EL
SOLITARIO DE YUSTE
POEMA HISTÓRICO
EN DOS ACTOS, ORIGINAL y EN VERSO
DE
MARCOS ZAPATA.

Representado por primera vez con extraordinario éxito en el TEATRO
ESPAÑOL el 10 de Abril de 1877.

MADRID.
IMPRENTA DE EDUARDO CUESTA.
Calle del Rollo, 6.
1877.










Introducción.


Marcos Zapata (Ainzón, Zaragoza, 1844 - Madrid, 1914) fue poeta, periodista y dramaturgo.

Las lecturas de Zorrilla -sobre todo- y Campoamor marcan la vida y la obra del último bohemio romántico español.

En 1870 marchó a Madrid, con propósito de iniciar su carrera literaria; allí trabó amistad con los escritores más notorios de la segunda mitad del siglo. Consigue un gran éxito con La capilla de Lanuza, drama histórico inspirado en la vida del famoso don Juan de Lanuza, justicia mayor de Aragón

En 1890 emigró a Argentina, donde vivió hasta 1898. Vuelto en esa fecha, ya no regresó a las tablas y escribió muy poco. Hasta su muerte, vivió de un modesto empleo en la Casa Nacional de Moneda y Timbre.

Las poesías de Marcos Zapata se publicaron en 1902 y son -en general- de escaso interés.

La carrera dramática de Zapata se inició, como ya se ha dicho, con La capilla de Lanuza, drama en un acto y en verso. En 1873 estrenó El castillo de Simancas, de ambiente comunero; en 1875 La corona de abrojos; en 1877 El solitario de Yuste, poema histórico en dos actos sobre los últimos días de Carlos V en el monasterio extremeño; y en 1890 La Piedad de una reina, cuya representación fue prohibida.

También escribió libretos de zarzuela, como El anillo de hierro (1878) -ambientado en la Noruega del siglo XVIII- (algunos pasajes), Camoens (1879), El reloj de Lucerna (1884), historia suiza del siglo XVI, y Covadonga (1901), junto con Eusebio Sierra.



Salvo error involuntario o errata evidente (un solo caso), me ciño escrupulosamente al texto publicado en 1877 y, por lo tanto, mantengo la ortografía.


Texto.


PERSONAJES.

El Emperador Cárlos.
Francisco de Borja, Duque de Gandia.
D. Juan de la Vega, Presidente del Gobierno de Castilla.
Quijada, Mayordomo del Emperador.
Fray Martin, Prior del Monasterio de Yuste.
Nicolás, criado del Emperador.
Sancho, lego del Monasterio.
Acompañamiento de frailes.

Esta obra es propiedad de su autor, y nadie podrá, sin su permiso, reimprimirla ni representarla en España y sus posesiones de Ultramar, ni en los paises con los cuales haya celebrados ó se celebren en adelante tratados internacionales de propiedad literaria.

El autor se reserva el derecho de traduccion.

Los comisiónados de la Administracion Lírico-dramática de DON EDUARDO HIDALGO, son los exclusivamente encargados de conceder ó negar el permiso de representacion y del cobro de los derechos de propiedad.

Queda hecho el depósito que marca la ley.


ACTO PRIMERO.


Salon de ricos tapices y con rompimiento de columnas al foro en el monasterio de Yuste: á la izquierda, en primer término, un ancho balcon practicable, que figura dar á la nave mayor del templo: delante del balcon un reclinatorio y sobre el reclinatorio un libro abierto: á la derecha una puerta que comunica con el dormitorio y cámara del Emperador: un sillon y taburetes de época.


ESCENA PRIMERA.


NICOLÁS y SANCHO.


SANCHO. ¡Hola, maese Nicolás!... (Desde el foro.)
NICOLÁS. ¡Hola, Sancho! (Reparando en él.)
SANCHO. ¿Entro?...
NICOLÁS. Entra. (Encogiéndose de hombros.)
SANCHO. ¡Algo sucede, algo pasa,
(Examinando á Nicolás, que revela profundo disgusto y abatimiento.)
algo y aun algos revela
el color de vuestra faz!
¿Estais enfermo?.. Os aqueja
algupa pasion del ánimo?...
¿Pasásteis ya las viruelas?..
¿Echásteis todos los dientes?...
¿Os va cansando la celda?
¿Estais como yo... sin blanca,
ó mejor dicho... sin cera?
NICOLÁS. ¡Nulla est redentio! (1)
(Saliendo de su postracion y alzando las manos con dolor.)
SANCHO. ¡Zambomba! (Dando un salto.)
NICOLÁS. ¿De qué te asustas, babieca?
SANCHO. ¡Sabe latin... y es barbero!... (2)
NICOLÁS. ¡Brujería...
SANCHO. Manifiesta!
Seis años, más de seis años
llevo yo de aula y palmeta
y no he podido pasar
del musa musae (3) siquiera.
NICOLÁS. Mejor para tí.
SANCHO. ¿Mejor?... (Con extrañeza.)
NICOLÁS. Ya tienes franca la puerta
para ser obispo y papa
y todo cuanto tú quieras.
SANCHO. Que aproveche.
NICOLÁS. ¡Cómo... qué!...
SANCHO. Que no me tira la Iglesia,
que estoy en el monasterio
como quien está en galeras:
que no quiero profesar;
que mi padre es una fiera,
que me encerró en esta jaula
para matarme de pena;
que no soy aficionado
á cosas tan reverendas,
ni á comer la sopa boba,
ni á vestir por la cabeza:
que cuando veo unos ojos
de esos que dicen ¡canela!
brillando como luceros
entre las pestañas negras
del atezado semblante
de una zagala morena,
me acomete de rondon
tan espantosa tristeza,
que por menos de un comino
me escaparia con ella.
NICOLÁS. Lo creo: ¡valiente fraile
le entró contigo á la regla!
SANCHO. ¿Qué quereis, maese? ¡Es tan débil
la pobre naturaleza!...
¡Le gusta tanto al demonio
meterse en las almas tiernas!...
¡Tiene la mujer tal gancho!...
¡Hay aquí tal abstinencia!...
Recordad el paraiso (Transicion.)
NICOLÁS. ¡Déjame en paz! (Volviéndole la espalda.)
SANCHO. Adan y Eva. (Sin hacer caso.)
Un árbol y una manzana...
Adan durmiendo la siesta,
y entre el espeso follaje
la tentacion encubierta.
El reptil: ¿á que no comes?
Ellos: ¿á que sí? y descuelgan
la manzana, se la engullen,
y al fin se les indigesta.
NICOLÁS. ¡Callarás... con cuatrocientos
de á caballo!
SANCHO. No hay manera
de solazarse con vos,
cuando poneis esa jeta
tan avinagrada y tan...
Mas, cómo ha de ser, paciencia,
hablaremos de otra cosa;
voy á fijaros el tema.
¿No sabeis lo que se dice? (Con marcada intencion.)
¿No sabeis lo que se cuenta?
¿No conoceis todavía
las cántigas estupendas
de ese jóven trovador,
que al compás de sus endechas
trae como fascinadas
las gentes de las aldeas?
NICOLÁS. Pues ni lo sé, ni me importa.
SANCHO. Cuidadito... y no eche frescas...
que á ser lo dicho verdad
á todos nos interesa.
NICOLÁS. Alguna patraña.
SANCHO. Dicen, (Con misterio.)
que ayer mismo, estando en Vera,
cantó un romance alusivo
no sé á qué pueblo y qué guerra
en que se elogiaba á un conde
y se hablaba mal de un César .
NICOLÁS. Y eso... ¿qué tiene de extraño?
SANCHO. ¿Que si tiene? ¡Friolera!
¡Porque mientras el rapaz
iba soltando la lengua
y recorriendo el romance
y rasgando la vigüela,
la mujer que lo acompaña,
que además de pobre es vieja,
y además de vieja imbécil,
y además de imbécil ciega,
vomitaba mil diatribas
con estúpida demencia,
llamando á Cárlos de Gante
el azote de la tierra!
NICOLÁS. Figuraciones del. vulgo
y hablillas de gente necia...
Mas, por si acaso algun duende,
(Con tono de reconvencion.)
amigo Sancho, te tienta
á que relates de nuevo
tan peregrinas consejas,
resiste á la tentacion,
sé cauto y el pico cierra,
no haga el diablo que te cuelguen
en premio de tales nuevas.
SANCHO. Muchas gracias. (Con sorna.)
NICOLÁS. Oigo pasos.
(Se abre la puerta de 1a derecha y aparece Fray Martin.)
SANCHO. ¡EI Prior!... ¡Santa Quiteria!
(Saliendo precipitadamente por el fondo izquierda.)

