Dánae o la desgracia



Traducción realizada a partir del texto de la primera edición conjunta del Crépuscule des Nymphes, à Paris, aux Éditions Montaigne, 1925.

A Ferdinand Herold.


Aquel día hacía buen tiempo.

La tristeza producida por la narración de la víspera se desvaneció con la bruma; las mujeres corrían por el bosque y en el camino estallaban las risas.

La exuberancia de esta primavera hacía que se doblaran las ramas de los árboles y que los prados se desbordaran a lo largo de los estrechos senderos. Las flores, rozadas al pasar, dejaban manchas amarillas en los bajos de las túnicas. Un mar de violetas bañaba los pies de los cedros: los paseantes se tumbaron en círculo.

Y como había llegado el momento de poblar este bosque desierto con personajes fabulosos, Rhéa, joven sin rodeos para quien las palabras no tenían sentidos profundos, creyó expresar el deseo de todas al pedir a Thràses "un cuento sobre la felicidad".

- Sí, sí, gritó Lampito.

Pero Amarilis repuso:

- No, no. De ninguna manera. No hay que hablar de la felicidad. Quien lo hace de la propia, la pierde palabra a palabra; quien de la ajena, aumenta su tristeza. Es una historia sobre la infelicidad, lo que os contaré hoy. La desgracia no se esparce como la piedad, que es dulce y bienhechora. En los infortunios de Dánae cada uno reconocerá los suyos y os sentiréis felices al recordar las penas perdidas.

Sin responder, todos la rodearon y ella prosiguió así:

I


Cuando Dánae, madre de Perseo, abandonó las orillas de la Argólida, estuvo mucho tiempo en la popa viendo alejarse la tierra y crecer las olas poco a poco.

Su padre la subió desnuda a un alargado barco negro con su hijo recién nacido y dos pequeños óbolos funerario a fin de que pudiera pagar el peaje del otro barco, cuando la noche de la muerte llenara sus ojos por causa del hambre, el frío o el oleaje.

Aunque no tenía mástil ni vela, el viento impulsaba con rapidez la vacía y ligera embarcación. Una gaviota de alas curvas la siguió durante algún tiempo con un vuelo irregular, después volvió a la tierra.

Entonces Dánae se sintió completamente sola y, las manos sobre los ojos, se deshizo en lágrimas.

Sin embargo, no lloró mucho, pues tenía un alma sencilla en la que el dolor aún no había entrado. La vocecita de su hijo la hizo volverse, sonriente. Tomó la bebé, lo acostó boca arriba sobre el tejido de lana que cubría el suelo de la barca y se puso a jugar.

Cogió al niño como a una muñeca de cera, se asombraba de sus grandes ojos redondos, de su boca sin dientes que quería hablar, del pliegue rosado de su puño y de sus uñas, tan pequeñas que parecían alas de moscas.

Bruscamente, lo apretó entre sus brazos hasta casi ahogarlo, apretó su cabecita calva, sus piernecitas, sus rollizos piececitos; lo hacía caminar sobre ella, saltar, correr, caer, rodar. Lo envolvía en sus cabellos y, poniendo un dedo sobre sus labios, le provocaba la risa.

Finalmente, dijo:

- Escucha, te voy a contar tu historia.

No era probable que el niño la comprendiera, pero, como tenía naturaleza divina, nada es imposible para los que provienen de los grandes Olímpicos.

Ella prosiguió así:

- Soy Dánae, hija de Acrisios, que reina la tierra de Argos. Mi madre es la sabia Eurídice y no tengo hermanos que porten aladas flechas ni hermanas de bucles adornados con violetas.

Recuerdo haber jugado, cuando niña, en las riberas del Inakhos, donde se dice que Artemisa se bañara, y en los bosques del Artemisón, donde cazaba rubias ciervas. Tenía amigas, tenía esclavos; cuando recorría las calles, las mujeres tendían hacia mí sus manos. De repente, me encerraron y ya no volví a ver el agua ni la tierra.

