La Casa sobre el Nilo o 

las apariencias de la virtud


Traducción realizada a partir del texto de la primera edición conjunta del Crépuscule des Nymphes, à Paris, aux Éditions Montaigne, 1925.

A Claude Debussy.



... Es muy extraordinario, dijo Ronquentin, ¿y qué ha hecho?
- ¡Oh! Lo que se debe en semejante situación. Arrojó su pistola al suelo con expresión de arrpentimiento. La arrojó tan fuerte que ha roto el gatillo. Es un pistolón inglés de Manton. No sé si podrá encontar en París un armero capaz de hacerle uno.

P. MERIMÉE




AMARILIS se tendió lánguidamente sobre el musgo y el extremo de su rama de sauce tocó la mano del más joven de los hombres.

Clinias, dijo ella, te toca hablar. Quiero un cuento tuyo.

Clinias dudó un momento.

He memorizado las leyendas que todo el mundo conoce; pero no sé, como Thrasès, adaptarlas a mi espíritu ni, como tú, Amarilis, rehacerlas por la gracia de las palabras. Narraré lo que me contó mi amigo Bion de Clazomene a su vuelta de Etiopía.

- ¿Es una historia verdadera? Preguntó Rhéa.

- Sí, pero me gustaría que la considerarais una fábula y que los personajes os parezcan surgidos de la sombra de los símbolos. Si tuviera algún talento, poco sentido necesitaría para hacer de esta corta historia un poema en hexámetros. Posiblemente, sólo generalizarla.

El sol brillaba muy ardiente por encima del alto bosque y el frescor bajo las hojas era, por lo tanto, más delicioso. Manchas de luz acariciaban a Lampito, quien se había echado la cabellera sobre el rostro para proteger sus ojos cerrados. Amarilis estaba cerca de Rhéa. Filinna jugaba con sus manos. Melandrión miraba hacia el suelo.

Entonces Clinias comenzó así:

I


BION había remontado el Nilo hasta más allá de Tebas y de Hermontis, más allá de Silsilis y de Ombos. Incluso había sobrepasado la isla Elefantina, donde termina la tierra de Egipto, y se dirigía hacia la negra Etiopía, que está cerca de los límites del mundo.

No tenía barco para vencer el lento curso del río, pues necestiba esclavos para los remos y temía llevar compañeros sin interés. Por tanto, recorría a pie las riberas húmedas y herbosas, tan estrechas que el camino, a veces, bordeaba precipicios multicolores, donde comenzaba la infinitud del Desierto.

Esta fina franja de tierra viva entre dos secas soledades, este camino de campos de oro y de plantas espléndidas, hendida hasta los dos horizontes por la luz verde el Nilo, resonaba de cantos de pájaros, estridentes y tumultuosos, que perpetuamente pululaban, como cigarras aturdidoras, en el aire, sobre el río, bajo las altas hierbas, en las ramas desnudas de los gruesos baobabs.

Las avestruces y las jirafas punteaban a lo lejos las praderas; las manadas de antílopes huían como rubias nubes; los monos se suspendían de las flexibles ramas de los sicomoros en fantásticos racimos y, a veces, en el cieno del Nilo, donde se sucedían como largas flores los estilizados pasos de los ibis, Bion contemplaba con asombro la formidable huella humana dejada por aquel misterioso Amanit, animal nunca visto por los hombres, pero del que los etíopes cuentan extrañas historias. Bion, inquieto, se convenció de que los Colosos de granito rosado, esculpidos en la espesura de las montañas, iban durante las solitarias noches a bañarse hasta las rodillas en el río santo, padre de todo.

Muy lejos de Tebas y de Menfis, los restos del esplendor egipcio permanecen aún en un país impío. Aunque los nativos habían reconquistado su tierra, el rostro de Ramsés estaba grabado para siempre en los acantilados, pues los soberanos del Norte habían dado sus formas a unas rocas que el cincel de los esclavos talló, pero que ni el tiempo ni Zeus destruirán.

Era invierno. Las noches poseían un frescor brumoso. Los días seguían siendo agobiantes. Bion bucaba la sombra y las fuentes en los bosques de mimosas, donde los leones se escondían del sol y dormían hasta el atardecer. Allí también vivían hombres, encerrados en sus cabañas con empalizadas de palmas. Bion era su huésped de noche en noche y los abandonaba al despuntar el alba.