ESCENA II.


NICOLÁS Y FRAY MARTIN.

NICOLÁS. ¿Hay novedad?
PRIOR. No te alarmes.
NICOLÁS. ¿Duerme?
PRIOR. Duerme.
NICOLÁS. ¿Y si despierta?...
PRIOR. El mayordomo Quijada
dentro de la estancia queda.
NICOLÁS. ¡Dios haga que se disipen
mis temores.
PRIOR. ¿Tan extrema
juzgas ya la posicion
del enfermo?
NICOLÁS. Bien quisiera,
padre Martin, no abrigar
tan pavorosas ideas.
¡Quisiera engañarme!... Pero,
¿cómo engañar á la ciencia
que determina en sus libros
los males y las dolencias?
El corazon es un órgano
esencial; tiene dos puertas,
una recibe la sangre,
y otra la impulsa á las venas.
Decid, padre, ¿qué sucede
cuando una de ambas se cierra?
PRIOR. ¿Acaso el Emperador
en tal situacion se encuentra?
NICOLÁS. Los últimos arrebatos
lo han postrado de manera,
que si repite el acceso
me temo que dél no vuelva!
PRIOR. Terrible es el fallo.
NICOLÁS. ¡Mucho!
PRIOR. ¡Tus pronósticos me aterran! ...
¡Oh! quizá tu propio celo
y tu adhesion manifiesta,
los riesgos y los peligros
á tus ojos exageran.
NICOLÁS. ¡Ojalá, padre Martin!
PRIOR. Yo tengo en la Providencia
y en vuestro santo patron
toda mi esperanza puesta.
Además, cuando la muerte
tan próxima á herir se encuentra,
aunque venga disfrazada
y aunque de improviso venga,
siempre da fijas señales
de su terrible presencia.
NICOLÁS. No lo creais: muchas veces
tan rápidamente llega
y obra con tal prontitud
que no hay lince que la vea.
Vos en el caso presente
juzgais por las apariencias.
Don Cárlos, mi amo y señor,
lejos de mostrar flaqueza
y abatimiento de espíritu,
más parece que revela
síntomas de una tranquila
y fácil convalecencia,
que ese fatal retroceso
que yo imagino tan cerca.
¿No es verdad?...
PRIOR. Así parece.
NICOLÁS. Ilusiones pasajeras:
otro ataque al corazon
y nos quedamos sin César!
PRIOR. Dios tendrá misericordia.
NICOLÁS. Solo la mano suprema
de ese Dios que con un soplo
anima mundos y estrellas,
de nuestro augusto monarca
puede salvar la existencia.
PRIOR. ¡Y la salvará!
NICOLÁS. ¡Oh, cuán frágil (Con solemnidad.)
es este barro que encierra
nuestro espíritu... cuán pobres
las mundanales grandezas!
Todavía ante mis ojos (Transicion.)
van pasando en nube densa
las glorias y las batallas
del vencedor de la tierra.
Todavía en mis oidos (Con creciente entusiasmo.)
con estrépito resuenan
los cañonazos de Argel
y las campanas de Viena.
Todavía estoy mirando
á las hordas agarenas
retroceder espantadas
del Danubio en la ribera,
ó en la apartada region
de las candentes arenas.
Oyendo estoy todavía
á las águilas francesas
suplicar arteramente
aquella paz embustera.
y todavía recuerdo,
con patriótica soberbia,
aquel escuadron de príncipes
y de coronadas testas
que iban por do quier besando
del Emperador las huellas...
¡Y pensar que tal coloso
y tan formidable atleta,
que el Rey de todos los reyes
y el Señor de mar y tierra...
no puede alargar su vida
ni un solo instante siquiera!...
PRIOR. La guadaña de la muerte
todo por igual lo siega,
lo mismo el cedro arrogante
que la mas humilde yerba.
NICOLÁS. ¡Ley fatal!
PRIOR. ¡Poder de Dios!
Pero silencio, álguien llega.
(Entra Vega por el foro, derecha. )

ESCENA III.


DICHOS y VEGA.

VEGA. Dios os guarde. (Entrando.)
NICOLÁS. (¡EI presidente!) (Con alegría.)
PRIOR. Seais, don Juan, bien venido.
(Con respeto y satisfaccion.)
VEGA. ¿Qué pasa... qué ha sucedido...
qué es del César?... (Ansioso y agitado.)
PRIOR. Al presente
nada: y os podeis calmar
sabiendo que ya pasó
todo el riesgo: recayó
y os hice al punto llamar.
VEGA. ¿Otro ataque?..
NICOLÁS. Y tan violento
que yo mortal lo creí.
VEGA. Mas ¿dónde se encuentra?
PRIOR. Aquí,
(Señalando á la cámara.)
descansando en su aposento.
VEGA. ¿Quién vela á su majestad?
PRIOR. El mayordomo Quijada.
Vos, de tan dura jornada
mientras tanto, reposad.
VEGA. ¡Oh!... Gracias, no hé menester
de mas reposo y cuidado
que el consuelo inesperado
de lo que llego á saber.
¿Y está brioso?...
PRIOR. Lo está.
VEGA. Mas si repite el acceso... (Con desconfianza y dolor.)
NICOLÁS. ¡Lo que es, señor, en cuanto á eso,
si repite... morirá! (Con amargura.)
PRIOR. ¿Quién sabe?...
VEGA. ¿Morir?... ¡Qué horror!...
¡Qué pesadumbre!... ¡Dios mio!...
(Lleno de angustias.)
¿Cómo llenar el vacío
que deja el Emperador?
¿Qué va á ser de las naciones
que en sus límites encierra
Europa, cuando su tierra
preñada está de ambiciones?
¿Quién sujeta á Solimán
en su ciudad constantina? (4)
¿Quién en la playa vecina
las naves del Alcorán
?
¿Quién enfrena la arrogancia
de esos fieros alemanes
?
¿Quién á Italia en sus desmanes?
¿Quién en sus odios á Francia?
Nadie, nadie; pues las glorias
del César tan altas fueron
que por iguales lucieron
las batallas y victorias.
Y sin poder que lo estorbe
ni ejército que lo ataje,
desde este oscuro paraje
dicta aun sus leyes al orbe.
¡Su muerte es la perdicion
del sosiego universal!...
¡La fatídica señal
de horrenda conflagracion!
Su vida, gérmen fecundo
de concordia y sumo bien,
apoyo, clave, sosten
del equilibrio del mundo.
Todo sin él es fugaz,
todo ruin: su nombre solo
mantiene de polo á polo
el concierto de la paz!
Por esto clama el dolor
que desgarra el pecho mio:
¿cómo llenar el vacío
que deja el Emperador? (Pausa breve.)
PRIOR. ¡Triste verdad!... Mas es ley
que venga á término todo,
pues la muerte de igual modo
se lleva al siervo que al rey.
Pero hablando en puridad
diré, porque así lo creo,
que yo ni noto ni veo
tal riesgo en su majestad.
NICOLÁS. De opinion distinta soy...
(Se abre la puerta de la cámara y aparece Quijada.)
¡El mayordomo Quijada! (A Vega.)
QUIJADA. ¡Entrad! (Desde la puerta á Fray Martín.)
PRIOR. (¿Qué le digo?) (Aparte á Vega.)
VEGA. (Nada.) (Id. á Fray Martin.)
Aquí os espero, aquí estoy.

ESCENA IV.


VEGA, NICOLÁS y QUIJADA.