Me encerraron en una torre tan alta que ni siquiera el jaleo de las fiestas de Baco llegaba hasta mí. El techo de mi cámara tenía barrotes, a través de los cuales veía el cielo.

Y así crecí, sola con mi niñera, entre el cielo y la alfombra. Tanto tiempo viví allí, que olvidé la tierra y el viento entre los árboles y el color del agua. Sólo veía el cielo, pero ¿qué no se ve en el cambiante cielo? Por la mañana, cuando me despertaba, era como una cortina roja sembrado de florecillas verdes. Las nubes nacían, pasaban, flotaban, se mezclaban o se deshacían. A veces, antes de que desaparecieran, les daba nombres; pero eran amigos de un momento y, como una copa de vino vaciada en el río, se disolvían con el rápido viento. Tras ellas, el cielo parecía más claro, casi blanco alrededor del sol, o, mejor, de un color cuyo nombre ignoro: el color de la luz.

El niño comenzó a llorar. Lo meció. Se calló.

- La tarde era un gran mar púrpura en el que las alargadas nubes se bañaban como hermosas mujeres, con cabelleras y echarpes amarillos. La noche eran las estrellas.

Fue de lo alto, del lejano cielo, que descendió hasta mí la misteriosa lluvia...

Cerró los ojos y sonrió dulcemente, absorta en un perezoso recuerdo. Cuando los volvió a abrir el niño dormía. Entonces guardó silencio. No le contó cómo su embarazo inexplicable había despertado los temores seniles de Acrisios, a quien un adivino predijo que moriría a manos de su nieto. No le contó cómo, durante cuarenta semanas, había sentido crecer en ella el fruto de ese amor maravilloso. Ni cómo, nacido el niño, el rey los desposó -a ella y a él- con la muerte, por el hambre, el frío o el oleaje.

Por otra parte, ¿pensaba aún en ello? La influencia sobrenatural que hizo nacer a Perseo, ¿no la salvaría de los peligros y no debería someterse a la omnipotencia de los dioses?

El pequeño, despertándose, movió los bracitos y comenzó a llorar. Recordó que desde la mañana no lo había alimentado. Se inclinó sobre él y le dio el pecho. El calor era sofocante. Dánae temió que tanta luz molestara al bebé y, por segunda vez, lo cubrió con su cabellera espesa y dulce.

El tiempo pasaba lentamente. Argos y Tirinto habían desaparecido. A derecha e izquierda, las orillas del golfo -lejanas como el horizonte- se confundían vagamente con las flotantes brumas. A ratos, un rápido delfín saltaba por completo fuera del agua y se volvía a sumergir. Otras veces eran las verdes algas las que se arremolinaban contra la proa, cuyos trozos ondulaban a lo largo de la doble estela. Dánae las apartaba con la mano y se preguntaba si el húmedo ramo que tenía entre sus dedos no habría servido como corona para la frente de algún dios marino.

Llegó la tarde. No había velas en el mar. El sol estaba cubierto por una resplandeciente nube en la que había un rayo de luz que parecía surgir de las aguas. Una gran sombra se cernía sobre el Mediterráneo. Las olas se ablandaban como presas de somnolencia. El barquillo apenas avanzaba. Dánae incluso se preguntó si no se habría detenido. De repente, cesó el viento.

Dánae, que había soltado al niño, lo volvió a tomar en sus brazos quiso amamantarlo ota vez. Sin embargo, no pensó que desde la mañana ella no había comido nada. Su leche casi se había agotado. El niño comenzó a llorar.

Lo miró, después sus pechos y el mar. Nada más espantoso durante la navegación que el silencio: tuvo un escalofrío. No vio nada vivo a su alrededor. Parecía que el muno había desaparecido y que estaría sola por siempre. Remojó su mano en el agua: el agua misma estaba inmóvil.

Quiso cantar, pero no reonoció su propia voz y se calló rápidamente.

Entonces tuvo miedo y se tendió en el fondo de la barca para no ver más que el cambiante cielo, como en su habitación de la torre. Así se durmió.