II


Una tarde...

- ¡Por fin! gritó Lampito.

- Narras bien, dijo educadamente Filinna, pero demasiado pomposo. Además, ¿por qué nos has hecho una pequeña descripción de Egipto antes de comenzar tu relato? Supongo que nada tiene que ver con la prosecución de la aventura.

Sed indulgentes, dijo Clinias. La historia de Bion es muy simple, podría contárosla en dos palabras, pero entonces tendría que buscar otra y el calor no me permite este esfuerzo imaginativo. Por otra parte, es una escena corta que no sabría desarrollar. Es necesario que la prepare con algunas frases inútiles si quiero hacer un relato tan extenso como los otros. Y esto no admite réplica. No me interrumpáis más.

... Una tarde, como había caminado mucho tiempo bajo un sol doloroso y sus fatigados pies mostraban ya la marca de las correas, se aproximó hasta una casa oscura y verde, que se levantaba solitaria a orillas del Nilo. Unas palmeras pesadamente pobladas se cruzaban numerosas en torno a ella y estaba tan rodeada por las altas hierbas del río que se diría que flotaba sobre las popias aguas.

Apoyado contra un árbol, inmóvil, Bion mira:

Dos jóvenes ante la puerta, que ríe a ratos, charlan.

La mayor, de pie, llevaba una tela azul a franjas, anudada bajo las axilas, que le cubría hasta las rodillas. Sus innumerables cabellos negros se recogían en mil pequeñas y duras trenzas que enmarcaban un rostro de ojos brillantes y gruesos labios y que no sobrepasaban su delicada espalda. Un cinto bajo abrazaba sus caderas. Reía un poco y movía la cabeza.

La más joven no estaba vestida, pues era casi una cría. Se sentaba sobre sus talones, la cabeza entre las rodillas y prendía pequeñas flores amarillas entre los dedos de sus pies.

Él las miraba vivir sin mostrarse. Contemplaba la Casa. Ese lugar, misterioso como todo lo que se ve por primera vez, le parecía vedado por lo que tenía de extraño, solitario, desconocido. Una familia vivía allí. ¿Desde cuándo? ¿Cuántas tristezas o furtivas alegrías había hecho alegre o taciturna esta choza de barro y ramas? ¿Quién la había construído? ¿Quién la había habitado? ¿Cuántas muertes, cuántos nacimientos había presenciado? Sentía que todo esto que querría saber nadie se lo diría y que este rincón perdido se mantendría impenetrable para siempre.

La tarde caía con rapidez. Finalmente, Bion se dejó ver.

Las dos niñas lanzando grititos corrieron hacia la casa. Él no se aproximó y sólo dijo:

- Demando hospitalidad.

- Padre está en los campos, respondió la mayor. Espera su regreso. Él te recibirá.

Bion apoyó un brazo contra un árbol y volvió sus ojos hacia el Nilo, importunado por las miradas curiosas que se fijaban en su persona.

Bastante después de que se pusiera el sol, llegó el etíope seguido por un castaño buey de afilados cuernos. Cuando apareció, las dos niñas hablaron al mismo tiempo.

- Hay un extranjero.

- Demanada hospitalidad.

- Sí, está solo.

- Cerca del árbol.

- No le dejamos entrar hasta que volvieras.

- ¿Hemos hecho bien, padre?

El campesino dio tres pasos en la oscuridad y dijo:

- Sea bienvenido. Entre en mi casa.

Cuando estuvieron en la sala y la iluminó una lámpara:

- Aquí tiene agua, pan y fruta, dijo el etíope.

Comieron y bebieron. El huésped calló, pues sabía que no era conveniente hacer preguntas que no habían sido contestadas con antelación.

La niña cuyo cuerpo moreno estaba cubierto por el vestido azul llevó los manjares y sirvió agua del cántaro. La menor se pegó a la pared y, con las manos aprteadas en la boca, examinaba al extranjero.

Terminada la cena, el huésped se levantó:

- Es hora de ir a la cama. Conozco las leyes de la hospitalidad. Ahí tienes a mis dos hijas. La más pequeña no ha conocido aún hombre, pero está en edad de hacerlo. Ve y disfruta con ella.