QUIJADA. ¡Ah!... Perdonad, Dios os guarde.
(Reparando en Vega.)
VEGA. ¿Y el César?... (Con ansiedad.)
QUIJADA. Va mejorando.
VEGA. ¿Y su valor?
QUIJADA. Campeando:
No hay miedo que se acobarde.
¿Qué golpe puede abatir
á ese coloso de hierro,
que desea ver su entierro
antes de verse morir?
VEGA. ¿Su entierro dices?
QUIJADA. Cabal:
y persiste todavía.
NICOLÁS. Hoy mismo hacerse debia
tan extraño funeral.
VEGA. ¡Me llenais de confusion
y no acierto á comprender!...
NICOLÁS. Pronto os vais á convencer
sin salir de esta mansion.
(Se aproxima al balcon, lo abre y le dice á Vega, que tambien se acerca, señalando al exterior.)
¡Mirad!... ¡Con la tibia luz
de la iglesia en la mitad
de la nave reparad! (Pausa brevísima.)
VEGA. ¡Una tumba y una cruz! (Con solemnidad.)
NICOLÁS. ¿Y no veis nada notorio,
ni hallais mas claras señales?...
VEGA. ¡Sí, las armas imperiales (Confundido.)
sobre el túmulo mortuorio!
NICOLÁS. ¿Dudais? (Cerrando el balcon. Otra pausa conveniente.)
VEGA. Corazon tan fuerte (Con asombro.)
¿cuándo en la tierra se vió?
¿Cuándo nadie imaginó
adelantarse á la muerte? (Transicion.)
¡Despues de llevar su aliento
triunfante de zona en zona,
deja la imperial corona
á la puerta de un convento!
¡Tras de hollar la redondez
de este orbe, que aun lo proclama,
sepulta su nombre y fama
de una celda en la estrechez
!
¡Y buscando en su entereza
mayor arranque y más brío,
quiere ver su poderío
y su colosal grandeza
entre los negros crespones
de ese túmulo ejemplar
donde vienen á parar
todas las generaciones!
¡Y en tan sagrado recinto (Señalando el templo.)
y ante esa tumba sencilla,
quiere doblar la rodilla
el gran césar Cárlos quinto!
¡Y quiere animoso y fuerte.
en su propio funeral
tender el manto imperial
en el lecho de la muerte!
¡Oh, César! Grande es tu vida,
inmensa tu excelsitud,
pero es mayor la virtud
de tu postrer despedida!
¡Grandes fueron tus victorias,
pero es mas grande á mi ver
la manera de caer
del pedestal de tus glorias!
QUIJADA. Es mucha verdad, señor;
¿quién al ver tanta llaneza
podrá medir la grandeza
de tan alto Emperador?
NICOLÁS. Aquí están los esplendores
y aquí su solio y su imperio;
el rincon de un monasterio
y dos ó tres servidores.
QUIJADA. ¡Oigo pasos! (Se abre la puerta de la cámara.)
NICOLÁS. ¡Oh!... él es. (Mirando á la cámara.)
VEGA. ¿Viene hácia aquí?..
QUIJADA. (Quijada desde la puerta; ) Y aquí llega.
(Entra el Emperador apoyado en el brazo de Fray Martín, pálido y demacrado, pero firme.)
VEGA. ¡Gran señor! (Echándose á los piés del César.)
D. CÁR. Levanta, Vega. (Tendiéndole la mano.)
En mis brazos, no á mis piés.
(Vega se deja abrazar dando señales de confusion por la honra que recibe. D. Cárlos queda apoyado con un brazo en los hombros de Vega y le dice al Prior:)
Padre, pasad al convento
por si en la iglesia se ofrece
disponer algo, y que empiece
la ceremonia al momento. (Váse Fray Martín por el fondo, izquierda. El Emperador se sienta en el sillon.)

ESCENA V.


D. CÁRLOS y DICHOS, MENOS FRAY MARTIN.

D. CÁR. Mucho me place en verdad (Á Vega:)
tu visita, noble amigo,
si no es que tambien contigo
viene alguna novedad.
VEGA. Ninguna, señor, ninguna.
La paz en el mundo brilla,
y la suerte de Castilla
va de fortuna en fortuna.
D. CÁR. ¿Y en Italia?
VEGA. No hay temor;
dócil al pacto se allana;
hasta la Sede romana (Con intencion.)
disimula su rencor.
D. CÁR. ¿Disimula?. Bien está...
Esa es la palabra, sí;
porque en el fondo, de mí
nunca olvidarse podrá.
No hay grandeza ni poder,
ni cetro, ni soberano .
que no intente el Vaticano
esclavizar ó romper.
Y... ¡ay de la altiva corona
que al Pontífice resista,
nunca la pierde de vista,
nunca jamás la perdona!
Pues dios y rey en el suelo,
y entre excomunion y guerra,
se cuida más de la tierra
que de las cosas del cielo.
¿Y los moros africanos?
VEGA. En su desierto.
D. CÁR. ¿Y en Flandes?
VEGA. Dicen, que no son tan grandes
los disturbios luteranos.
D. CÁR. ¿Y cómo de hazañas van
los turcos?
VEGA. Todo acabó:
con Barbaroja murió
la audacia de Soliman.
D. CÁR. ¿Y en las Indias?
VEGA. Viento en popa
nuestro pendon navegando,
y más tierra conquistando
que miden Asia y Europa.
D. CÁR. Grande alborozo recibo
con tales noticias, Vega,
que nada del mundo llega
á este sepulcro en que vivo.
Las olas del mar violento
que agitan la humanidad,
no turban la santidad
ni la calma del convento.
Solo á mi Dios le tributo
los restos de mi existencia,
y solo su Providencia
me da la paz que disfruto.
¡Y ojalá que al ser llevado
al augusto tribunal,
el rico cetro imperial
fuese un rústico cayado!
¡Ojalá que el alto brillo
del egregio Emperador,
fuese allí como un pastor
oscuro, pobre y sencillo!
(Transicion.-Señalando hácia el templo.)
¿No escuchais?... Llegó el instante.
Abrid el balcon del templo. (Se levanta del sillon.)
(¡Sea de humildad ejemplo (Nicolás abre el balcon.)
el que pecó de arrogante!) (Se aproxima y se asoma.)
¡Ya esparcen su roja llama
(Señalando fuera. Con solemnidad y amargura.)
los amarillos hachones!
¡Adios muertas ilusiones!
¡Adios imperio, adios fama!
¡Ya la fatídica luz
en mi tumba resplandece;
todo, todo palidece,
sí, todo... ¡menos la cruz!
Ya pronto del funeral
subirá por la ancha nave
el eco pausado y grave
con la voz penitencial.
Cetros, coronas, poder, (Transicion.)
fantasmas del mundo vano,
¿por qué retirais la mano,
por qué me dejais caer?
¿Por qué, cuando al borde estoy
del negro abismo no venzo? ...
¿Por qué, por qué me avergüenzo
de lo pequeño que soy?
¿De qué me sirve la suerte
de hacer al mundo temblar
si no le puedo ganar
esta batalla á la muerte?
Apoya la cabeza sobre la mano derecha y el pecho sobre el balcon. Pausa conveniente. Aparece por el fondo (izquierda) el Prior, seguido de la comunidad, que trae blandones encendidos y que se irá colocando en los intercolumnios del foro: el Prior se adelanta hasta la mitad del proscenio.

ESCENA VI.


DICHOS y FRAY MARTIN.