II


Ascendía la noche por el oeste como un vapor azul. No había luna. Tímidamente aparecieron las estrellas aquí y allá como gotitas. La mar estaba tan en calma que incluso reflejaba la luz más indecisa, y la baquilla parecía suspendida en el centro de una esfera celeste.

De pronto, este espejo se enturbia y si Dánae no hubiera estado dormida, sin duda un escalofrío la habría hecho temblar: una mano surgió de las aguas.

No era una mano como las de las mujeres de la tierra, pues era azul por fuera y de palma dorada, como si hubiera acariciado el sol sumergido en el mar.

La mano se elevó y se asió al borde de la barca. Apareció un brazo entero y pronto flotaron en las aguas los primeros rizos de una cabellera verde. A continuación emergieron unos ojos húmedos y una boca y un reluciente cuerpo. Era Ferusa, la del dulce mirar, una de las divinas Nereidas.

Tomó el bebé en sus brazos, ciertamente no para llevárselo, sino para salvarle la vida, pues introdujo entre sus labios el erecto pezón de su fresco pecho, y el niño chupó y fue saciado.

Después surgió, no menos bella, mas su igual por la gracia de sus manos y de sus brazos, la perfecta Evagoré, nacida como la primera del viejo Nereo y de Doris, la de los hermosos cabellos. Llevaba en sus manos una mantilla de clara púrpura con la que cubrió al infante para que el mortal soplo de la noche no lo hiciera descender antes de la hora fijada a las negras moradas subterráneas.

A continuación vino Autonoe, la de buen carácter, quien tomó al niño y lo meció sobre las aguas. Después Noso y Kymothoe, Aktaie, Protomedeia, las cuatro irreprochables; y trajeron con ellas del más profundo abismo una vasija tan grande y tan resplandeciente que ni los buceadores más audaces vieron algo igual. Y Psamathe también ascendió, Psamathe de manos transparentes, y Melite, la de las uñas verdes, y Thalía, de rojas orejas. Y tomaron dulcemente a la dormida Dánae y la depositaron en la acampanada vasija sobre un lecho de blandas algas y flores submarinas. Y Proto, que supera a todas sus hermanas en la natación, y Eukrate, la de los tiernos labios, y Sao, que hace sonar la caracola, y Speo, cazadora de delfines, arrastraron la barca por la popa y el mar estéril entró en ella y la engulló. Las restantes Nereidas emergieron entonces de golpe: Erato, que arroja al mar las rosadas hojas del crepúsculo; Euneike, cuyos cabellos detienen a las rápidas embarcaciones; Anfitrite, cuyos brillantes ojos se muestran en los huecos de las verdes olas; Galena, que sabe calmar la marejada; Pontoporeia, que solivianta las aguas; Nesaie, que pareció una isla a los viajeros de la Occitania; Themisto, que se apoderó de la estrella Iryllis y la usó como anillo de su blanco dedo; Kymatolege, que recolecta y bebe la suave espuma; Lysianassa, que da órdenes en el tenebroso fondo del Océano; Hippothoe, que deja pasar las negras naves entre sus desnudas piernas sin que los más altos mástiles la toquen; Doris y Halimede, que se cogen de la mano; Evarné, la de las largas pestañas; Ágave, de dedos ligeros.

Cuando estuvieron todas reunidas como una gran nube flotante en torno al recipiente lunar, apareció el Gran Viejo del Mar: era Nereo, coronado de algas, el inmortal del que había nacido la encantadora raza de las diosas.

Hizo una señal y el cortejo de sus hijas lo siguió y entre ellas flotaba, arrastrada, la vasija, llena de glauca claridad, donde dormía la blanca Dánae con el pequeño Perseo, salvado de las aguas inexorables.

La aparición de figuras divinas se continuó desmesuradamente. Se vio surgir a Proteo y sus monstruosas focas, nacidas de la bella Halosydne; Atlas, que sería vencido por el niño; Thaumas, el brillante esposo de Electra y padre de la cerúlea Iris y de las tres vírgenes Harpías: Ino-Leucote, que abandonó la inmortalidad a causa del amor por su hijo Melicerto; Glauco, que ama a Escila; Caribdis, temible para los marinos; y Porcis, dios de las tormentas y de la muerte en el mar.

