponerla indispensable para no se sabe qué misterioso equilibrio.

Algunos, ciertamente, la creían un ángel, pero de una clase, es verdad, no catalogada por San Dionisio Aeropagita, acantonada a una distancia infinita del Trono de Dios, en una estepa desolada del cielo donde los ríos, las fuentes vivas y el jabón de Marsella eran desconocidos.

¡Eso es! Un ángel sucio. Pienso que tal fue el origen poco conocido de la atracción que hizo orbitar a este loco planeta alrededor de la estrella fija Cléopâtre considerada como un astro sabio.

Habría sido difícil pronunciarse sobre cuál de las dos superaba a la otra en inmundicia. Era un concurso de suciedad, un combate de porquerías, un antagonismo de manchas y sedimentos impuros, una competición de pulverulencias, un conflicto de rotos y de colgajos, un torneo de exhalaciones zorrunas y de relentes.

Estas dos criaturas se amaban, además, sin obcecación y se juzgaban siempre con una independencia extrema.
- Esta Pénélope es, en verdad, muy cochina, pregonaba la du Tesson. Sería necesario una draga para limpiarla.
- No concibo, silbaba a su vez miss Magpie, que nuestra querida Cléopâtre se abandone hasta ese punto. Parece que haya decido inspirar repulsión. La administración de los servicios municipales de limpieza debería enviarle un equipo.

A pesar de esto, estaban infinitamente bien y su amistad marchaba viento en popa.

***

Un asunto grave, sin embargo, las separaba: Cléopâtre creía en el casamiento, no importa en qué altar.
- Mientras no se viva la "doble vida", decía, no se vive en realidad. Físicamente, una mujer sin marido no respira más que por arriba...

Con una gran paciencia y una altura de miras difícilmente igualable, desarrollaba a sus insulares este importante axioma.

Al contrario, Pénélope declaraba que el matrimonio es un estado de ignominia y que la pretendida necesidad de acostarse con un hombre es una abominación insostenible.

Estas dos vírgenes incorregibles discutían, por lo tanto, frecuentemente sobre este asunto. Pero la victoria era siempre para la devoradora Cléopâtre, quien demolía, divirtiéndose, las objeciones de su adversaria.

Sólo le daba la razón en una cosa: la evidente inferioridad de los hombres. Y esto producía tanto placer a Miss Magpie que la discusión terminaba.

Bien que mal, admitía que la unión de los sexos es una ley fisiológica y que el legitimísimo horror de las mujeres distinguidas hacia esta repugnante cópula sólo es invencible en apariencia.
- La literatura está falta de mujeres,concluía con energía la doctora, y el matrimonio es la única forma de remediarlo. ¡Al tuntún! Mala suerte si pone hombres al lado.

Un día, a espaldas de su amiga, Cléopâtre abrió una agencia matrimonial. Una pequeña agencia muy discreta que sólo mostraba sus ofertas y demandas en periódicos de una corrección irreprochable.

Un prospecto anónimo en papel rosa informaba a los amadores que El Ángel guardián del hogar no proponía más que "matrimonios de amor". Rechazaba pringarse en las artimañas del dinero, no ofrecía virginidades dudosas ni hacía brillar los ojos de los aventureros con racimos de millones.

No. El Ángel guardián tenía como misión exclusiva acercar "corazones de élite" que, sin él, nunca se hubieran conocido, facilitar encuentros y charlas de una garantizada inocencia. Reclamaba los candores ignorados, los lises en la sombra, las almas puras y magulladas que el mundo no comprende. No se prestaba, en definitiva, más que a uniones completa y absolutamente ireprochables.

Esta noble empresa tuvo cierto éxito. Las viejas purezas, temblorosas de esperanza, salieron de sus antros y corrieron a vaciar sus ahorros en las manos de Cléopâtre.

Una institutriz ginebrina muy austera y un viejo afabilísimo recibían las visitas y redactaban la correspondencia.

La fundadora no hacía acto de presencia más que en los casos difíciles en los cuales la elocuencia era necesaria. Se hacía llamar entonces Madame Aristide.

Un hermoso día, "en la época en que todo ama y se reproduce", Pénélope, sí, la propia Pénélope, se presentó reclamando también el esposo ideal...

Desgraciadamene, yo no estaba allí, pero parece que sus exigencias fueron excesivas y que se hizo necesaria la intervención de Madame Aristide.

¡Qué encuentro y qué escena! Cléopâtre -enrabietada por su anonimato desvelado- y Pénélope -furiosa por haber sido sorprendida en flagrante delito de concupiscencia- vaciaron de golpe sus almas, sus verdaderas almas de harpías, mil veces más fétidas y más odiosas que sus carcasas, y recíprocamente se las volcaron sobre la cabeza como orinales.





(1) Toma de la Bastilla.


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Esta traducción, realizada por José Luis Gamboa, está bajo una licencia de Creative Commons.