PRIOR. ¡Señor! (A D. Cárlos.)
D. CÁR. ¿Estamos ya? (Saliendo de su abatimiento.)
PRIOR. Todos estamos.
D. CÁR. Pues empezad: mas antes
es bien que con valor nos despidamos.
Oid en dulce calma (A todos.)
de este apagado corazon deshecho
los últimos latidos de su alma
y el último desahogo de mi pecho.
(Pausa y transicion.)
Por voluntad suprema del destino
que dispone á su antojo de las cosas
y les traza á los hombres su camino,
hijo de reyes, en dorada cuna
desdichado nací; más me valiera
haber nacido pobre y sin fortuna,
que harto mas firme hácia el sepulcro fuera.
Mi vida esclavizada
desde su albor mas tierno
á la cadena rígida y pesada
del cetro y del gobierno,
sofocó sus instintos naturales
en el molde acerado
de guerrera armadura,
haciéndose como ella tosca y dura..
Que así como la planta
que perezosa medra
pegada al lomo de encorvado risco,
y en el cóncavo lecho de una piedra
toma vida, color y proporciones
de la norma fatal de sus prisiones,
así tambien la condicion humana,
sumisa y obediente se doblega
desde su edad temprana
á la costumbre caprichosa y ciega,
que es en el mundo la mayor tirana,
tomando cuerpo y ser en cuanto toca,
semejante á la planta y á la roca.
Si alguna vez, como feroz soldado,
desmanes cometí con la milicia,
si soberbio y cruel en mi reinado
olvidé la piedad y la justicia,
culpa mía no fué: las tempestades
sacudieron mi cuna,
la guerra se llevó mis mocedades,
y de choque en asalto,
y de hazaña en hazaña, la victoria
mi regio nombre colocó tan alto,
que no pudiendo resistir mi gloria
los demás soberanos y magnates,
me arrojaron á un tiempo y frente á frente
como las olas de la mar hirviente
las armas y el fragor de cien combates.
¡Mi azarosa existencia no ha podido
burlar á Marte en su fatal encierro;
selvas agrestes mi palacio han sido,
mi trono y mi dosel el alto cerro;
macerado me tiene tanto hierro
y el humo de la pólvora curtido!
Juventud, robustez, edad madura,
todo mi ser se consumió en la guerra:
perdóneme la tierra
si llevado por tanta desventura
olvidé la piedad y la ternura.
Mas Dios, que pesa y mide
las acciones humanas,
que al rey y al siervo por igual preside
y arroja al viento las grandezas vanas,
ha dicho en mi conciencia resonando:
¡Lo mismo muere la robusta encina
que el débil tallo que á su pié se inclina!
¿Qué granítica torre no zozobra?
¿Qué poder colosal no se derrumba?
¡Once palmos de tierra y aun te sobra
para que labren tu soberbia tumba!
Confuso y humillado
por tan santa verdad, dejo el imperio
y la funesta carga del Estado,
y abandono mi vida de soldado
por la vida y la paz del monasterio.
Gran pecador, aunque me veis contrito,
para enfrenar las iras celestiales
de todas vuestras preces necesito.
¡Id al templo, volad, mis funerales
harán menos pesado mi delito,
y quizá vuestros cantos sepulcrales
al subir á la bóveda serena
aplacarán al Juez que me condena!
(Hace una señal con la mano y salen los frailes precedidos del Prior por el fondo, izquierda.)
Nosotros desde aquí, mudos testigos,
(A Vega, Nicolás y Quijada.)
presenciemos la triste ceremonia.
¡Dios otorgue la paz á mis despojos
y el eterno perdon á mis agravios!
¡Lágrimas mias, arrasad mis ojos;
plegaria de dolor, ven á mis labios!
(Se arrodilla sobre el reclinatorio. Nicolás, Quijada y Vega permanecen de pié. Pausa conveniente.)

ESCENA ÚLTIMA.


DICHOS y el DUQUE DE GANDÍA.

DUQUE. Necio sois, tengo de entrar.
(Fuera y como disputando.)
D. CÁR. ¿Quién da voces? (Sorprendido y con disgusto.)
DUQUE. ¡Mucho tiento,
(Tambien fuera, pero mas cerca.)
que os puede el lance pesar!
D. CÁR. ¿Quién se atreve á profanar
la majestad del convento?
(De mal talante, Quijada se habrá ido aproximando al foro derecha, para reconocer al que llega.)
DUQUE. ¡Caballero, por favor! (A Quijada en el foro.)
¿Dónde está el Emperador?.
D. CÁR. ¿Borja aquí?... ¡Dios me lo envía! (Reconociéndolo con profundo júbilo y levantándose del reclinatorio.)
¡Entre el duque de Gandía!
(Con entusiasmo, dando un grito y saliendo á su encuentro.)
DUQUE. ¡Señor! (Cayendo en brazos del Emperador.)
D. CÁR. ¡Francisco!
DUQUE. ¡Señor!
(Permanecen abrazados un buen espacio.)
D. CÁR. ¡Ah! no sabes el consuelo
que me infunde tu presencia.
¿Cómo no, si eres modelo
en quien juntar quiso el cielo
virtud, saber y prudencia?
DUQUE. Vuestra infinita bondad
me llena de confusion.
(Doblan en lontananza las campanas del monasterio.)
Mas ¿qué triste novedad?
¿Doblan á muerto? ¡En verdad
que vine en mala ocasion!
D. CÁR. No dígas tal, no es así;
y mas del finado siendo
tan buen amigo.
DUQUE. ¿Yo?
D. CÁR. Sí.
¡Están doblando por mí!
DUQUE. Por vos, señor; no comprendo.
D. CÁR. Ese tétrico clamor (Con solemnidad creciente.)
de la campana mortuoria
dice con sordo rumor:
«Reza... reza... por la gloria
del romano Emperador.»
Aquella tumba sencilla
que en mitad del templo brilla
dice con fúnebre calma:
«Reza... reza... por el alma
del noble rey de Castilla.»
Y el que hizo al mundo temblar
y el que á la tierra domó,
hoy tiene que suplicar
que se abran para rezar
labios que él quizá selló!
¡Mira!... ¡Contempla!...
(Señalando al exterior del templo.)
DUQUE. ¡Dios fuerte!
D. CÁR. ¡En eso pára la suerte!
DUQUE. ¡Testigo en su propio luto!
Ved, señor...
D. CÁR. Es un tributo
que le anticipo á la muerte.
Acércate, ven aquí; (Suena el órgano del templo.)
no te separes de mí.
¡Los salmos!... Apenas puedo
sostenerme; tengo miedo,
más miedo del que creí.
¡Ya comienza el funeral!
¡Ya se disipa mi sér
en la sombra sepulcral!
¡Oh vanidad del poder!
¡Oh miseria terrenal! (Queda apoyado sobre el reclinatorio. En este momento se arrodillan todos los personajes.)

ACTO SEGUNDO.


Cámara ochavada (5). Al fondo una ancha puerta ó rompimiento, cubierto por un cortinaje, que comunica con el dormitorio del Emperador. A la derecha, en segundo término, y apoyado en la pared, un reclinatorio; sobre el reclinatorio un crucifijo y un libro: en primer término una ventana de vidrios de colores con hojas practicables. A la izquierda, en primer término, una puerta con tapiz ó cortina: sillon y mesa con las armas imperiales, y sobre la mesa recado de escribir. Taburetes en los ángulos de la estancia. Comienza á despuntar el alba.

ESCENA PRIMERA.


SANCHO y NICOLÁS.

Sancho durmiendo sobre un taburete y con la cabeza recostada en la pared. Nicolás sale del dormitorio y se áproxima á la ventana sin reparar en Sancho.

NICOLÁS. Despunta el alba. Soberbio.
Buena señal, buen auspicio.
(Suena un toque de campana.)
La Oracion de la mañana:
(Se descubre y reza un instante.)
recemos por Cárlos quinto.
¡Amen! (Terminada la oracion y cubriéndose.)
¿Aquí un reverendo? (Reparando en Sancho.)
¿Mas cálle? ¿Qué es lo que miro?
¿Sancho en la cámara?... ¡Sancho! (Despertándole.)
¡Diantre! ¿Pues no se ha dormido?
¡Eh! ¡Seor galopo... arriba!
(Sacudiéndole bruscamente.)
SANCHO. ¿Quién va? (Medio despertando.)
NICOLÁS. Arriba le digo,
ó le descoyunto un hombro
como dos y tres son cinco.
SANCHO. ¡Hola... maese! (Levantándose torpemente.)
NICOLÁS. ¡Pues me gusta
la aprension!... ¿Con qué permiso
entró su paternidad?
SANCHO. ¡Pues claro está... con el mio!
NICOLÁS. ¿Habrá mayor desvergüenza?
SANCHO. No se amontone el amigo
y sepa cómo y porqué
á la cámara he venido.
El muy alto y poderoso
señor Fray Martin, me dijo
sacándome de mi celda
con grave disgusto mio,
mucho antes de amanecer:
«¡Vistase y venga conmigo!»
Me vestí, salí temblando
al claustro de los novicios,
echó á andar, yo le seguí,
la escalera descendimos,
atravesamos la huerta,
entramos en este sitio
y el Prior me dijo entonces
con acento imperativo:
"¡Hermano, espéreme aquí!" .
Entróse en ese recinto,
yo me cansé de esperar,
él no salió por lo visto,
hasta que presa del sueño
y doblado de fastidio
caí sobre el taburete
en que me hallásteis dormido.
NICOLÁS. Vamos Sancho, menos música,
punto en boca y ande listo,
porque si Quijada os topa
os hace salir de un brinco.
SANCHO. ¿Y el mandato del Prior?
¿Cómo sin él me retiro?
¿Quereis que por daros gusto
me quede yo sin principio
lo que de Setiembre resta,
ó me apliquen el castigo
de hacerme lector perpétuo
del refectorio bendito?
¡Necuamcuam! No puede ser,
me infunden horror los libros,
y en lo de cerrar el buche
se subleva mi apetito.
¡Sin el Prior, Dios de dios!
Antes me vea molido
por ese fiero Quijada
que abandonar este sitio.
NICOLÁS. Pero oye, piel de demonio,
tortura de los sentidos,
si yo te hiciera saber...
SANCHO. ¡No me voy! ¡Lo dicho, dicho!
NICOLÁS. Hace dos horas lo menos
que Fray Martin ha salido;
mas ¡ya se ve! como tú
eres dechado y prodigio
de mansa docilidad,
de tal manera has cumplido
el mandato del Prior,
que cuidadoso y solícito
y esclavo de tu deber
poco á poco te has dormido,
pensando quizá en alguna
rapazuela de ojos lindos
ó soñando con juglares
que hablan mal de Cárlos quinto.
SANCHO. ¡Pues si me pesca... me luzco! (Rascándose la oreja.)
NICOLÁS. Aun es tiempo...
SANCHO. Vaya, amigo,
á la paz de Dios. (Medio mutis.)
NICOLÁS. El diablo
tiene en el cuerpo metido.
SANCHO. ¡Ah, diantre! se me olvidaba.
(Volviendo desde la puerta.)
NICOLÁS. ¡Acabará por San Críspulo! (De mal talante.)
SANCHO. Un momento de paciencia,
maese Nicolás.
NICOLÁS. ¡Pues vivo!
SANCHO. ¿No sabeis que el trovador?...
NICOLÁS. ¡Y dale! Vuelta á.lo mismo.
SANCHO. Lo sé de muy buena tinta.
NICOLÁS. ¡Qué empeño tan decidido
en que lo ahorquen!
SANCHO. Eso nunca:
no me gusta ser racimo.
Mas yo no tengo reservas,
ni secretos, ni postizos
para un hombre como vos.
¡Como vos!... ¡Vaya! Prosigo:
pues bien, en la misma tarde
en que con gran pompa hicimos
los funerales del...
NICOLÁS. ¡Calla!
SANCHO. Bueno, hablaré mas bajito.
Los funerales del César:
el hortelano Domingo
le oyó cantar un romance
tan estupendo y maligno
con tan viles alusiones,
que ¡válganos Jesucristo!
Decia ese lenguaraz
entre diabólico estilo:
«que por muchas penitencias
»que haga en su celda escondido
»el Emperador que en Gante
»afiló el mortal cuchillo,
»no podrá nunca borrar
»la sangre de los suplicios. ..»
NICOLÁS. Quítate de mi presencia, (Interrumpiéndole.)
ó por el Dios uno y trino...
(Cerrando contra él con los puños crispados.)
SANCHO. Despacio, maese, despacio; (Retrorede espantado.)
yo nada sé, nada digo.
¡Soy inocente!... ¡De todo
tiene la culpa Domingo!
(Sale precipitadamente por la izquierda. Al terminar esta escena, la claridad de la mañana sucede á los albores del crepúsculo.)