Bion no ignoraba esta costumbre y la veneraba como una tradición de singular virtud. Los dioses visitan la tierra con frecuencia bajo la forma de viajeros, soldados o pastores y ¿quién distingue entre un mortal y un olímpico que no se da a conocer? ¿Era Bion, quizás, Hermes? Sabía que una negativa por su parte sería una ofensa. Tampoco se sorprendió ni se disgustó cuando la mayor se inclinó sobre él y descubrió sus jóvenes pechos para que los besara.

Sin hablar, sin alterarse, la pequeña contemplaba su escándalo y se contenía, la cabeza adelantada, las manos caídas.

Tras un momento de palidez, temblando, a punto de llorar, se precipitó por la puerta abierta. La noche se cerró sobre ella.

Entonces, el padre, levantando los brazos, fue hasta el umbral y hundió sus ojos en las profundas sombras, donde su hija llevó para siempre el honor perdido de su casa.

III


El sol brillaba cuando Bion se levantó y tomó su saco de piel para proseguir su camino. La casa, desierta.

Lamentó no encontrarse de nuevo al huésped, pero no le extrañó nada no ver a la compañía de la noche: era demasiado sabia como para someterse a una despedida.

Se puso en marcha.

El camino que seguía a través de los cañaverales del Nilo estaba tan expuesto al sol que pronto lo abandonó por un senderillo que atravesaba los pantanosos campos y se dirigía hacia el bosque.

Un somnoliento hipopótamo había arrasado un campo de arroz con su enorme cuerpo lila y rosa y la devastación que le rodeaba era el fruto de su boca peluda. Bion lo adelantó rápidamente. Poco después entró en la umbría de las mimosas.

Un alegre grito lo detuvo. Un grito tan tierno, tan reconocible, tan lleno de perfecta feicidad que Bion se volvión con una involuntaria sonrisa.

La pequeña fugitiva estaba a sus pies, desnuda como la víspera, un poco tímida, pero radiante, y esperando sólo un gesto suyo para lanzarse en sus brazos y llorar de alegría.

- Aquí estás, por fin. No sabía por dónde irías. Ni siquiera si remontarías el Nilo. Pero estaba segura de que te volvería a ver. Vine y te esperé. Supuse que huirías del sol del camino y que pasarías por el bosque. ¡Oh! ¡Qué contenta estoy! Me parece que hace tres días que te espero... Nada más sé... Lo que me ocurre es tan extraordinario...

Añadió con tristeza:

- Te quedaste mucho tiempo con ella.

Bion permaneció inmóvil y la miraba con un poco de disgusto.

- Pero, chiquilla, ¿qué haces aquí?

- ¿Cómo? Gritó ella. He venido para seguirte, para estar contigo para siempre, para siempre...

- ¿Vienes para seguirme y ayer, cuando tu padre te ofreció a mí, saltaste como una cabra loca? ¿No te gustaba ayer por la tarde y te gusto esta mañana, sin razón? Tienes unos extraños caprichos.

La pobre niña se calló, bruscamente se deshizo en lágrimas y apoyó en un árbol su cuerpecillo desnudo, sacudido por el llanto.

Bion detestaba las escenas sensibleras más que nada. Con un dedo tocó la espalda de la niña y le dijo:

- Adiós. Vuelve a la casa de tu padre: se alegrará.

Prosiguió su camino lentamente.

Pero ella corrió hacia él. Se agarró a su capa, a su brazo, a su cuello y dijo deprisa:

- Iré donde vayas. Te amaba ayer y te amo hoy. Nunca he querido a nadie. Sólo te quiero a ti. Sólo a ti te querré. Me fui ayer porque estaba celosa de mi hermana, porque no podía compartirte con ella ni amarte delante de ella. Si no hubiera huído, me habrías tomado y, seguidamente, olvidado. Después de ti, me habrían ofrecido a otro y a otro y así hasta mi matrimonio. ¿Sabes que mi hermana ha conocido a más extranjeros de los que podría decirte abriendo siete veces mis dos manos? ¿Y yo tendría que hacer lo mismo? Presentí que durante toda mi vida sólo perteneceré a un solo hombre, al primero que me hiciera suya. Y ése eres tú. Llévame, guárdame. Quiero ser tu mujer y seguirte.