Los más terribles de estos dioses se habían apaciguado para llevar a tierra firme a la joven envuelta en el sueño. La oscura muchedumbre de los hocicudos tritones de callosas manos nadaba más dulcemente que un banco de sardinas. Habían rellenado la torcida boca de sus conchas para que ni siquiera la brisa matutina hiciera sonar un lejano rumor, y avanzaban suavemente como si temieran el movimiento del mar. La estela de esta multitud se extendía entre los dos horizontes.

III


Cuando Dánae se despertó, su niño estaba acostado entre sus bazos y ella misma reposaba en un lecho real de biseles púrpuras. A las primeras preguntas que hizo, le respondieron que las divinidades del mar la habían llevado a la isla de Sérifos, donde reinaba desde hacía poco tiempo el héroe Polidectes, en cuyo palacio se encontraba.

Alli vivió, crió a su hijo, tejió la lana y recolectó rosas. Su vida era feliz y sin sobresaltos. Para permanecer fiel al recuerdo del Oro, rechazó incluso la mano del rey. No hablaba con nadie, excepto con su vieja niñera, que de Argos había venido para encontrarse con ella y que ya no la abandonaría jamás.

El niño crecía. Doce años habían pasado. Le dieron un arco, unas flechas y una espada pequeña y afilada. Pasaba los días solo, dedicado a la caza y, a veces, vagando por el extenso bosque, poblado de bestias, algunas divinas. En estas oscuras salidas hacía matanzas milagrosas.

Una tarde volvió corriendo, empapado en sudor y manchado de sangre. Dos pezuñas de macho cabrío sobresalían de su aljaba. Nada más ver a Dánae, gritó:

- ¡Buena caza, madre! He recorrido durante todo el día el bosque tras este sátiro insolente que se rio anteayer de mi labio desnudo y de mis pálidas piernas. Le seguí el rastro a través de la mullida tierra  y de las piedras arañadas por sus pezuñas. Lo encontré a la entrada de su cueva. Colgué mi arco de una rama y luchamos cuerpo a cuerpo. Era fuerte, madre. Su abrazo me ahogaba, pero cogí todas mis flechas y de un solo golpe las hundí en su flaco costado. Lanzó un gran grito y cayó sobre la hierba como un jabalí herido. Entonces le corté las dos patas y las traigo como trofeo.

Dánae se estremeció por la impiedad del niño y la vieja nodriza se tapó los ojos, pues veía en este acto insensato el presagio y la advertencia de una gran desgracia futura. En efecto, al día siguiente ocurrió el fatal suceso.

De todos los jardines, de todos los palacios, de todas las riquezas de Polidectes podía disfrutar Dánae, excepto de un sendero, de una puerta, de una gruta.

Desde hacía muchos años, ella soñaba con la prohibición tajante sobre este úico punto del país, y había acabado por imaginar que esta pequeña cueva prohibida encerraba toda la felicidad que no poseía, todas las alegrías deconocidas que ella deseaba más que su propia vida.

Ese día recorrió el sendero.

Abrió la puerta.

Descendió el primer peldaño.

El segundo.

Hasta el último.

Llegó la niñera y le gritó:

- ¡Dánae! ¡Dánae! Te equivocaste al venir. No debías bajar, Dánae. Te lo habían prohibido, lo sabes. ¿Por qué siempre quieres hacer lo que te vedan? Hay un solo lugar en el mundo al que no debes acercarte y es el que ansías ver... Nunca sales, nunca abandonas tu habitación excepto cuando el sol se pone o cuando estalla una tormenta. No vas a las otras ciudades. Nunca se te ve por los campos. Nunca habrías venido aquí, nunca lo habrías deseado si no te hubiera dicho que Polidectes lo prohibió. ¿Por qué lo hice? ¿Por qué te hablé si nada me preguntaste? Estoy segura de que esto recaerá sobre ti. Dánae, escúchame una vez más. Sé por qué te prohibieron lo que has hecho hoy. No puedo decírtelo, pero lo sé, lo sé, lo sé. Es por tu felicidad. Te lo juro por tus hermosos cabellos que he visto crecer, por tus bellos ojos que tantas veces dormí, por tu deliciosa boca que alimenté cuando te tenía desnuda en mis brazos como un pequeño Eros de cera. ¡Dánae! ¡Dánae! No bajes el último peldaño. No entres en la gruta. No abras las puertas. No toques las cerraduras. No gires los pomos. Es tu desgracia lo que guardan, es el dolor de tu vida. Cuando uno conoce su infortunio, hay que olvidarlo para siempre. Cuando lo ignora, no hay que buscarlo. ¡Dánae, vuelve! Apaga tu lámpara, vuelve a la claridad, ven para acá, no regreses aquí nunca, nunca pienses en ello. No vayas hacia la muerte. No vayas hacia la noche.