ESCENA II.


NICOLÁS.

A ser menos zarramplin,
diria que este maldito
lego... pero ¡bah! imposible,
no tiene pizca de juicio.
(Se aproxima al dormitorio del Emperador como observando y vuelve.)
Todavía, todavía
en sueño blando sumido... (Con alegría.)
¡Renace en mí la esperanza!
Vamos bien: me tranquilizo.
(Aparece Vega por la izquierda.)

ESCENA III.


NICOLÁS y D. JUAN VEGA.

VEGA. Buenos dias, Nicolás.
NICOLÁS. Muy buenos dias, señor.
VEGA. No pregunto, está mejor;
lo sé con verte no mas.
NICOLÁS. Bien, D. Juan, se os alcanza
la verdad, que en este instante
brillar debe mi semblante
con la luz de la esperanza.
De la noche en el promedio,
tras de un insomnio tenaz,
quedó descansando en paz.
VEGA. Descansa... ¡el mejor remedio!
NICOLÁS. Muchas veces origina
el sueño apacible y manso
la salvacion...
VEGA. El descanso
es la mejor medicina.
NICOLÁS. Mas importa no olvidar
que tan difíciles son
los males del corazon,
que es milagroso escapar .
VEGA. Segun eso, ¡poco á fe!
tu extraño cálculo fía
en esa tal mejoría...
¿Tiemblas de nuevo?..
NICOLÁS. ¡No sé!
VEGA. ¿Es quizás incontrastable
el peligro? En tu sentir
¿no puede sobrevenir
una crísis favorable?
(Suena un grito desgarrador en el dormitorio, producido por el acento de D. Cárlos: Nicolás y Vega quedan absortos.)

ESCENA IV.


D. CÁRLOS y DICHOS.

D. CÁR. ¡Socorro, favor!... (Dentro.)
VEGA. ¡Dios santo!
¿Oísteis? (A Nicolás.)
NICOLÁS. ¡Vírgen sagrada!
Veamos...
(Se dirigen al dormitorio y retroceden al ver que sale Don Cár1os, apoyado en Quijada.)
VEGA. ¡Señor!...
D. CÁR. No es nada,
(Con aparente serenidad.)
ya pasó... (¡noche de espanto!)
(Sientan al Emperador en el sillon.)
Dejadme un momento á solas
y al de Gandía avisad. (Salen todos por la izquierda.)

ESCENA V.


D. CÁRLOS.

¡Qué noche! ¡Qué tempestad!
¡Qué viento, qué mar, qué olas!
¡Dias de insomnio y demencia!
¡Oh qué pacto tan estrecho
para vencer tienen hecho
la memoria y la conciencia!
¡Yo he dormido, yo he soñado,
yo he visto en la sombra muda
aquel espectro, no hay duda,
el espectro ensangrentado!
Once años, once años van
trascurridos lentamente
y todavía presente
tengo al conde don Beltran.
Todavía ante mis ojos
lucen con siniestro brillo
el acerado cuchillo
y los sangrientos despojos.
y aun suena en mi corazon
con penetrante agonía
aquella voz que pedia
¡misericordia, perdon!
Espantosa ceguedad,
venganza torpe y cruel,
¿tendrá Dios piedad de aquel
que no ha tenido piedad?...
De aquel que airado y furioso,
en su palacio de Gante,
se olvidó por un instante
de ser misericordioso.
De aquel que necio y febril
en su estúpida fiereza
hizo rodar la cabeza
de un tronco tan varonil.
¿Qué me dijo en su furor
y á través de mi plegaria
la maldicion funeraria
del espectro aterrador?
No se me olvida, ¡ay de mí!
Aborto fué de la sombra,
se acerca, llega, me nombra,
y exclama con frenesí:
"¡Dios no quiere perdonar
en su justicia severa
al rey que con saña fiera
me mandó decapitar!"
¡Oh maldicion, oh tormento!
¡Oh furias aquí clavadas
con las uñas aceradas
de un vivo remordimiento!
¡Oh pesadilla, oh torrente,
oh fatal y triste idea!...
¡Mazo tenaz que golpea
contra mi abatida frente!
(Queda como rendido.-Pausa breve.-Aparece Quijada.)

ESCENA VI.