Bion, muy fastidiado, respondió:

- Querida pequeña, razonas como una niña. Me dices que nunca has amadado a nadie y estoy seguro de ello, pues la mujer, en los brazos de su primer amante, ya piensa en el segundo y en su corazón es a él a quien ama. Lo comprobarás dentro de poco.

No hay ningún motivo para amar siempre al mismo hombre: ¿te condenarías a dormir toda la vida bajo el mismo techo? ¿a llevar siempre la misma ropa? ¿a comer siempre la misma fruta? El amor no es más que un sentimiento, muy diferente a los otros, pero el más abundante de todos: por eso hay que compartirlo.

Los dioses han sembrado en tu boca un amor tan generoso como para satisfacer a todo un ejército. No tienes derecho a privar a los demás del placer que esperan de ti. Cuando tu hermana se case, estarás sola en casa de tu padre: aún pasarán por allí viajeros que habrán abandonado hace mucho el hogar y la sagrada cama de sus nupcias. Fatigados por el sol y por el camino, se relajarán contigo. Puedes hacerles olvidar su cansancio y dejar en su existencia el recuerdo de un día feliz.

Así, con el paso del tiempo, la diversidad de las caricias, la rapidez de los adioses, comprenderás poco a poco que no hace falta atarse por amor y elegirás más sabiamente el hombre al que entregarás tu vida.

- ¿Podré nunca elegir mejor? No eres tú...

- ¡Ah, ya sé! Soy sin duda el mejor, el único, y estás segura de haber encontrado tu sueño. ¿No? Es lo que ibas a decir. Bien, te has equivocado. Si te amara aquí, en este bosque, te dejaría poco después, como esta mañana dejé a tu hermana. En el estado en que te encuentras, lo mejor es que no hagamos nada y nos alejemos, simplemente. Hiciste una elección deplorable. Procura olvidar y vete sin volver la cabeza. En la Casa sobre el Nilo encontrarás a tu afligido padre, el hogar de tu familia y las imágenes de los dioses. Te reencontrarás con tu hermana mayor, quien te enseñará la verdadera virtud, de la que sólo conoces la apariencia.

La besó en la mejilla y prosiguió su camino entre los árboles. Aún no había desaparecido tras los grandes matorrales de flores amarillas, cuando -por tercera vez- oyó correr y llorar tras él.

Entonces se volvió:

- ¡Te prohibo que me sigas!

- No te puedo dejar. No me eches. No te pido ser tu mujer, pues no me amas. Te suplico para quedarme a tu lado. Te pertenezco. Haz de mí lo que quieras. Seré tu esclava si quieres.

Bion desató fríamente su cinturón, lo apretó como un taparrabos en torno a la cintura de la niña, colgó sobre la espalda desnuda la correa del saco hinchado por la cantimplora y el petaso. Con voz indiferente dijo:

- Ve delante.

Esta historia causó un cierto escándalo y las mujeres pensaron que Bion era un hombre abominable. Fue bastante peor cuando Rhéa, que siempre quiere conocer el fin de las narraciones y el destino de todos los personajes, preguntó:

- ¿Qué ocurrió después?

Clinias terminó así:

- Antes de la tarde de ese día, Bion la vendió como esclava a un jefe nómada de la llanura y nunca supo qué fue de ella.

Las mujeres se indignaron, pero Thrasès repuso:

- Estaba en su derecho. Que no le hubieradicho: ¡Te pertenezco! Es propio de las cosas que pertenecen el ser vendidas. Nada hay que reprocharle. Además, era una estúpida de la que hizo bien en desembarazarse.

Melandrión fue más severo:

- Éstas, dijo, son todas demasiado virtuosas. No debemos juzgar las cosas con relación al Bien y al Mal, pues son conceptos que varían según las regiones y de los que se ha exagerado mucho su importancia. La única regla de vida que me parece legítima es la de la belleza. Si la niña era bonita (detalle que Clinias ha omitido decirnos), Bion cometió una falta grave al venderla a un negro estúpido que no sabría apreciar el encanto de sus líneas y la gracia de sus movimientos.

- Tenía la nariz corta, respondió Clinias, los labios gordos y la piel oscura.

- En tal caso, no merecía la pena ocuparse de ella, declaró Melanrión.

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Esta traducción, realizada por José Luis Gamboa, está bajo una licencia de Creative Commons.