Con una voz lenta, Dánae repondió:

- El aceite se ha derramado en mis manos. Ha caído sobre mi pie desnudo. Tiemblo. Nodriza, ¿ves? Toma mi lámpara, ya no puedo llevarla. ¡Oh! Estoy toda cubierta de perfume. Habría debido verterlo en mis manos. Pero necesitamos la lámpara. Ilumíname, nodriza.

La niñera se lamentó:

- Ha entrado. Era su destino que entrara. Era su destino que fuera infeliz. ¡Tened piedad de nosotros, benevolentes divinidades!

Y Dánae respondió:

- Sé lo que hay tras esta puerta. La desgracia es siempre lo mismo. Es una vieja felicidad que no quiere volver...

Y, como en sueños, continuó:

- ¿Qué felicidad tuve nunca que fuera igual a ésta? Sé bien lo que va a suceder. Es decir... No lo sé, pero lo intuyo. Ilumina un poco más arriba, nodriza. Voy a abrir la puerta.

- No es la entrada de una tumba. Es algo más horrible... Es... ¡Oh! No puedo decírtelo. Lo verás, Dánae. Es tu destino que lo veas por ti misma. No te lo puedo impedir. Ni tú misma podrías ya alejarte de aquí.

- La puerta no es pesada. Los goznes giran suaves. Debe abrirse con frecuencia, ¿no? ¿Cómo puede ser que se trate de mi infortunio y que nada se refleje en los ojos? Puede que sea una desgracia para mí sola y un bien para los demás. La puerta está cediendo. Sólo tendría que empujarla con la punta de un dedo. Siento que se va a abrir ella sola... ¿Lo ves? ¿Lo ves? ¿Lo ves?...

Un torrente de piezas de oro se derrama sobre ella desde la gran puerta abierta. Lanzó un grito espantoso:

- ¡Ah!... ¡Zeus!... ¡Oh!... ¡Oh!... ¡Oh!... ¡Mi amante!

Se arrojó sobre el tesoro torrencial.

- Así debía suceder, dijo la nodriza.

Dánae se había arrancado su túnica, su cinturón, sus cintas bordadas.

- ¡Zeus adorado! ¡Zeus amante! ¡Tierno Zeus! Por fin vuelvo a verte, como entonces, en una prisión. ¡Eras tú, dios fulminante, quien se escondía en esta noche subterránea! Desde que se me dejó libre, eras tú quien ha querido encerrarme, y yo moría bajo el sol ignorando el retiro donde se escondía el esplendor por el que Perseo creció en mi seno. ¡Amante! ¡Amante! ¡Estoy aquí! ¡Despierta! ¡Toma vida! ¡Levántate! ¡Soy Dánae! ¡Dánae!...

Se revolcaba por entre el metal helado.

- ¿No me oyes? ¡Qué frío eres! Mis manos parecen tocar nieve. ¡Ah! ¡Ah! No me reconoce ya. Nodriza, no es él. Dime que no es él... Había adivinado lo que ocurriría...No veo... Me duelen los brazos...

- Ven, Dánae, dijo la niñera. Sube deprisa. No debes estar mucho más tiempo aquí.

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Esta traducción, realizada por José Luis Gamboa, está bajo una licencia de Creative Commons.