D. CÁRLOS, QUIJADA, luego el Duqne de GANDÍA.

QUIJADA. ¡Señor!... (Desde la puerta.)
D. CAR. ¿Quién es?... (Con algun sobresalto y como saliendo de un éxtasis.)
QUIJADA. El duque de Gandía.
D. CÁR. Que pase. (A Quijada.) (Necesito (Se retira Quijada)
confesarme con él... ¡No! ¡Me odiaria
si á conocer llegasé mi delito!)
DUQUE. Dios os guarde, señor. (Desde la puerta.)
D. CÁR. Ven y perdona
que un amigo impaciente, que un hermano,
te solicite y busque tan temprano.
DUQUE. Mi voluntad, señor, y mi persona (Aproximándose.)
siempre están á los piés del soberano.
D. CÁR. Aquí no hay mas corona
que esa que ven tus ojos. (Señalando al crucifijo.)
¡Pues quiso Dios que fuera
de espinas y de abrojos
la única gloriosa y duradera!
DUQUE. Me confunde, señor, el alto ejemplo
de vuestra fe cristiana: semejante
al fabuloso Anteo, cuando heria
con su planta la tierra y más jigante
de nuevo en el espacio aparecia,
así vuestra figura se levanta
al noble impulso de modestia tanta.
D. CÁR. Ya es tiempo de humillarse,
¡Cansado está Luzbel de revelarse!
Mas... vamos á otro asunto.
¿Leiste el manuscrito?
DUQUE. Por entero.
D. CÁR. ¿Te puedo consultar?
DUQUE. Punto por punto.
D. CÁR. Pues que me jures quiero
que has de serme leal, franco y sincero.
DUQUE. ¡Os lo juro!
D. CÁR. Me basta, estoy tranquilo.
(Le hace una indicacion para que se siente. Borja obedece.)
Aunque extremada vanidad parezca
que uno mismo refiera sus anales,
con tal que la verdad quede en su puesto
no me duele pasar por inmodesto.
Además, que hacinar los materiales,
¿no es levantar pirámides?... ¿No es esto?
DUQUE. Mucha verdad, señor; mas es tan fragil
la condicion humana;
nos ciega tanto el interés á veces
para ver y fallar en causa propia,
que somos á menudo malos jueces.
D. CÁR. Pues por esa razon no le remito
ni un solo comentario al manuscrito.
DUQUE. ¿Y el prefacio, señor?
D. CÁR. ¡Qué!... ¿No te place?...
DUQUE. Hay tres puntos en él tan escabrosos,
que bien pudiera tropezar la fama
y caer con sus timbres mas gloriosos.
D. CÁR. Ya te escucho.
DUQUE. ¡Señor!...(Vacilando y sin atreverse.)
D. CÁR. Tu fe reclama
un moribundo en tu amistad fiado,
no el magnate, ni el rey, ni el potentado.
DUQUE. Obedezco. Pues bien: importa mucho
que al referir los hechos,
que tienen relacion con la existencia
de vuestra augusta madre,
corra mansa la pluma
en dulce calma y apacible estilo
como el lago tranquilo
que no mancha sus bordes ni de espuma.
D. CÁR. Mal puede, ilustre Borja,
ser manso y apacible y ser prudente
quien apuró tan recias tempestades.
¡Epocas hay, que son la mar hirviente,
retrato de fatidicos colores!
¿Cómo pintar un lago trasparente
entre revueltas, confusion y horrores?
DUQUE. ¡Ved, señor, que la reina doña Juana
aparece alentando á los traidores
siendo notoria la humildad cristiana
con que supo en su triste apartamiento
renunciar á la pompa soberana,
sierva no mas de un solo pensamiento!
D. CÁR. Pues borra diligente:
no fué mi ánimo herir el nombre augusto
de aquella para mí resplandeciente
antorcha maternal: el bando injusto
que incesante á su sombra se movía
manejando con traza miserable
su incapaz y turbada fantasía,
es de todo á mi juicio responsable.
Glorifica á la reina idolatrada,
mas de ese bando vil no quites nada!
Pasemos al segundo.
DUQUE. Se trata de la Iglesia y sus varones.
¡Si hay algo en este mundo
que enlace y fortifique las naciones,
si subsiste en la tierra
un Código divino y generoso
que predique la paz contra la guerra
y el amor contra el odio proceloso,
es la Iglesia de Dios!
D. CÁR. ¡Nombre sagrado!
DUQUE. Y con ella el Pontífice.
D. CÁR. Un instante,
¡la Iglesia, sí, mas no el pontificado,
mas no un Julio de Médicis airado!
DUQUE. ¡Aparicion funesta
que el cielo castigó con mano dura!
Mas ved, señor, que un príncipe cristiano
no puede confundir la investidura
del egregio Pontífice romano
con el hombre que ha sido
rival de nuestras armas...
D. CÁR. Concedido.
Acato y obedezco
de la Iglesia las sabias decisiones
y el nombre de católico apetezco.
Campeon en distintas ocasiones
he sido de la fe; no hay cosa alguna
que con gusto no le haya tributado,
diezmos, poder, ejército, fortuna,
hasta el mismo sosiego del Estado.
Pero Borja, no puedo,
¡no puedo acostumbrarme á ver que un Papa,
que es la imágen de Dios, turbe la tierra
vistiendo y embrazando
la dura lanza y el pesado almete,
como hizo contra mí Clemente siete!
Piensa, medita, en mi razon penetra;
ahí tienes el prefacio, añade ó quita...
Mas del Papa Clemente... ¡Ni una letra!
DUQUE. (¿Cómo hablarle del conde?... ¡Infeliz trovador!)
D. CÁR. Punto tercero:
DUQUE. Del edicto de Bormes y Lutero.
En semejante punto
más parece que el texto del prefacio
intente discutir tan grave asunto,
que disculpar el proceder reacio
y el fatal miramiento y ceremonia
que usásteis con el fraile de Sajonia. (6)
D. CÁR. ¿Disculpar?. ¿Y por qué?...
DUQUE. Porque teniendo
al maldito reptil bajo la planta,
usásteis de blandura y de tibieza
en lugar de aplastarle la cabeza.
D. CÁR. Entró en Bormes fiado en el seguro
de mi real palabra.
DUQUE. ¿Y quién guarda la fe al hombre impuro
que cien veces traidor, y cien perjuro,
hondas desdichas en la Iglesia labra?
D. CÁR. ¡Yo!
DUQUE. ¡Señor!... (Con asombro.)
D. CÁR. No te espante:
yo, que, á ser mas ligero,
hubiese con la sangre de Lutero
irritado al partido protestante,
perdiendo la Sajonia y el Brabante.
DUQUE. Vano temor... (Con respetuosa incredulidad.)
D. CÁR. Gandía, el mundo entero
ha visto al resplandor de las hogueras
crecer con mas empuje la herejía,
inflamando en las llamas su delirio,
tomando consistencia en su martirio,
y en su mismo tormento su porfía.
¿Y por qué? Porque el soplo de la idea
es mas fuerte que el peso de las armas.
Porque ¡ay del necio! que en su orgullo crea
ahogar un pensamiento que germina,
entre sus férreos brazos,
porque pudiera reventar la mina
y escupir al soberbio en mil pedazos.
¡La espada con la espada,
el libro con el libro!
Mas no te pongo límites á nada:
piensa, estudia, medita:
tacha, borra, corrige, añade, quita...
Descanso en tu amistad acrisolada.
DUQUE. Fiad, señor, fiad tranquilamente,
que es mi amistad como el sepulcro, muda,
y como sierva vuestra, diligente.
(Levantándose del asiento.)
D. CÁR. (¿Si tuviese valor?... ¡Terrible duda!)
DUQUE. (¡Ni un recuerdo de Gante!...
¡Pobre Beltran y pobre descendencia,
condenada al dolor y á la inclemencia!)
D. CÁR. (¡No me atrevo... la mancha es repugnante!)
DUQUE. (¿Cómo llevar la luz á su conciencia?)
D. CÁR. ¡Borja!... (Con cierta solemnidad y vacilante resolucion.)
DUQUE. ¡Señor!... (Con maniflesta curiosidad.)
D. CÁR. (¡No puedo!)
(Sin determinarse y apoyando la cabeza entre la manos.)
Siento vergüenza, y confusion y miedo!)
(Pausa conveniente.)
¿Qué pensaba decir? Ya se me alcanza:
una pregunta acerca de tu vida
y el secreto y razon de tal mudanza,
si no hay grave motivo que lo impida.
DUQUE. (¡Qué rayo de esperanza!)
(Con alegría como quien halla un recurso salvador.)
Vais á tener satisfaccion cumplida;
que á la voz del cariño y del respeto
no me es dable ocultar ningun secreto.
Fiera es la causa, triste la memoria
y espantoso el relato de la historia!
(Pausa conveniente.)
Era una tarde de Abril
de mil quinientos cincuenta:
soplaba el viento sutíl
y el cielo con nubes mil
presagiaba la tormenta.

Caballero en mi corcel
daba la vuelta á Milan
ciñendo el verde laurel
de las victorias de Argel
y de los triunfos de Orán.

Vibró el fugaz resplandor
de un relámpago... y violento
el caballo volador,
alas le pidió á mi amor,
y á la tempestad su aliento.

¡Alas, sí! ¡Pues al volver
á tan hermoso ducado
tenia que recoger
de manos de una mujer
un corazon encantado!

De amor, de esperanza lleno,
caminaba en mi ilusion...
cuando... de súbito un trueno
le puso al caballo freno
y grillos á mi pasion!

El crepúsculo apagaba
su tenue y dudosa luz:
la noche se avecinaba;
quise saber donde estaba...
y estaba al pié de una cruz!

Alejarme no podia:
en vano al corcel incito,
porque delante tenia
el murallon de granito
de una montaña bravía!

Vueltas dando al pensamiento
al cabo reconocí,
con hondo remordimiento
aquel paraje sangriento;
y aquella cruz: ¡ay de mí!

¡Y febril y presuroso
y con el pecho medroso,
la rienda al caballo eché,
y trémulo y angustioso
caí de la cruz al pié!

¡Que al pié de la cruz bendita
en noche tambien oscura
y en duelo y en negra cuita,
abrió mi espada maldita
una fatal sepultura!

¡Triste comienzo á rezar:
mas de pronto, atribulado,
oigo gemir y llorar,
miro, y encuentro al mirar
un pobre niño á mi lado!

Míseramente vestido,
blanca faz, rubia guedeja,
bello como el sol, lucido
como paloma que deja
por vez primera su nido.

Tal á mi vista surgió
aquel tierno adolescente.
¡Angel que el vuelo tendió
por la bóveda luciente
y á mi lado se posó!

¿Qué buscas? le pregunté
con inefable cariño.
Y me responde: -No sé;
¡busco lo que no hallaré!
Y rompe á llorar el niño.

Y sigue el turbion cayendo
y la tempestad tronando,
y entre el pavoroso estruendo
el niño al padre llamando
y mi corazon muriendo! (Transicion.)

¡Oh Providencia, oh Señor!
¿Cómo no ví con horror
que al matar, en mi demencia,
iba legando una herencia
de lágrimas y dolor?

¿Y cómo, tras de matar,
no me pude imaginar,
que aquel rival que caia,
quizá en el mundo tenia
hijuelos que alimentar?

¡Con amante frenesí
tomé al niño entre mis brazos:
llegué al caballo... subí...
le asesté dos espolazos...
y como el rayo partí!

Por abril, y en mi corcel,
daba 1a vuelta á Milan,
ciñendo el verde laurel
de las victorias de Argel
y de los triunfos de Orán:

¡Yen mayo, con firme intento,
mudando de pensamiento,
grave, solemne, profundo,
le daba un ¡adios! al mundo
en el claustro de un convento!

¡Mas la prenda recogida
al pié de la santa cruz
mi propia madre la cuida!...
¡Y esta, señor, es la luz
del secreto de mi vida!
(El Emperador le tiende los brazos.)
D. CÁR. ¡Ven á mis brazos, Borja, tu franqueza,
tu noble proceder te abren mi pecho
y tu santa virtud á dar empieza
valor á mi memoria!
¡Secreto por secreto,
historia por historia!
¡Aunque el dolor en mi conciencia arguya,
que es la mia mas triste que la tuya!
(Pansa conveniente.)

En el africano mar
con Doria me hallaba yo,
cuando en Flandes estalló
la discordia popular.
Tuve á Cádiz que arribar
y apenas la espalda di
al piélago, recibí
secreto aviso de Gante
de que partiese al instante,
y sin demora partí.

El territorio francés
crucé con noble arrogancia
sintiendo crujir la Francia
de rencor bajo mis piés.
Que allá en la forma cortés,
velando negras traiciones
con dañadas intenciones
ganar cobarde queria
lo que yo gané en Pavía
al tronar de los cañones!

De mis tercios al abrigo,
tascando su rabia fiera
me despidió en su frontera
ese pais enemigo.
Llegué á Flandes, y testigo
del terror y desaliento
de aquel fatal alzamiento,
con un general indulto
puse término al tumulto.
¿Genéral he dicho? ¡Miento!

Miento, sí, porque llevado
de sanguinaria torpeza
hice segar la cabeza
de aquel conde infortunado.
Viéndolo estoy: no ha pasado
todavía de mi mente
ni aquella ráfaga ardiente
de mi espantosa locura
ni aquella noble figura
tan noble como valiente!

Con franco y bizarro porte,
rostro á rostro y pecho á pecho,
me mantuvo su derecho
en presencia de mi corte.
Confuso, ciego, sin norte,
falto de razon y fe,
en mi cólera estallé
y orgulloso y arrogante
sobre el cadalso de Gante
á don Beltran arrojé.

Volando de la ciudad
la nueva de mi furor,
llenó á Flandes de terror .
y al mundo de hostilidad.
Mas la torpe iniquidad
á todo estrago propicia,
para sellar la injusticia
sus bienes le confiscó;
¿y qué más? hasta expulsó
sus deudos de la milicia.

Las tempestades airadas
que sobre Italia á caer
vinieron, y á remover
cenizas mal apagadas
con empresas y jornadas
belicosas, distraccion
dieron á mi corazon
entibiando poco á poco
el recuerdo torpe y loco
de mi sangrienta pasion.

Entre el turco y el francés
pasé dos años ausente
de Flandes, mas de repente
un asunto de interés
me llevó á Malinas, que es
residencia del Senado
y capital del Estado;
¡ojalá nunca volviera!
¡ojalá!... que no tuviera
el pecho tan desgarrado!
(Transicion y gran viveza en el relato.)

Oye, Borja: En una fria
mañana del mes de Enero
dispuse con mi montero
visitar la serranía;
la agreste selva bravía
á la gente dispersó,
á solas quedeme yo
y con misterioso afan
la idea de don Beltran
en mi mente se clavó.

¡No sé qué pasó por mí!
Luego con incierto pié
en la selva me interné
y á un ancho valle salí;
busco oriente y desde allí
por entre pardas neblinas
veo en el fondo á Malinas,
y allá indeciso á lo lejos
vibrar sus blancos reflejos
el sol sobre las colinas.

Lleno de dolor y pena
de un prado en la muelle falda
me senté, cuando á mi espalda
melancólico resuena
un laud, dulce sirena
con voz vibrante y sonora
gime, rie, canta, llora...
¡Todavía, todavía
penetra en el alma mía
aquella voz seductora!

Camino, vago al azar,
veo una llanura escasa,
luego una rústica casa,
en la cerca de un pinar.
Aquella voz singular
se apaga en doliente ruego,
sigo, avanzo, paso, llego,
cerca franca, casa abierta,
hallo un labriego á la puerta
y le pregunto al labriego:

Buen hombre, ¿quién mora aquí?
¿Qué misterio aquí se esconde?-
Es una loca, responde.-
¡Loca la que canta! Sí.-
¿Qué golpe la tiene así?-
El mas fiero y el mayor
que hay en el mundo, señor.
(me replica con afan).
Su esposo el conde Beltran...-
No prosigas; ¡por favor!

Y como si hubiera sido
por un vértigo arrastrado,
ó como piedra lanzado,
ó como flecha escupido,
sin voluntad ni sentido,
partí de aquella mansion
llevando en mi corazon
vivos, profundos, latentes,
de aquellos ayes dolientes,
¡los ecos de maldicion!

Con el torbellino fiero
de mi negra desventura,
de la silvestre espesura
tomé el angosto sendero.
Mi pié corria ligero
luchando con la aspereza:
mas de pronto, en la maleza,
mi cuerpo se desplomó
y al duro golpe quedó
atronada la cabeza.

Al despertar me encontré
sobre un lecho, llamo al punto,
entran, inquiero, pregunto,
nada saben, nada sé.
Si verdad ó sueño fué
lo dice en triste lamento
el hondo remordimiento
que devora mi existencia,
y lo dice la conciencia,
¡martillo del pensamiento!

Diera cuanto valgo y soy;
diera fama, nombre, historia,
cuanto le gané á la gloria,
cuanto á la muerte le doy,
todo á dar propicio estoy
al que me otorgue el poder
de aplacar y contener
en medio de mi quebranto
esa ola de sangre y llanto
que flota sobre mi ser!...

¡Diz que la parca traidora (Transicion.)
que huella con pié robusto
lo mismo al malo que al justo,
tremenda y devastadora,
cuando muere un justo llora
y con respeto lo besa!
Y diz que cuando hace presa
en un malo, suelta airada
una horrible carcajada.
(Suena una carcajada fuera y á la parte de la ventana.-Horrorizado: momento de coufusion.)
¡Como esa, Borja, como esa!
DUQUE. ¡Señor, tranquilizáos!
D. CÁR. No puedo, Borja.
DUQUE. ¡Por piedad!
D. CÁR. ¿No oiste
estallar en el viento
la carcajada pavorosa y triste?...
¡Voces, rumor!...
(Borja se aproxima á la ventana y mira por ella.)
DUQUE. (¡Él es!) Antojos... nada.
(Al César, disimulando.)
(El juglar y la loca infortunada.)
D. CÁR. ¡Vengativa pasion!... Ya no hay remedio.
DUQUE. No olvideis, gran señor, que en toda culpa
puede caber reparacion cumplida.
D. CÁR. ¿Acaso está en mi mano
resucitar los muertos? ¿Quién la vida
consigue devolver al tronco humano
que despedaza el hacha enrojecida?
DUQUE. Cuando es fatal el golpe y en su orígen
reparacion no cabe,
se atajan sus efectos
y el estrago, señor, es menos grave.
¡Mi historia recordad! La noche oscura,
la tempestad, la cruz, la sepultura,
aquel niño inocente,
llorando su orfandad...
D. CÁR. Escucha, tente.
¡La sospecha es horrible!
Si el conde don Beltran tuviera un hijo...
¡Mas ¡oh! no, no, imposible!
DUQUE. ¡Pues le tiene, señor!
D. CÁR. ¿Quién te lo dijo?
DUQUE. La sábia Providencia
que guia la orfandad y la inocencia.
D. CÁR. ¡Explícate, por Dios!... Sangre inflamada
entra zumbando en mi doliente pecho...
¡No puedo respirar!... (Desfallecido.)
DUQUE. (¡Vírgen sagrada!
¡Qué fatal palidez!) (Con sorpresa y ansiedad.)
D. CÁR. Sigue, no es nada.
(Repuesto algun tanto.)
DUQUE. Pero, señor...
D. CÁR. ¡De mi terrible historia
quiero saber, aunque me ves temblando,
la página mas negra!
Habla, refiere... cuenta, te lo mando.
DUQUE. Obedezco, señor. La pobre loca
que habitaba en el bosque de Malinas...
D. CÁR ¿Ha muerto?.
DUQUE. ¡Vive!
D. CÁR. ¿Vive? ¡Dios clemente!
DUQUE. Las aldeas vecinas
la contemplan errando tristemente
del brazo de un juglar adolescente.
D. CÁR. ¿Y ese juglar?...
DUQUE. ¡Es su hijo!
D. CÁR. ¡Cielo santo!
¿Dónde se ocultan, dónde? (Con emocion creciente.)
Pluma, papel... Yo anulo, yo levanto
de los bienes del conde
la vil confiscacion: yo les devuelvo
feudos, honores, preminencias, todo...
Escribe, Borja, escribe.
(Borja se aproxima á la mesa y escribe mientras habla el Emperador.)
Y en memoria del conde infortunado
les otorgo de Brisna y de la Marca
los ricos señoríos... (Transicion.) ¡Oh malvado
y mísero monarca!
¡Qué sarcástica ofrenda! ¡Cuán estéril
para aplacar el llanto de una esposa
y el tormento de un niño!
¿Pagarás con tesoros?. ¡Brava cosa!
Con tesoros... ¡Oh, Díos! ¿Y aquel cariño
que arrojaste, protervo, en la ancha fosa?
¿Y aquel amor profundo
que abrasó tu venganza en este mundo?
¡Aunque gastes tu pompa y poderío
no lograrás, en tu fatal quimera,
ni un átomo llevar á ese vacío,
ni enjugar una lágrima siquiera!
DUQUE. Firmad, señor. (Le presenta la pluma y el papel.)
D. CÁR. ¡Oh, sí. (Firma.) Merced bien pobre!
(Le devuelve papel y pluma, y le entrega un anillo.)
Toma, sella. (Borja sella el papel sobre la mesa.)
DUQUE. ¡Ya está! (Le devuelve el anillo.)
D. CÁR. Que indagues quiero
sin tregua ni demora
de la desgracia el triste paradero;
y humilde y lastimero,
y con frases sencillas,
mi perdon le supliques de rodillas.
(Suena otra carcajada.)
¡Otra vez!.. (Espantado.)
DUQUE. (¡Pobre loca!)
D. CÁR. ¡Suerte airada!...
¿Otra vez la maldita carcajada?...
(Se levanta y va hácia la ventana: Borja trata de impedirlo.)
DUQUE. ¿Adónde vais, señor?. (Suplicante.)
D. CÁR. Aparta... deja...
(Abre la vidriera de la ventana, mira y exclama con angustia y temor.)
Nada veo... ¡La sombra de la muerte
nubla mis ojos con su aliento impuro!
(Vuelve á mirar.)
Mas... ¡oh, ya veo, sí! Al pié del muro
se divisa una anciana... y a su lado
un jóven trovador... ¡Dios poderoso!
(Como herido por una sospecha.)
¿No es trovador el hijo desdichado (A Borja.)
del Conde don Beltran? ¿No me dijiste
que la mísera loca de Malinas
recorre tristemente
las aldeas vecinas,
y con ella un juglar adolescente?
DUQUE. ¡Es verdad!
D. CÁR. Ven... repara...
(Indicando fuera de la ventana.)
No temas mi quebranto:
rompe el misterio, la sospecha aclara...
¿Son ellos?
DUQUE. ¡Ellos son!
D. CÁR. ¡Ellos! ¡Dios santo!
¡Dios justo! ¡Dios clemente!
(Se arrodilla conservando las manos apoyadas en la ventana: queda aterrado y mudo. Borja se aproxima.)
DUQUE. No os espante,
no os arredre, señor, que es la inocencia
que viene desde Gante
á implorar, sin rencor, vuestra clemencia.
D. CÁR. ¡Yo me siento morir!.. acude... llama...
DUQUE. ¡Por piedad, gran señor! (Profundamente alarmado.)
D. CAR. (¡Me estoy ahogando!)
DUQUE. Quijada, Vega, entrad, ¡pronto, volando!
(Entran todos.)

ESCENA ÚLTIMA.


D. CÁRLOS, DUQUE, VEGA, NICOLÁS, QUIJADA y FRAY MARTIN.

VEGA. ¡Dios santo! (Aterrado.)
NICOLÁS. ¡Vírgen sagrada! (Idem.)
D. CÁR. Quiero rezar... ¡Maldicion!
(Al tiempo de moverse le llama la atencion la gente que se supone al pié del muro, y exclama con amargura.)
¡Allí están, allí! clavada
la fulgurante mirada
en esta triste mansion.
Si pudiera el alma mia
llevar á la tumba fria
vuestro suplicio fatal...
¡Con qué placer se hundiria
en el lecho sepulcral!
(Puesto de rodillas en el reclinatorio.)
¡Señor, á tus plantas llega
este barro carcomido
y polvo que se disgrega
con el último latido
de su vida torpe y ciega!
¡Y entre rudas convulsiones
busca el alma sin descanso
al quebrantar sus prisiones
aquel Dios sublime y manso
que perdonó á sus sayones!
¡Y al rendir la carga impura
de su frágil vestidura,
busca con creciente pena
aquella mirada llena
de compasion y dulzura!
(Pausa momentánea.-Suena el preludio de un laud.)
¡Un laud!... ¡Memoria impía,
tortura del corazon!
¿Quién turba asi mi agonía?
DUQUE. ¡Don Beltran!...
D. CÁR. ¡Vírgen María!
DUQUE. ¡Don Beltran... y su perdon!
D. CÁR. ¡Perdon... perdon!... ¡Ay de mí!
Los brazos... alzadme... así...
(Borja y el Prior lo sostienen y le ayudan á andar.)
¡Quiero por última vez
postrar mi régia altivez
ante esas víctimas... sí!
(Se aproxima á la ventana.)
¡Orgulloso Emperador
y señor de las Castillas,
sarcástico resplandor
de la pompa y del honor,
dobla, dobla las rodillas!
Montaña de vanidad
en la soberbia mundana:
atomo en la eternidad,
aire, sombra, liviandad,
miseria, flaqueza humana!
Al compás de ese laud
implora con fe contrita
al Dios de la excelsitud
que ejerza en tí la virtud
de su piedad infinita!
(Pausa conveniente. Borja y el Prior lo levantan trabajosamente, llevándolo suspendido hasta el sillon, donde cae muerto al terminar la quintilla.)
¡Sombra... espanto... confusion...
la muerte, la muerte airada
en su fúnebre crespon!
¡Dios mío!... ¡Vírgen sagrada!
¡Misericordia!... ¡Perdon!



FIN DEL POEMA.















Notas:

(1) No hay salvación.
(2) ¿Referencia al entremés cervantino La cueva de Salamanca?
(3) Palabra de la primera declinación; es decir, que no ha pasado de lo más básico.
(4) Perífrasis de Constantinopla.
(5) Sobre esta figura dice el Diccionario de los símbolos de Jean Chevalier y Alain Gheerbrant: La forma octogonal simboliza la resurrección (...). El octógono evoca "la vida eterna que se alcanza por la inmersión del neófito en las fuentes bautismales" (...).
(6) Perífrasis para referirse a Lutero.




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Esta edición de El solitario de Yuste, realizada por José Luis Gamboa, está bajo una licencia de Creative Commons.